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0019

El marido jugueteaba nervioso con sus dedos.Se notaba su incomodidad, pero aún así empezó a hablar.


—Y aquí estamos. Hace un año que nos casamos y ya estamos teniendo problemas.

Yo no me quiero divorciar, pero la verdad es que siento que todo se ha enfriado entre nosotros.

La rutina y las largas horas de trabajo primero y la cuarentena después.

Creo que eso es lo que terminó de arruinarlo todo.

Tanto tiempo juntos, encerrados, viéndonos todo el día en el peor atuendo de todos los tiempos y sin ganas de cambiarse o bañarse. Yo no, ella se bañaba diario, claro, hasta que le dije que se iba a acabar el gas y no tenía dinero para comprarlo. Y no tenía, pero afortunadamente volví a trabajar, sin embargo, fueron meses terribles de incertidumbre y ansiedad en los que la hice padecer la peor de mis personalidades. Tengo varias já, já. Ok, mal chiste. El caso, es que reconozco mi culpa, mi parte de la culpa.


—Es normal sentirse así, señor Márquez. La situación ha afectado a mucha gente.

—No, pues ya.

—¿Cuál considera que sea la parte de culpa que le corresponde?

—¡Se la acabo de decir! ¡¿No me estaba escuchando?!

—Por supuesto que sí. Bien, esa es "su parte de la culpa", ahora cuénteme cuál considera que sea la de su esposa.

—Disculpe, estoy algo tenso, esto me pone nervioso.

—No hay por qué, señor Marquez, están aquí para expresarse, para hablar de todo lo que necesite. Prosiga.

—¿Cuál era la pregunta?

—Qué cuál considera que sea la parte de culpa de su esposa.

—Ah. Pues para empezar, su estúpida obsesión por la limpieza. Quiere estar limpiando todo, todos los días. O sea ¡¿Para qué?! Yo pienso que un día sí y dos no, está bien, excepto los trastes, claro, esas cosas se reproducen apenas volteas a otra parte. Pero le compré una bolsota de platos de cartón y se enojó. Me gritó que era un huevón. Y la tapa del baño, y que dejó salida la cortina del baño y se sale el agua...yo no lo hago a propósito, pero ella no quiere aceptar que se casó con un baboso descuidado. A veces me acuerdo, pero al día siguiente se me olvida.

—¿Ama a su esposa?

—¡Si! Pero a veces creo que ella ya no me ama a mí.

—Bien, hay que tener en cuenta que la que hizo la cita fue ella. Si no hubiera interés en salvar la relación ¿Lo habría hecho?

—No, pues sí, pero es que últimamente se la pasa gritándome por todo. Yo soy muy sensible, no me gusta que me grite, me pongo triste. No le diga. Sé que se va a reír, pero cuando me grita muy feo, me encierro en el baño a llorar.


*****

La esposa entró y con un aire de superioridad, registró con la vista todo el lugar.Después de asegurarse que el sofá estuviera debidamente sanitizado, se sentó.

—Buenas tardes, señora Márquez.

—Yo no me apellido Márquez.

—¿No usa el apellido de su esposo?

—No ¿Por qué lo haría? Yo tengo el mío.

—Y cuénteme, señora…

—Márquez.

—¿Perdón?

—No es el apellido de él, pero nuestro primer apellido es el mismo.

—Entiendo. Dígame, señora ¿Cuál es el motivo que la impulsó a comenzar con esta terapia?

—¿Cómo que cual? Pues intentar salvar mi matrimonio. Apenas ha pasado un año y la verdad, no quiero enfrentarme a un divorcio con todo lo que eso conlleva. Además, sería una vergüenza asumir este fracaso ante mi familia después de todo lo que gastaron en la boda y la luna de miel.

—¿Son esos los únicos motivos?

—Pues sí.

—¿Ama a su esposo, señora?

—¿Qué? ¿Amor? Eso no existe, esas son estupideces de las telenovelas que ve Juana, la sirvienta.A la que por cierto, tuve que despedir porque el inútil de mi marido se quedó sin dinero. O eso dijo. Ahora la que tiene que limpiar todo soy yo ¿Y él? ¡Ja! ¡Es un marrano que solo se dedica a ensuciar todo!

—¿Por qué se casó con el señor Márquez?

—Porque me prometió muchas cosas.

—¿Cosas materiales?

—¿Pues qué, me vio cara de interesada?

—¿Y qué tipo de cosas le prometió?

—Pues para empezar, que nunca más iba a vivir en la maldita miseria, y que nunca más, iba a tener que maltratar mis manos limpiando una casa. Ni siquiera la mía ¿Y cumplió? ¡No!

—Usted sabe que con lo de la pandemia, muchas cosas han cambiado, mucha gente se ha quedado sin empleo y la economía va bien solo para unos cuantos.No puede culparlo por algo que no está a su alcance solucionar. En la conversación que mantuvimos esta mañana, le pregunté a su esposo cual consideraba que era su responsabilidad en el conflicto que los trajo hasta aquí...Le hago la misma pregunta.

—¿Qué tengo la responsabilidad?

—No, cuál cree que es su parte de responsabilidad.

—Ninguna.

—¿Ninguna?

—Yo cumplo con mi parte como esposa, a pesar de todo. Mantengo la casa limpia, hago milagros con lo que tenemos en el refrigerador…

—Disculpe que la interrumpa, pero eso que usted menciona, es importante, sí, pero ¿Qué hay del cariño? ¿De la comprensión? ¿Alguna vez le dijo a su esposo algo amable? ¿Lo animó cuando todo parecía ir cuesta abajo? ¿Cuándo la incertidumbre lo carcomía en silencio? ¿Le dijo que todo iría bien y le dio un abrazo?

—No, la verdad no. Qué flojera.

—¡¿Entonces, me dice que usted solo ve a su marido como un cajero automático, un proveedor sin sentimientos y que cuando la fuente se agota, prefiere desecharlo como un trapo viejo?!

—¿Me está gritando?

—¡Si, señora! ¡Porque me ha dado las razones más estúpidas y egoístas por la que alguien se puede casar! No sé por qué está aquí, usted no quiere arreglar nada realmente! ¡Y si le soy sincero, divorciarse de usted, sería lo mejor que le podría pasar a su marido! ¡Ahora salga de aquí!

—¡Todavía quedan veinte minutos!

—¡La sesión terminó!


De más está decir que ese matrimonio no se pudo salvar, que ella ignoró todo lo que él le preparó esa noche para su aniversario; que no volvieron para otra sesión; que lo dejó sin casa, sin auto y sin dinero luego del divorcio. Que exactamente un año después, en el que hubiera sido su segundo aniversario, él entró a la que fuera su casa y se ahorcó en medio de la sala con una cartulina verde fosforescente atada a sus pies que decía: “¡Feliz aniversario!”

0001

No me gusta ir a la escuela, pero mis padres dicen que es importante que vaya todos los días.

Un día desperté enfermo, mi madre lo notó un poco después de haberme levantado y me mandó de inmediato a mi cama otra vez; ese día me di cuenta de que ella no me obligaría a ir a la escuela si estaba enfermo, y por eso comencé a fingir que lo estaba, al principio funcionó muy bien, pero luego comenzó a descubrir que no era verdad, así que me mandaba a la escuela y me castigaban por un par de días.

No estaba dispuesto a rendirme tan fácil, y por eso comencé a esforzarme más en parecer enfermo, en uno de mis tantos intentos, me quedé despierto hasta tarde tratando de idear mi plan para la mañana siguiente; no recuerdo la hora, pero sí sé que ya estaba bastante tarde cuando en medio de mi oscura habitación, escuché un extraño ruido salir de debajo de mi cama.

Creí que era un ratón, no me gustan los ratones, pero el volvieron a escucharse y eran demasiado fuertes como para que un pequeño animalito los hiciera, ya me estaba dando miedo, pero si no averiguaba a qué se debían los sonidos, probablemente no sería capaz de dormir.

Me armé con todo el valor que pude y asomé mi cabeza debajo de mi cama, pero no alcancé a ver nada, tal vez debería prender la luz, pero el miedo de que algo salga corriendo hacia mí de debajo de mi cama me asusta, prefiero esconderme debajo de mis cobijas, y si vuelvo a escuchar algo tendré que gritar, seguro papá vendrá y me protegerá, tal vez tan bien como lo hacen mis cobijas.

Tenía razón, ya estaba muy tarde, casi no alcancé a dormir nada y tengo mucho sueño, lo bueno es que me quedé dormido en la escuela y llamaron a mamá para traerme de vuelta a casa, lo malo es que otra vez estoy castigado, pero no importa, podré volver a dormir.

Por haber dormido hasta tarde en el día, ahora no tengo sueño y no puedo dormir, aun así, estoy tapado desde la punta de los pies hasta la cabeza con mi cobija, los ruidos están allí otra vez y tengo miedo de lo que pueda ser.

Por segunda vez mamá tuvo que ir a la escuela por mí, hoy no me dejó dormir cuando llegamos a casa, a cambio, me dijo que debía organizar mi cuarto o mi castigo sería peor.

Sé que tengo muchos juguetes y ropa allí, pero no quiero limpiar debajo de mi cama.

Después de limpiar todo menos mi bajo la cama, fui a comer algo y allí estaba mi madre, que ya me tenía algo preparado; cuando terminé iba a ir a la sala a jugar videojuegos, pero mi madre me detuvo diciendo que encontraba alguna cosa tirada en mi cuarto, por más pequeña que fuera, me quedaría sin postes por todo un mes.

De inmediato salí corriendo a limpiar bajo mi cama, tenía más miedo de quedarme sin postres que de lo que hubiera allí; prácticamente me tiré para comenzar a limpiar todo lo que había, pero cuando abrí los ojos, lo único que pude hacer fue gritar.

Todavía estaba gritando cuando sentía que algo tiraba de mis piernas, grité todavía más fuerte.

—Hijo ¿estás bien? ¿qué te sucede? ¿por qué gritas?

—Mamá, ayúdame mamá —dije mientras lloraba—, hay un monstruo bajo mi cama.

—Cálmate cariño —dijo mientras me abrazaba—, no hay un monstruo bajo tu cama, es sólo que tienes tanta basura que de seguro eso fue lo que te asustó.

—Pero mamá…

—Ya cariño, puedes bajar a jugar, yo terminaré de limpiar, pero que no se repita, ya te he dicho que limpies más seguido y que no debes dejar acumular la basura, por eso te andas asustando.

Con lágrimas todavía en mis ojos salí mientras mi madre se quedaba limpiando debajo de mi cama. Pero de verdad había un monstruo allí, ¿ella estará bien? El monstruo no le hará nada malo a mi madre ¿verdad?

Me iba a devolver, no podía permitir que el monstruo le hiciera algo malo a mi madre, pero justo en ese momento ella pasó a mi lado acariciando mi cabeza.

—Vamos, ve a jugar un rato, ¿por qué no sales a jugar con tus amigos?

Le hice caso y salí a jugar, pero regresé temprano, tenía que prepararme para esta noche, mamá no me cree y si le digo a papá, él estará de lado de mamá, como siempre.

Lo primero que debía hacer era buscar una linterna, seguramente el monstruo podía ver en la oscuridad y yo estaría en desventaja, lo siguiente sería mi bate de béisbol, debajo de mi cama no podré moverme bien, pero eso es mejor a esta desarmado.

Seguía teniendo miedo y preferiría quedarme bajo mis cobijas, pero si el monstruo decidía salir de allí, no sé si sean lo suficientemente resistentes como para protegerme de algo tan peligroso.

Cuando estaban despidiéndose de mí para ir a dormir vi que mi madre dejó en mi mesita de noche una pequeña lámpara, que de verdad agradecí, sería mi respaldo si algo le pasa a mi linterna.

Me preparé todo lo que pude y me metía debajo de mi cama, no había nada, así que decidí esperar, tarde o temprano aparecería. Estaba por quedarme dormido cuando escuché un grito.

—¡Ahh un monstruo!

—Yo no soy un monstruo, tú eres el monstruo. Espera ¿acabas de hablar?

—Sí, igual que tú.

—¿Cómo? ¿Qué eres?

—Un humano, ¿tú qué eres?

—Un cilvek, ¿un gusto?

—Un gusto cilvek

—Mi nombre es Masi.

—Y el mío Tom.

—Un gusto Tom, pero qué haces debajo de mi cama.

—Claro que no, tú estás debajo de mi cama.

—Espera, ¿entonces ambos estamos debajo de la cama del otro?

—Pues eso parece, pero, ¿cómo?

—No lo sé, bueno, no importa, ¿qué te parece si somos amigos?

—Está bien, entonces dime ¿qué clase de criaturas son los humanos?

0009

Ayer me puse a discutir con Diego y, como todos, salió con lo mismo de siempre: «¡Jamás han existido los bichos como esos!».

A ver, a ver. Yo sé que la gente cree que lo sabe todo, pero yo puedo decirles algo que no saben: La verdad es que nadie sabe nada y todos hablan por hablar.

Tampoco se puede decir algo sin que te contradigan porque no pueden creer que esta clase de cosas sucedan. Mamá dice que la fortuna está de nuestro lado. Pero bueno, eso no vale de nada si la gente no lo entiende. Diego no me dejó explicarle nada porque, para él, no existían y punto. No, no, no y no decía y yo callé porque ¡ahg! Es un tarado... Acá puedo decirlo porque nadie me escucha… Tarado, taradito… Bueno, sigo.

¡La señorita tuvo que separarnos! Me hizo sentarme con Claudia y, mal que mal, por lo menos ella algo comprende… cuando no está comiéndose los mocos. Me enojé un poquito, pero después pensé y me dije «Mejor. Como dice papá: No hay que gastarse en compartir con gente tan cerrada».

No octante… octante —o como se diga— en el viaje a casa, me puse a pensar hasta que llegué a una conclusión. Era verdad: Bichos como esos no han existido jamás, pero hay una buena razón. La gente entiende por "bichos como esos" otra cosa, nada que ver a los bichos como esos. En lo personal, así como para mí, creo que solo mamá y yo los conocemos bien.

Una vez me encontré un libro en la casa de la tía Beatriz y vi que a los bichos como esos se los mostraba como criaturas malas Estaban dibujados bien feos. Había un dibijo de uno rojo que salía de las llamas como del infierno mientras escupía fuego. Después había otro negro encerrado en una cueva oscura durmiendo sobre un montón de oro. Y muchos más, en distintos lugares, como castillos rotos o peleando con caballeros, pero la verdad es que nunca fueron así. Mi mamá los entiende desde siempre y yo, desde lo que vi, hasta me arriesgo a decir que algunos prefieren los pajonales y los árboles altos.

Lejos de cómo se los describe en esos cuentos de viejos, son chiquititos, pero no tanto como para caber en una mano. Tienen el tamaño de una gallina adulta. Sus ojos son amarillentos, de pupilas finas, y miradas nerviosas. Suelen parpadear rápido y pareciera que están siempre listos para salir disparados en cualquier momento. También tienen una cola laaarga que, creo yo que de nada les sirve, pero es bien bonita. Mamá también me contó que las escamas rojizas que recubren su piel son ásperas y algunas pinchan, aunque yo no creo que sea así. Apuesto que son tan suaves como una nube, así como el pelo de un conejo blanco, como el de Alicia.

También tienen garritas como de gato, al punto de guardarlas y volverlas a sacar cuando están contentos. Mamá me contó que hasta parece ponerse a "ronronear" si se los deja dormir sobre el regazo, mientras se les rasca la barbilla.

Ella sabe todo eso porque tuvo uno escondido de mi abuela un par de días cuando era chica, hasta que lo dejó ir, según me contó. Después de un tiempo el bicho había puesto medio loquito y le masticó el pelo cuando dormía. Me dijo que supo que no era feliz encerrado en una caja abajo la cama y, bueno, lo liberó. De tener uno, en mi casa no habría problemas. Mamá sabe de ellos y lo ama y papá quiere una mascota desde hace rato pero él dice que los animales no se buscan, ellos llegan cuando los necesitamos.

Yo necesito uno… pero parece que quedan pocos. Si los bichos como esos son del tamaño de una gallina, parecidos a los gatos y con escamas suaves como el pelo de un conejo blanco, no entiendo cómo se los ha rechazado tanto... pero bueno, ¿cómo no hacerlo? La gente los pinta como bichos malos que escupen fuego, enfrascados en cuevas, que custodian castillos con princesas o tesoros y eso está mal, pero no se puede hacer nada porque la gente es tonta y prefiere creer lo que dice la mayoría. Yo creo que hay que ser un poco más inteligente.

Para mí sería la mascota perfecta. Digo, ¿qué nene no querría tener a un bicho como esos; del tamaño de una gallina, mimosito como un gato y con escamas tan suave como el pelo de un conejo blanco? Sería muuuuy lindo.

Pero bueno… A todo esto, yo también vi a uno de esos, no solo mamá. Fue una mañana hace ya mucho tiempo, años diría, pero cuando lo digo así la gente no me cree. Bueno, continúo. Fue en el pajonal cerca de casa: Yo miraba el cielo, mientras contaba las nubes y les buscaba formas, cuando lo vi pasar. Sus alas de murciélago estaban abiertas y parecía estar planeando como un avioncito de papel.

Rápido fui a contárselo a mamá. Muy contenta me dijo que no tienen buen temperamento y suelen atacar ante cualquier señal de peligro, por lo que sería conveniente dejarlo ir la próxima vez que viese alguno. No sé qué sea temperamento, porque mamá es profesora de historia y siempre usa palabras raras para hablar. A veces se le olvida que estoy en jardín. Yo entiendo que son bichos ariscos, más bien como los gatos monteses, pero del tamaño de una gallina y con escamas suaves como el pelo de un conejo blanco.

Desde ese día, suelo mirar todas las mañanas el pajonal. Tengo la esperanza de encontrarme a alguno amistoso, con tal de ver si realmente son del tamaño de una gallina, si su piel es tan suave como las nubes, como los pelo de un conejo blanco, pero con el deseo de que sea amistoso como un gato doméstico y no como un gato montés.

Pero después me acuerdo que el mundo está lleno de gente como Diego, que no entiende y no hace más que decirme cosas que no quiero oír. ¿Por qué les molesta? Si muchas cosas de las que ellos consideran ciertas, son mentiras para mí.

0016

Myriam le había insistido y María, que apenas lo meditó unos segundos, aceptó con gran determinación en su voz. Sería la última vez, pensó, era momento de terminar con esa pesadilla.

Antes de salir, María procuró asegurarse de que su madre dormía. En efecto, la mujer de cabellos canos descansaba plácidamente en su cama, con un rosario entrelazado a sus dedos y la vela apagada sobre la mesita de luz. Con extremo sigilo, la muchacha rubia se colocó el primer vestido que encontró y salió sin olvidarse de cerrar la puerta.

Myriam la esperaba afuera, escondida a un lado de la casona, con esa mueca en el rostro que ponía cuando estaba ansiosa. Esta llevaba un vestido zarrapastrozo largo hasta los pies, para no mostrar que los traía descalzos; parecía que no tuviese más ropa, pues, siempre iba con lo mismo a donde iba.

María solo la miró desde la distancia y comenzó a caminar, no debían verlas muy juntas. Como siempre, Myriam se adelantó unos cuantos pasos y la dejó atrás. Así marcharon sin un rumbo fijo y sin pronunciar palabras. Querían decirse tanto y nada a la vez. No era el momento y lo sabían; de una forma u otra, ambas entendían que ese día algo grande pasaría.

La hija de los Arostegui y la hija de una prostituta; tan diferentes y parecidas a la vez. La gente que había tenido la suerte de verlas juntas, lo hacían con cierto rechazo solo por acompañarse una a la otra. Los chismes ya corrían por las calles, entre otras cosas más inverosímiles que inventaban las personas. Algunos habían dejado de hablarles y, durante un tiempo, a ninguna de las dos les importó. Mas cuando esos dichos llegaron a los oídos de la madre de María, Helena de Arostegui, las cosas comenzaron a desmoronarse.

María, a medida caminaba, sentía cómo se esfumaba ese valor que había logrado juntar. Se le había superpuesto a ese sentimiento otro incorrecto y tortuoso que le hacía doler el corazón. De un momento a otro, el mundo había pasado de color a blanco y negro; los gritos apagados de su madre que hacían eco dentro de su mente la aturdían y los distintos finales trágicos que ideaba sin desearlo le rompían el alma.

Ya lo habían hablado, tenía terminantemente prohibido volver a ver Myriam. Sin embargo, allí estaba; para el infortunio de su madre, no era algo que pudiese evitar. Sentía la responsabilidad de cuidar un poco de aquella amistad antes de acabarla, por lo que había significado para ella en esos días tan difíciles. Al fin y al cabo, esa chica que caminaba unos pasos más adelante, sin voltearse a verla siquiera, era su mejor amiga —o así pensaba—. Desde su perspectiva, solo podía observar su cabello castaño enredado que danzaba al compás de la brisa otoñal. La luz fría le daba un toque tan a las novelas de Jane Austen... pero nada allí era perfecto como en los libros. María apretaba tanto los puños que sus nudillos se tornaban blancos. Desde el interior, el deber de lo que creía correcto la quemaba. Se decía a sí misma que era cuestión de crecer; que pronto lo olvidaría y todo volvería a ser como antes.

En tanto, Myriam la espiaba de reojo con un disimulo inaudito. No podía evitar sonreír al verla ni enternecerse con esa expresión tan inocente. María tenía unos rizos rubios de ensueño y una piel tan blanca como la porcelana. Se parecía mucho a una de esas muñecas finas; hermosa de ver pero inútil para jugar y nada más alejado de la realidad: María Arostegui era una ricachona con deseos de libertad, pero igual de cobarde como una gallina. Por más que Myriam tuviese muchísimo menos que ella, y que la mayoría, entendía la realidad de una manera mejor que cualquiera. Sus sentimientos le ardían con fervor, pero con menos culpa y más libertad. Su madre bien le había inculcado buenos valores, a diferencia de lo que muchos creerían que una prostituta pudiera enseñar. A Myriam no le pesaba nada, ni había incertidumbre que le impidiese aventurarse a ver el mundo de una manera diferente.

Sin quererlo, llegaron hasta la plaza. El frío apenas comenzaba a pintar de amarillo al ombú del centro, que desde hacía más de cien años reinaba la arboleda de la ciudad. Sus abundantes hojas amortiguaban los rayos de un sol incipiente que se escondía entre las nubes. Bajo sus enredadas ramas, la luz filtrada se desparramaba por el suelo empedrado como estrellas en el firmamento.

Se sentaron las dos en un banco de piedra, a la sombra del gran árbol que las había visto encontrarse por primera vez. Entre ambas había una amplia distancia, no obstante no se trataba de un lugar vacío, sino de una gran brecha llena de todas las diferencias y creencias que no les dejaba ser quienes verdaderamente deseaban.

Aún con el paso silencioso de los minutos, ninguna de las dos deseaba ser la que rompiera aquella barrera. María se había cohibido por completo y ya no se sentía lista como para enfrentar a Myriam. Estaba por marcharse, resignada a dejar morir eso sin siquiera despedirse, cuando una hoja del ombú se desprendió del árbol. Ambas la observaron caer al suelo en un elegante baile que las invitó a ser ellas, como una señal del más allá que les decía que todo estaba bien.

—Todo muere —sentenció María, sin notar que había abierto una puerta a lo desconocido.

—No necesariamente. Todo cambia, mas no muere —le respondió Myriam.

Ella entornó los ojos hacia María y percibió temor en su mirada. No había color en sus pómulos al posar sus ojos en los suyos; parecía inexpresiva de no ser por la mueca triste, casi imperceptible, que fallaba al intentar ocultar.

—Ya no podemos vernos —soltó sin más María.

Myriam apartó la mirada y carraspeó una sonrisa dolorosa. Observó al árbol y se desentendió de eso último.

—Aquí la vi por primera vez —Comenzó a relatar—, hace un año... Llovía. Estaba empapada. Había peleado con su madre y escapado de misa.

—Myri-…

—Me dijo que la odiaba —La calló, con la voz en un tono más alto—. Dijo que ya no la quería… entonces, yo la invité a quedarse conmigo.

—¡Myriam, basta! —gritó María. Cuando Myriam volvió a verla, María tenía los ojos rojizos llenos de lágrimas.

La respiración se le entrecortaba y no podía hablar sin hipear, pero se armó nuevamente de valor y continuó, por más doloroso que le fuese decir adiós así.

—Myriam… me confundes. Yo… Y-yo no sé q-qué estás haciendo conmigo, pero no puedo tener esto que siento... No está bien, mi madre… ya no quiere que vuelva a hablar de ti. Yo tampoco deseo hacerlo, me haces mal y no pued-...

Sus palabras se vieron interrumpidas por los labios de Myriam sobre su boca. La joven castaña había atrapado su rostro entre sus manos con delicadeza. No salía del estupor, pero una embriagadora sensación copó sus sentidos y la obligó a cerrar los ojos.

No sabía lo que quería, pero por ese momento lo incierto y la pena desaparecieron en el aire; casi pudo vislumbrar una cosa segura: Si eso se sentía bien, no podía ser malo. También sintió la necesidad de profundizar ese beso y hacerle entender a Myriam que, en definitiva, ella era todo lo que deseaba. Pese a toda esa emoción, agradecían que nadie las estuviese viendo. El mundo todavía no estaba listo para un par de chicas enamoradas.

Se separaron al cabo de unos segundos y se miraron a los ojos. Solo un beso había bastado para explicar aquello que sentían sin la necesidad de embrollarse con las palabras.

—Vengase conmigo, María… escapemos y seamos felices —le susurró Myriam, con una sonrisa a la que nadie podía decirle que no.

De nuevo María, que apenas lo meditó unos segundos, aceptó con gran determinación en su voz. Sería la primera vez, pensó, era momento de comenzar con ese sueño.

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