My Items

I'm a title. ​Click here to edit me.

0023

 El silencio constante en la pequeña recepción donde trabajaba Adele era lo único que la mantenía tranquila durante el día. En la noche las cosas eran diferentes, sobre todo, teniendo en cuenta, que el hotel donde trabajaba había ido perdiendo el interés de los clientes debido al tipo de personas que se hospedaban allí. 


Durante un tiempo el Hotel 'New Island' hospedó a muchas personas importantes allí. Celebridades de la talla de Marilyn Monroe pasaron la noche en aquellas lujosas y elegantes habitaciones. 

Adele había hecho su carrera en la universidad y desde niña mostró habilidades excepcionales para la atención al cliente. Su madre era dueña de este pequeño hotel, y había permanecido en aquel lugar laborando por varios años.


No había sido un lugar excepcionalmente famoso durante los años en que la madre de Adele, Julieth, lo tuvo a cargo, pero definitivamente les permitió mantener un estilo de vida lo suficientemente bueno, como para que sus dos hermanos y ella, pudieran pagarse la universidad.


Desde los veinte años Adele permaneció a la cabeza de los Hoteles' New Island' y dispuesta a darle un nuevo giro, decidió invertir en mejorar la infraestructura del lugar. Sabía, por su madre, que aquel lote había sido construido muchos, pero muchos años atrás, y que varias personalidades importantes disfrutaron de su estadía allí.

 

El hotel tuvo alrededor de cinco dueños contando a su madre, y Adele deseó poder levantar el pequeño hotel para convertirlo en lo que alguna vez fue. Caminó por el lobby observando con detenimiento las fotografías en blanco y negro del lugar que ahora yacía en un olvido absoluto, y pensó si debía usar las redes sociales para impulsar su negocio y darle el reconocimiento que merecía. Desistió de su idea un segundo después, recordando las bajas calificaciones que tenía en internet.


Sí, quizás en aquel entonces las celebridades hubieran hecho un estupendo trabajo de publicidad al alojarse en su hotel, pero los tiempos cambiaban y las personas olvidaban con demasiada facilidad. Eran contados los clientes que se acercaban allí, sólo para saber en qué tipo de hotel pasó la noche la señorita Marilyn Monroe, pero al ver los acabados de la construcción, preferían no vivir la experiencia.

 

Sumado a esto, algunos huéspedes habían terminado de sepultar la reputación que le quedaba al hotel, diciendo que habían tenido alguna clase de experiencia paranormal. Adele, gran escéptica del tema, durmió en la habitación que señaló el usuario de internet  y logró pasar la noche sin si quiera escuchar un zumbido.

 

Tal vez todo aquello la gente lo inventaba debido a la antigüedad de la residencia; sin embargo, ella jamás tuvo alguna experiencia inexplicable durante el tiempo en el que estuvo allí. Aún así, eso no evitó que varios clientes atribuyeran actividad paranormal en el lugar.

 

Intentando tomar aquella premisa de una forma positiva, pensó que si su hotel tenía esa reputación, quizás investigadores de este tipo de temáticas se acercaran a pasar la noche allí, lo que representaría publicidad para el hotel. Aunque ciertamente era una atención que no deseaba.   


Ahora mismo no había investigadores de ninguna índole en su hotel, de hecho, lo hubiera deseado. En lugar de eso ella hospedaba a indigentes, extranjeros indocumentados y alguno que otro vendedor de drogas. Gente de muy bajos recursos o vidas lo suficientemente retorcidas pasaban la noche bajo su techo, debido a su económica tarifa. 


El nivel de frustración de Adele era enorme, ya que su madre, quien había trabajado allí, jamás permitió que su negocio cayera tan bajo. Ahora, en cambio,  el lugar se había hecho famoso entre los malhechores que habitaban el barrio, incluso la ciudad, porque se dio cuenta de que se trataba de una red enorme de personas con negocios sucios.


Una noche, después de alojar a un grupo de cinco personas que no se veían nada bien, quiso detener el curso por el que iba su negocio negándole la entrada a un hombre, quien furioso sacó su arma apuntándosela en la cabeza obligándola a recibirlo.

 

Aquellas experiencias la alejaban cada vez más de sus sueños y se dio cuenta que ya no trabajaba con aquel gusto y pasión, sino por necesidad y más que nada… obstinación.

  

Las habitaciones no solían ser lo que eran. El glamour y la elegancia eran lo primordial en aquellos años, y  ahora simplemente graffitis decoraban las paredes. El intenso olor del cigarrito, drogas y sabrá Dios qué otras cosas impregnaban cada rincón, como si aquella energía hubiera consumido el lugar.  

 

Era densa el aura que se respiraba. 


Adele no deseaba venderlo, podría deshacerse con facilidad del lote, aunque no estaba segura de que alguien se atreviera a comprar un hotel en aquel estado y mucho más sabiendo el tipo de clientes que lo frecuentaban. 


Mientras contemplaba con nostalgia los días gloriosos de su hotel a través de las fotografías, un hombre vestido de traje se acercó a ella por la espalda causando que Adele se sobresaltara y retrocediera unos pasos. Se llevó las manos al rostro en señal de sorpresa mientras se encontraba con unos ojos grises que la observaban expectantes.

 

—D-Disculpe, caballero… ¿Cómo puedo ayudarlo? —Algo en su presencia causaba que cada vello de su cuerpo se erizara, y Adele no supo discernir si se trataba de su mirada o era su mera presencia la que la hacía tartamudear.

 

—Me dijeron que encontraría una habitación de hotel aquí, quiero una, espaciosa y cómoda —Su voz era grave, pero atrapante. Usaba un tono rudo, intimidante, como si tratara de exigir en lugar de preguntar —. Dame el precio de ella y no intentes pasarte de lista.

 

Adele caminó hacia la recepción y en un intento por no dejarse amedrentar, enderezó sus hombros y le enseñó la habitación a través de una foto, mostrando toda la seguridad que fue capaz de expresar. No quería que pensara que era débil. 


En su mente se repitió la escena del tipo que puso un frío revólver sobre su cabeza y sus manos se tornaron frías.

 

El hombre dejó varios billetes sobre el contador. Era mucho más dinero del que Adele le había indicado, así que se dio cuenta de que pasaría por lo menos una semana y algunos días más alojado allí.

 

—Bienvenido —Adele le ofreció una sonrisa y dejó la llave de la habitación en el mostrador. El sujeto tomó la llave sin decir una palabra, pero su mirada jamás la abandonó.

 

A diario lo veía, vestía ropa formal en cada ocasión y Adele se preguntó qué tipo de trabajo sucio haría. No parecía ser el tipo de persona que se perdía en las drogas, entonces… ¿Quién era?


En las noches siempre regresaba con su abrigo en la mano, algo sudoroso y desaliñado. Solo en una oportunidad llevó a una chica, quien no parecía nada a gusto. Sus ojos eran suplicantes, casi parecían gritar por ayuda, pero se mantuvo seria e inexpresiva durante el rápido encuentro en la recepción.

 

Adele estuvo nerviosa aquella noche, no sabía con exactitud por qué, pero su instinto le decía que algo no estaba bien. Ignoraba si debía llamar a la policía por la chica que llegó en aquel estado, o si eso significaría ponerse a sí misma en peligro.


Con las manos temblorosas tomó aire y caminó con suma cautela hasta la habitación de aquel misterioso hombre. No tardó demasiado en escuchar algunos gritos y gemidos. No supo diferenciar si la chica estaba en peligro o si sólo se trataba de una relación sexual. Se acercó a la puerta despacio, con tan mala suerte que el piso de madera causó un chirrido que Adele rogó no fuera escuchado.

 

Con el corazón latiéndole a gran velocidad intentó averiguar qué era lo que realmente pasaba ahí dentro, para así tomar una decisión y saber cómo actuar frente a la situación. Se hizo un silencio en el que Adele contuvo el aliento y la puerta de la habitación se abrió de golpe. El hombre de mirada plomiza apareció frente a ella con el torso completamente desnudo. 


Adele lo observó con el terror vivo en sus ojos, preparada para actuar en caso de que el hombre quisiera lastimarla; no obstante, sus reflejos no fueron tan rápidos como los de él, quien con fuerza la tomó del cuello. Ejerció presión en su garganta y luego la forzó a entrar en la habitación.

 

La chica que antes gritaba ahora miraba fijamente hacia el techo, con sus pupilas bien abiertas, su rostro golpeado y… sin vida. 


Adele sabía que sería su fin, lo supo de forma tan certera que sólo rogó para que su muerte fuera rápida. 


—No quería… ya sabes… matarla —El hombre se sentó en la cama junto al cuerpo sin vida de la chica, que yacía allí completamente desnuda.   


Adele no dijo nada. 


—Y tampoco quiero hacerlo contigo… pero hay algo en este hotel tan antiguo, tan sombrío, que me obliga a actuar fuera de mi voluntad… Una presencia extraña, poderosa… 


Lágrimas caían de los ojos verdes de Adele, el miedo y la adrenalina danzando juntos en un coctel mágico dentro de su cuerpo. 


—Entonces no lo hagas… 


Él la tomó del rostro, sus manos eran grandes y pesadas, sus pupilas eran claras, tristes, incluso asustadas. Estaba cubierto en sudor. 

 

—Lo lamento tanto… 


Lo último que percibió fue un impacto tan fuerte que la dejó completamente a su merced.


0022

Buenos días papá —saluda Emma con un beso en la mejilla a su papá quien toma desayuno.


—Buenos días mi pequeña. Tú mamá te estuvo despertando —responde su papá — Mi auto se averió y esperaré a que vengan los técnicos para que lo lleven al taller —añadió.


Emma mira a su padre extrañada pues ni se había percatado que su mamá había ido a su habitación a despertarla. Emma es una niña de 10 años, única hija y adoración de sus padres.


—¿Pero papá y ahora como iré a la escuela? —preguntó Emma preocupada.


—Por eso tu mamá subió a despertarte, para saber si podías salir mas temprano y ella te llevaba, pero como no te despertabas con nada, dejó que sigas durmiendo —dijo su papá mientras daba un sorbo a su taza de café.


—¿Papá, puedo faltar hoy a clases? —preguntó tímidamente Emma, aunque ya sabía la respuesta.


—Apresúrate en tomar tu desayuno, llamé a la Sra. Aranda para que te agregue en el corrido del autobús —dijo su papá.


—Pero papá..., la Sra. Aranda es viejita y creo que ni oye, nunca he visto que le moleste todo el ruido que hacen los niños durante todo camino, aparte, que no sabe manejar bien, siempre hace que me duela la barriga, no quisiera ir hoy a clases —insistía Emma.


—Y falta poco para que llegue —respondió el padre mirando su reloj ignorando por completo las justificaciones de su niña.


Emma a regañadientes se apresura, da dos sorbos a su vaso con leche, le da una mordida a su pan y corre a ponerse los zapatos. Su padre sonríe a ver lo presurosa que esta su niña, guarda un desayuno extra en la mochila de su hija porque sabe que después le dará hambre.


Llega el autobús, Emma se despide de su papá y sube saludando la Sra. Aranda y sentándose en el ultimo asiento del autobús al lado de la ventana, se pone los audífonos deseando llegar pronto a la escuela aunque sabe que no será así ya que es la primera a quien recogen así que el camino será muy largo.


A mitad del camino parece que hubo un accidente, los niños del autobús curiosos empiezan a sacar la cabeza por las ventanas, a los pocos minutos el trafico se restaura. Un niño mas subió, Emma no tomó atención, el niño se sienta también en uno de los últimos asientos.


Con un viaje tan accidentado en donde cada vez que la Sra. Aranda frena todos los niños se balancean hacia delante parecen divertirse, pero por el contrario esos movimientos a Emma la hacen sentir mal, empieza a tener dolores de barriga seguido de nauseas y aún faltaba mucho para llegar a la escuela. Emma trata de buscar una bolsa dentro de su mochila, porque presiente que devolverá el poco desayuno que había tomado.


El niño desconocido que acababa de subir le extiende una bolsa.


—¿Necesitas una? —pregunta el niño aún con su brazo extendido


Emma se avergüenza, solo asiente con la cabeza y acepta la bolsa. Al parecer de la vergüenza a Emma se le van las nauseas y a los pocos segundos cierra la bolsa.


—Me llamo David —dice el niño con una sonrisa


—Emma —responde, percatándose de la forma peculiar en la que vestía el niño, traía una camisa con bolsillo y un pantalón de vestir y pensó que no muchos van vestidos así a menos que sean profesores.


—Bonito crucifijo —dijo David


—Gracias, me lo regaló mi mamá —respondió Emma tocando su crucifijo.


—Mi tío también tiene uno, es sacerdote y da misas en una iglesia por aquí cerca —contaba David— me gusta mucho visitarlo —añadió.


El autobús llega a la escuela y Emma le pregunta a David a que aula va, él le dice que es nuevo alumno y debe ir primero a la dirección, así que en ese momento ambos niños se despiden y se van.


Ese día las clases transcurren con normalidad, suena el timbre de salida, todos los niños comienzan a salir de la escuela algunos los recogen sus padres y otros como Emma regresaran en autobús,


La Sra. Aranda ya esta sentada frente al volante esperando que suban todos los niños, y faltando pocos, ella les pide a los demás que se sienten para mantener el orden, en ese momento sube David, Emma se percata y piensa en devolverle la bolsa que le ofreció en la mañana, aunque le da un poco de vergüenza, además piensa que tal vez lo pueda necesitar de regreso a casa.  


El niño se sienta en el mismo lugar, en el ultimo asiento al lado de la ventana al otro extremo de Emma. El autobús arranca, los niños empiezan a bajar poco a poco, el ruido va disminuyendo y Emma se saca los audífonos. Ahora solo quedan los dos niños.


—Bajaré por un momento, quiero comprar unos panecillos y leche para llevar a mi casa —dijo la Sra. Aranda mientras miraba por el retrovisor— no demoro —añadió y bajó raudamente dejando el motor encendido y corriendo en dirección a la panadería que estaba solo cruzando la calle.


—Esta bien —responde Emma rápidamente.


Ambos niños sonríen al ver correr a la Sra. Aranda. David se pone de pie y se sienta al lado de Emma.


—¿Dónde vives? —le pregunta


—A dos cuadras de la iglesia —responde Emma


—Y tú ¿Dónde vives?


En ese momento alguien que vestía de sotana marrón sube raudamente al autobús sentándose frente al volante, no era la Sra. Aranda y arranca. Emma estuvo a punto de gritar cuando David le tapó la boca y ambos se agacharon.


A los segundos se escucharon gritos en la calle.


—No grites por favor, sino..., nos tomará de rehenes y nos matará —susurró al oído de Emma mientras intentaba agacharse más.


Emma asintió con la cabeza y empezó a llorar.


—No te pasará nada, te lo prometo —dijo David retirando la mano de la boca de Emma, ella no gritó.


Emma miraba a David, podría decir que lucía hasta tranquilo muy diferente a lo aterrada que estaba ella. Pasaron unos minutos más y se escuchó la sirena de la policía, el corazón de Emma dio un vuelco. David tomó las manos de Emma con fuerza.


—Pronto acabará —susurró— Tienes que ser valiente, además..., creo que nunca tuviste un viaje en autobús como este, verdad? —dijo David con una ligera sonrisa.


Emma lo quedó mirando, no podía crees que aquel niño, este tan tranquilo en una situación como esa y que incluso haga hasta bromas, aunque al mirar sus ojos le transmitía cierta seguridad. David le pidió taparse la boca, él hizo lo mismo.


—Es la policía, detenga el autobús, repito, detenga el autobús —Hablaba una voz ronca por megáfono.


El sujeto vestido de sotana no hizo el menor caso, desde que tomó el volante no dejaba de acelerar.


A los pocos segundos se oyeron disparos, Emma cerró con fuerza los ojos. Más sirenas y mas disparos se oyeron.


—¡Jamás!, ¡Me oyeron, jamás me entregaré! —gritó el malhechor— ¡Vine a morir! ¡¡es mejor morir afuera que adentro!! —seguía acelerando siguiendo su camino.


En ese momento una de las balas atraviesa el cristal impactando directamente en la cabeza del malhechor, muriendo en el acto, haciendo que el autobús empiece a zigzaguear.  


—¡Gritemos lo mas que podamos, deben vernos! —gritó David poniéndose de pie y tirando del brazo de Emma ayudándola a pararse.


Ambos niños empezaron a gritar, levantaban los brazos y golpeaban las lunas del autobús.


—Tenemos un N6, repito, tenemos un N6, todas las unidades al muelle —decía presuroso el hombre del megáfono que no podía creer lo que veía al interior del autobús.


La policía habían calculado los disparos y sabían que el autobús se despistaría en el lago, ya que  estaban seguros que el malhechor se encontraba solo, pero no fue así.


—Emma, escúchame, debes aguantar la respiración lo más que puedas, yo te ayudaré, me entiendes? —decía David


La niña miró la dirección del autobús y se dio cuenta que iban directo al lago, se aterró. David tomó nuevamente sus manos.


—Contaré hasta tres, bien? Emma, mírame —insistía David mirando la carita de terror de la niña.


Emma lo miró y empezó a respirar mas profundamente, en ese momento David empezó a contar.


—Uno, dos... ¡tres! —gritó el niño.


Emma aguanto todo el aire que puedo, el impacto fue inminente, sumado a la velocidad a la que iban, hizo que el autobús volara y se precipitara rápidamente al agua hundiéndose con facilidad.


David tomó la mano de Emma y salieron por una de las ventanas del autobús, fueron segundos que para la niña fueron horas, aferrada fuertemente de la mano de su amigo, subieron a la superficie.


—Respira ya paso todo —le habló al oído.


La niña tomó una bocanada de aire, en ese momento sintió como un brazo mas fuerte y grande la rodeaba por el pecho levantando su cabeza.


—Tranquila, te tengo —dijo uno de los rescatistas.


—David, ¡donde está David! —gritó Emma mirando a los lados.


Los demás rescatistas al escuchar a la niña se volvieron a sumergir, aunque salieron a los pocos segundos informando a su jefe que no había nadie mas en el autobús, solo el cadáver del delincuente.


Emma desde la orilla gritaba que había otra persona más, un niño que iba con ella y la ayudo a salir del autobús, enviaron otros buzos, el resultado fue el mismo, no había nadie mas. La niña no quería irse si no encontraban a su amigo.


—¡Mamá, papá! —grita Emma corriendo al ver a sus padres llegar.


Ellos corren a su encuentro la abrazan y lloran de felicidad al ver que su pequeña hija se encontraba sana y salva.


—Hay un niño que vino conmigo, sigue en el agua, me ayudó... me dijo que nos debíamos esconder sino ese señor malo nos mataría... luego me hizo respirar... me sacó del agua... Y ya no lo quieren seguir buscando —explicaba la niña muy exaltada y preocupada por su amigo.


Los para-médicos se acercan para examinar a la niña en la ambulancia.


—¡Señores Mendoza! —gritó una voz a lo lejos.


—¡Sra. Aranda, como pudo ser tan negligente! —gritó el padre de Emma, mientras veía a la señora correr hacia ellos.


—Cálmate cariño, nuestra hija esta bien, no es bueno que te vea así —dijo su esposa tomándolo del brazo— Sra. Aranda díganos quien era el otro niño que dejo con mi hija en el autobús? —preguntó


La conductora ofreció mil disculpas a los padres por lo sucedido pero dijo que cuando ella bajo del autobús Emma estaba sola, no había nadie con ella y se sorprende que diga que había otro niño.


— Señor y Señora Mendoza —dijo un oficial de la policía acercándose— Les ofrecemos las disculpas del caso, no sabíamos que dentro del autobús robado hubiera alguien mas, ya que no es su manera de actuar, si hubiéramos sabido no habría dado orden de disparar,  hemos estado siguiendo al ahora occiso desde que escapó de la cárcel, tiene sentencia de cadena perpetua.


—Lo importante es que nuestra hija esta sana y salva —respondió abrazando a su esposa— Pero dígame porque dice que "no era su manera de actuar"


—Él se había disfrazado con una sotana para entrar a una iglesia cercana y matar al sacerdote diciendo que era el anticristo, fue en su huida que robó el autobús, suele matar sin piedad, no titubea si tiene en frente a una anciana o una niña, generalmente toma rehenes para escapar de la justicia a quienes finalmente siempre termina matando.


—No diga mas, por favor —pide el padre de Emma al escucharlo y ver que su esposa palidece.


—Lo lamento, solo déjeme decirle que tienen a una niña muy valiente no sólo se mantuvo oculta para que el delincuente no la vea durante la persecución, sino que después nos advirtió de su presencia y al final prácticamente salió sola del autobús mientras este aún se hundía, cualquier otro niño de su edad entraría en pánico y no sabría que hacer en esos casos —finalizó el oficial.


Llegó el domingo, Emma pidió a sus padres que la llevarán a la misa, en memoria del sacerdote que murió el día que robaron el autobús.


La misa fue muy emotiva, el nuevo sacerdote colocó cerca del altar un cuadro con la foto de quien en vida fue por años el sacerdote de aquella iglesia. Al terminar la misa algunas personas que habían asistido se acercaron a los padres de Emma sabían lo que había sucedido y expresaban su apoyo a la familia.


Mientras los padres de Emma conversaban con algunas personas, ella se acerco hacia el altar, y muy lentamente se acercó al cuadro, mira la foto y vio que en el pecho del sacerdote colgaba un crucifijo, parecido al que ella llevaba puesto. En ese momento, Emma se acordó del niño.


—¿Hija, nos vamos a casa? —preguntaron detrás de ellas sus padres.


—Agradecemos su presencia en la misa —dijo un novicio mirándolos y caminando hacia el cuadro.


—¿Aquí viene con frecuencia un niño? —preguntó presurosa Emma.


—¿Cómo dices, pequeña? —preguntó el novicio mirándola


—Emma será mejor que vayamos a casa, debes descansar —dijo la mamá mirando a su esposo un poco preocupada y colocando la mano en el hombro de su hija.


—Se llama David, es un poco mas alto que yo, parece que le gusta vestirse de camisa y pantalón de vestir para ir a la escuela y su cabello lo tiene así... —explicaba Emma mientras agarraba su propio cabello imitando el peinado del niño.


El novicio miró a los padres y se quedó mirando a la niña mientras colocaba sus manos en los bolsillos. 


—Disculpe las molestias, nos retiramos —dijo el padre de Emma mientras su esposa trataba de llevarse a su pequeña de ahí.


—Esperen —dijo el novicio acercándose a ellos 


El novicio se paró delante de Emma y sin decir ninguna palabra le mostró una foto que tenía en la mano.


—¡Si, si, si, es él, es David! —gritó Emma al mirar la foto, el niño estaba vestido y peinado exactamente como Emma lo había descrito


La niña prácticamente le arrebato de la mano la fotografía al novicio para mostrárselo mas de cerca a sus padres, con sus ojitos llenos luz sabía que ahora sus padres le creerían que ese niño era quien estuvo con ella aquel día.


—¿Usted lo conoce? —preguntó el mamá de Emma


El novicio seguía mudo solo miraba a la niña como narraba lo que días antes le había ocurrido y como David la había salvado, cuando la niña terminó su relato el novicio se persignó.


—También pensamos que ha sido un milagro lo que le sucedió a nuestra pequeña —respondió la mamá.


—Y si lo ha sido —afirmó el novicio mirando a Emma.


—No se como decir esto, pero su hija tiene razón el nombre de este niño es David, era sobrino de quien en vida fue nuestro sacerdote, solía venir a visitarnos casi todos los días cuando no había misa y conversaba horas con su tío, era un niño muy feliz —contaba el novicio mientras tomaba nuevamente la foto del niño en sus manos —Lamentablemente nació con un mal congénito estuvo en cama por mucho tiempo, hasta hace un par de meses que el Señor lo llevo a su gloria —terminó explicando el novicio.


Ambos padres abrazaron a su hija, muchas lagrimas se vertieron ahí delante del cuadro del fallecido sacerdote y de la foto de David.


—Un ángel te salvó, mi pequeña Emma —dijo el novicio mirando a Emma tocando su cabeza.


En ese momento Emma recordó la sonrisa tan amable de David, aquella mirada que le hacia sentir segura, incluso cuando bromeo diciéndole: "Nunca tuviste una viaje en autobús como este... verdad?" mientras estaban escondidos debajo del asiento y oyendo el sonido de las sirenas. Él estuvo con ella hasta el final y por eso ella ahora puede estar con sus padres.


Emma tomó su crucifijo con ambas manos, cerró los ojos y mentalmente recordando a David le dijo: "Gracias".

0021

Los ojos cerrados


La respiración lenta y profunda


Manos sobre las rodillas con los índices y pulgares juntos.

 

La meditación no estaba dando frutos, o tal vez no los que Eillyn estaba buscando. Había acabado frustrada intentando escribir el nuevo capítulo de su famoso fanfic titulado ‘La espada maldita’. Pero la inspiración se le había escapado de las manos como agua entre los dedos.

 

Eillyn poseía un blog de escritor que había recibido reconocimiento gracias a las historias que allí compartía. Sus palabras solían derramarse con facilidad como una enorme cascada de agua cristalina cuando su inspiración trabajaba a tope. Pero ahora, justo en el momento en el que más necesitaba concentrarse y dedicarse netamente a escribir, la musa había desaparecido por completo. 


La presión, la universidad, y su ritmo de vida, le habían impedido dedicarse de lleno a la escritura, por lo que sus niveles de frustración se encontraban por los cielos.

 

Sus seguidores eran pacientes, lo fueron durante todo este tiempo en el que su actualización se retrasó; sin embargo, llegó un punto en el que los comentarios preguntando por el capítulo se tornaron molestos.

 

La escritura se había convertido en un refugio seguro que le ofrecía paz y  tranquilidad. Se trataba de un escape a otra vida, a otro mundo, a otra ella. Escribir era como volar: Podías ir a donde quisieras, a la velocidad que desearas, en la dirección que más te gustara, y aquello para Eillyn siempre había significado libertad. Pero ahora mismo le representaba una carga. 

 

Desde luego que agradecía a cada persona, cada comentario, voto, opinión buena o mala sobre su trama, porque al final sin los lectores, un escritor sería sencillamente como un cantante sin audiencia,

sin aplausos, sin espectáculo… 


Eillyn sabía muy bien esto, lo apreciaba profundamente y por ello se esforzaba. Después de todo no deseaba decepcionar a quienes por tanto tiempo la habían acompañado. Pero no podía forzarse a hacer algo que simplemente le estaba resultando difícil.

 

Lo había intentado varias veces, de distintas formas: Escuchó su música favorita, observó algunos capítulos de la serie para ver si su musa regresaba, pero le resultó sencillamente imposible. Era demasiado complicado hacer aflorar su inspiración.


¿Por qué los escritores tenían aquellos momentos de bloqueo? ¿Acaso no sería más sencillo simplemente evitar que eso ocurriera? De esa forma no se sentiría tan decepcionada consigo misma y no haría que los demás lo estuvieran también.

 

Abrió los ojos, había perdido por completo el hilo de la meditación guiada que estaba haciendo, era bastante obvio que su mente no estaba tranquila y que aquel ejercicio lejos estaba de ofrecerle paz y quietud a su concurrida mente. 


Se levantó y de mala gana pausó el video que estaba escuchando. Caminó lentamente de vuelta hacia la cocina en donde su madre estaba sentada, tejiendo mientras escuchaba la radio.

 

—Eillyn, cariño, ya que estás aquí… —Su madre se detuvo, la mirada en el rostro de su hija gritaba que ella no se encontraba bien —. ¿Qué ocurre?

 

—Nada importante, ¿qué necesitas que haga?

 

Su madre hizo silencio y continuó su inspección.

 

—¿Algo ocurrió en la Universidad? —Insistió con la esperanza de que su hija le dijera algo, pero sabía que en realidad era bastante difícil que lo hiciera.

 

—Estoy perdiendo dos materias, mamá… 


—¿Por qué? Tienes todo el tiempo del mundo para dedicarte a estudiar, ¿Qué es lo que te ocurre? —

Eillyn bufó, sabía que había sido un error haber dicho algo sobre su estado de ánimo.

 

—¿Qué es lo que necesitas?

 

—Saber si me acompañabas al Mall. Quiero comprarme zapatillas nuevas, ya me urgen —Movió de un lado a otro sus zapatos negros brillantes un poco desgastados en las puntas. Para Eillyn no había necesidad de cambiarlos, pero sabía que su madre era una persona sumamente demandante en cuanto a físico se trataba. Le encantaba lucir como si asistiera a una entrevista de trabajo en todo momento. Esto era algo que su hija no había heredado en absoluto, ya que ella se sentía cómoda en ropa ancha, zapatillas y camisetas. Lo único que Eillyn hacía con devoción, era cuidar de su piel y cabello. Para ella lucir bien sin maquillaje era la clave para estar siempre presentable sin demasiado esfuerzo.

 

—Está bien… —Aceptó sin demasiado convencimiento, pero intentando pensar que tal vez el salir a despejar su cabeza, y quizás el cambio de espacio, le haría lo suficientemente bien como para poder continuar con los últimos capítulos de su relato.

 

Sintió su teléfono vibrar dentro de los bolsillos de sus vaqueros y lo ignoró, conocía perfectamente el sonido de esas notificaciones y sabía que seguramente se trataba de alguien quien había escrito algún comentario en su famoso fanfic. 


—Date prisa y cámbiate entonces. 


Ella asintió y subió nuevamente a su habitación para lucir un poco más presentable. Al menos lo suficiente como para salir con su madre sin que se enfrascaran en una discusión sobre su "inadecuada" forma de vestir.

 

Cuando estuvieron listas, ambas caminaron en silencio hacia su destino mientras observaban las concurridas y comerciales calles de su barrio. Resultaba increíble saber que habían recorrido tantas veces el mismo lugar, sin detenerse a observarlo con atención.

 

Descubrieron negocios ubicados en los segundos pisos de algunas casas, entre ellos varios dedicados a la venta de lanas, hilos, telas y distintas herramientas que a su madre le encantaban, ya que su pasatiempo de toda la vida era tejer.

 

Durante su divertida expedición por su propio barrio, Eillyn observó una vieja clínica que había estado allí desde que tenía memoria. Al acercarse, un cartel le llamó mucho la atención: 


“¿Eres escritor y alguna vez has experimentado un bloqueo? La ciencia ha desarrollado la cura para todo aquellos que han sufrido de esta afectación que retrasa tu proceso creativo. Descubre la información sobre el procedimiento en nuestro sitio web”


Se detuvo observando el anuncio con la ilusión implícita en su rostro. Sus ojos marrones se iluminaron y de pie frente aquel tablero repleto de publicidad, supo que aquella iba a ser la solución a sus problemas. Este procedimiento le permitiría escribir historias con muchas más facilidad y ritmo. ¡Era perfecto!

 

Anotó rápidamente la dirección de la página web de la clínica y echó un vistazo rápido a su alrededor. Los enfermeros, pacientes y personas que se encontraban allí, eran personas del común. No parecía tratarse de ninguna trampa.

 

Su madre quien había permanecido en un negocio de decoración artesanal, no notó lo que su hija, quien regresaba con una sonrisa en sus labios, había visto momentos atrás.

 

Se apresuraron entonces hacia el gran Centro Comercial de la ciudad, con Eillyn sumamente emocionada por su descubrimiento. Mientras su progenitora observaba zapatos y los probaba con sumo interés y emoción, ella navegaba en internet buscando la información que buscaba. Sin embargo, su investigación fue interrumpida por su acompañante, quien no dejaba de reclamar su atención.

 

—Creo que estos podría usarlos en el trabajo, son bastante cómodos, sofisticados y lo mejor de todo es el precio, mira —Acercó la marquilla a su hija quien no le prestó el más mínimo interés —. Eillyn, ¿estás siquiera escuchándome? 


—Sí, esos están hermoso, cómpralos —respondió distraída.

 

—Me has dicho lo mismo de cada par que te enseño —Con rapidez arrebató de las manos de su hija el celular que con tanta ilusión observaba.

 

—¡Devuélveme eso ahora, mamá! ¡Estoy buscando algo importante!

 

—¿Es de la universidad? —inquirió enarcando una fina ceja.

 

—¡Por supuesto que es de la universidad! ¡Te dije que estaba perdiendo dos materias!


Su madre quiso corroborar si lo que su hija le decía era cierto, pero el bloqueo en el teléfono se lo impidió. La joven rio de forma imperceptible al notar que su madre no pudo acceder al contenido de su celular.

 

—¿Por qué no me dijiste que estarías ocupada? Hubiera preferido venir sola. Me resulta sumamente molesto tener que intentar captar tu atención a cada minuto.

 

—Sólo quise acompañarte, es todo... —respondió con voz cancina —. Devuélvemelo, terminemos con esto así tendré tiempo de volver a casa y dedicarme a mis deberes.

 

—Bien… —Dejó el teléfono sobre las manos de su rubia hija y tomando el par de zapatos que se había probado, se dirigió rápidamente hacia el punto de pago. 


Eillyn aprovechó aquel momento para culminar el formato que debía llenar para su estudio el día de mañana en la clínica. Al parecer debían insertar un chip en su cabeza el cual activaría varios puntos de la corteza cerebral que intervenían en la creación de imágenes, pensamientos, lógica, visión, entre otros procesos importantes. 


Se trataba de una cirugía rápida y ambulatoria de apenas veinte minutos. Esto debido a que contaban con toda la tecnología y personal idóneo como para realizarlo. Aquello la tranquilizó enormemente, ya que no tendría que comentárselo a su madre y se beneficiaría mucho de ello.

 

Envió todos sus datos, eligió la hora y supo que era un hecho que mañana estaría sentada en aquella clínica, esperando a realizarse los estudios previos para poder someterse a la pequeña cirugía que mejoraría su vida por completo. 


La ansiedad y el miedo se hicieron presentes durante el resto de la noche y parte de la mañana, pero ahora que se encontraba allí, esperando su turno para que revisaran su cuerpo, todas las sensaciones se estaban intensificando, mucho más al saber que no contaría con el apoyo de su madre, ya que ella no sabría absolutamente nada de lo que estaba haciendo en este momento.

 

Eillyn tenía 20 años, no es que tuviera demasiada experiencia sobre la vida, relaciones y mucho menos temas científicos, pero creía firmemente que aquel movimiento sería algo acertado y necesario para su carrera. Ya contaba con un blog supremamente exitoso, lectores fieles, personas nuevas que llegaban a sus historias y permanecían allí. Esto sería como darle un empujón a su talento y un regalo importante a sus seguidores.

 

Cuando su turno llegó, revisaron su cuerpo tal como lo harían en un chequeo médico normal. Tuvo algunos exámenes de sangre, de audiometría pruebas oculares, y algunos otros estudios que comprobaban su resistencia a la anestesia.


Una vez que habló con el psicólogo, le dieron luz verde para poder realizar el procedimiento quirúrgico. Tuvo que esperar alrededor de dos horas, mientras los médicos preparaban todo. Eillyn se preguntó si estaría haciendo lo correcto, ya que algo en su interior parecía gritarle que no lo hiciera. 


La cirugía se llevó a cabo, Eillyn despertó un par de horas después. El procedimiento era sumamente rápido, pero la anestesia era lo que más llevaba tiempo ya que debían esperar a que ella despertara por su propia cuenta. 


Lo primero que observó en aquella habitación en donde se encontraba, era un reloj negro circular que indicaba las cinco y media de la tarde. Intentó levantarse, pero un leve pinchazo en su cabeza se lo impidió.

 

¿Qué estaba haciendo en ese lugar?

 

Cuando la enfermera encargada del turno de la tarde observó que Eillyn había recobrado la conciencia, se acercó con una gran sonrisa.

 

—¿Te duele? —Su voz fue cálida y dulce, como una brisa de aire fresco. Podía sentir en su interior algo que aún no comprendía, pero que le decía que aquella enfermera, de pie delante de su camilla, era una buena persona.

 

—Un poco —murmuró después de un momento. 


—Es normal, la molestia desaparecerá en un rato, no tienes absolutamente nada de qué preocuparte, todo salió a la perfección.

 

Colores… azul, verde, rojo… ¿podría ser efecto de la sedación lo que estaba viendo alrededor de su interlocutora?

 

—¿En cuánto podré irme a casa? —preguntó Eillyn intentando enfocar su visión.

 

La enfermera observó su reloj, luego revisó los signos vitales de Eillyn.

 

—En una hora podrás volver a casa, debemos asegurarnos de que todo esté bien contigo. 


Asintió con suavidad volviendo a recostarse. Escuchó a la chica decir que volvería pronto y fue entonces cuando recordó a su madre. Tomó el celular que descansaba sobre la mesa y cuando abrió el chat se dio cuenta de algunos mensajes de su parte. Los respondió de inmediato y no fue hasta que sus ojos se enfocaron en la imagen de su progenitora, que notó aquellos colores vibrando a su alrededor.

 

—Es normal… —Las luces de la sala se encendieron en su totalidad. Ya no había aquel matiz tenue que tenían hace un instante —. Esta cirugía está obligando a tu cerebro a trabajar a un potencial mucho más avanzado. Detectarás sonidos mucho más fuertes, tus ojos verán cosas que incluso antes no podían distinguir. Algunos de nuestros pacientes han presentado incluso habilidades psíquicas. Efectos de los que te hablamos antes, ¿recuerdas?


—Sí… —replicó Eillyn con certeza —. ¿Quién es usted? ¿Y cómo sabe lo que estoy viendo?

 

—El doctor encargado de esta especialidad. Estamos en un proyecto ambicioso sobre control mental… Muchas gracias por sernos de ayuda. 


—¿Qué? —cuestionó confundida. Todo estaba sucediendo demasiado rápido. Nada tenía sentido.


—Viniste aquí pensando que podríamos ayudarte con el bloqueo escritor que tenías, y sí, lo que te hicimos seguro te ayudará con eso. Es sólo que ahora sabremos qué piensas, qué haces, qué deseas, qué sientes, dónde estás, qué comes, qué imaginas y todo lo que percibas. Gracias a este chip ahora podremos experimentar cómo funciona tu corteza cerebral con los choques de energía generados por él. ¿No te parece estupendo que podamos estar al 100% en el control de tus emociones?

 

—Yo… yo no firmé nada en donde me avisaran de esto. 


El médico sonrió. 


—Las letras pequeñas siempre son importantes, querida. Ahora regresa a casa, te vigilaremos muy de cerca… y espero que puedas terminar aquella increíble novela que estás escribiendo. Eres una chica talentosa, estoy seguro de que podrás salir de este bloqueo después de que llegues a casa. Sólo recuerda que... ya no estás sola.


0020

Año 1477; me encuentro en Pécs, Hungría, en el abandonado castillo que una vez fue mi hogar, está lleno de polvo y telarañas, pero para una moribunda alma como la mía bastará.


Luego de la batallas, los otomanos me creyeron muerto; muy herido logré huir con ayuda de un par de soldados que lograron traerme a este recóndito lugar, pero con lo herido que estoy no creo sobrevivir más de un par de días.


—Mi señor, creo que la única opción es recurrir a eso.


—¡Te dije que no lo volvieras a mencionar!


—Pero es la única opción, de lo contrario morirá.


—Prefiero la muerte a saber qué me haría ese tipo.


—Piénselo, por favor, su gente lo necesita.


Estando a punto de negarme una vez más, me interrumpe un torbellino de humo rojo que aparece a nuestro lado.


—¿Qué haces aquí? Nadie te ha invocado.


—Vamos mi viejo amigo, sabes que necesitas mi ayuda. Y veo que tienes un sirviente muy perspicaz.


—No soy un sirviente, soy el consejero del señor Vlad.


—Eso explica tu sabia observación.


—Vete de aquí Lucifer, no necesito tus artimañas.


—Pero no son artimañas, míralo como un intercambio. Yo te doy algo que tú necesitas y a cambio me das algo que quiero.


—Ver mi alma sufrir por toda la eternidad.


—Que quiera tu alma no significa que quiera verte sufrir, de ser así no estaría aquí ofreciéndote mi ayuda, ¿no lo crees?


—Debes aceptar mi señor, es la única forma. Por favor, rey de los infiernos, permite que mi señor permanezca por más tiempo en el reino de los vivos.


—Ya que con él las negociaciones son inútiles, ¿estás dispuesto a pagar el precio de tal petición?


—¡Por supuesto!


—¡Claro que no! Me niego, te ordeno que no lo hagas.


—Lo lamento, pero ya he tomado una decisión, quiero que viva para ver a su pueblo prosperar.


—No lo hagas Lucifer, no quiero recibir tu ayuda a cambio de la vida de mi consejero.


—¡Oh! Muy tarde mi amigo, él ya tomó su decisión y en su corazón no hay deseo mayor que saberte vivo.


Sin darme tiempo a replicar una vez más, vi como Lucifer chasqueaba sus dedos para desaparecer en su torbellino de humo rojo, por un segundo mientras veía la sonrisa de mi amigo y una lágrima resbalar por su mejilla, creí que nada pasaría, que él estaría bien y yo moriría en un par de días, sin embargo, él empezó a deshacerse, como un pedazo de papel quemado, virutas grises empezaron a desprenderse de su cuerpo, dirigiéndose hacia mi.


Nada más pasar unos cinco minutos estaba cubierto casi por completo con lo que parecían ser sus cenizas, pero estaba demasiado débil como para siquiera intentar sacarme las virutas o hasta moverme, un par de segundo más y todo está negro, no veo, no oigo nada.




Siento como que he despertado de un largo sueño, mi cuerpo está adolorido, algo rígido. No sé cuánto tiempo he dormido, quizá días.


Mi vista se aclara y no logro ver los ultrajados muebles llenos de polvo y telarañas que estaban al rededor cuando llegamos a este lugar. Intento moverme y escucho como trozos de piedra caen en el suelo, y noto que estoy atrapado en una caja de ¿cristal? ¿Si los otomanos lograron atraparme por qué no estoy tras rejas de hierro?, ¿por qué no me mataron?


—Creo que puedo romper esto.


Apenas puedo moverme pero logro romper el cristal, y me encuentro con una cuerda roja, la sobrepaso.


Miro a mi alrededor, está un poco oscuro pero logro ver algunas joyas a mi alrededor.


No entiendo qué sucede, en dónde estoy, ni por qué sigo vivo.


Después de ser cubierto por la ceniza creí que Lucifer había engañado a mi fiel consejero y había decidido matarme en castigo por mi negativa. No era la primera vez que me ofrecía su ayuda, pero sí la primera vez que en verdad la necesitaba.


Tratando de hallar una salida, derrumbo si querer varios jarrones y algunas otras joyas, paso cerca de una ventana y cerca de allí vislumbro lo que parece ser una pintura mía, una que no recuerdo haber mandado a pintar.


No comprendo cómo es que lo hicieron, ni quién se atrevió a retratarme sobre una pila de cráneos con un cuerpos atravesados por estacas a mi al redor.


Ahora que lo pienso, ¿será esta una cámara del tesoro?


No se ve como ninguna que haya tenido


Pero ¿por qué alguien me tendría en su cámara del tesoro?


¿Y ese cristal, no era demasiado cristalino? ¿Qué clase de alquimista tiene este soberano?, ¿cómo es que no se corrió el rumor sobre ese hombre? 


Recorriendo el lugar logro ver más artilugios que me denigran en demasía. En mi recorrido logro ver mi espada, exhibida como si fuera un trofeo de guerra.


A paso lento,  con espada en mano, continúo hasta por fin encontrar una reja, no parece tener otra salida y las ventanas también tiene rejas. Intento forzar la cerradura con la espada, pero es inútil.


Agotado me dejo caer para descansar un poco.




Me despierto por el grito de una mujer, momentos después aparecen unos hombres que me señalas con unos artefactos negros que no logro reconocer.


—Señor, ¿quién es usted? —me pregunta la mujer, notablemente asustada.


—Mi nombre Vlad III de Valaquia, ¡espera! ¿qué idioma es este y cómo es que lo conozco?


Un letrero de sangre aparece frente a mí, que dice:


 "Este es un pequeño regalo de mi parte, disfruta de tu nueva vida en el futuro"


Atentamente: Tu viejo amigo Lucifer.


Maldito demonio, con que esto es obra suya. 


¿Cómo que futuro? ¿Qué me ha hecho ese despreciable hombre?


—Mujer, ¿en dónde estoy? ¿qué año es?


—Está en el Museo Nacional de Historia Natural del Instituto Smithsoniano. Estamos en el año 1985.


—¿Y qué hay de ese letrero? ¿Qué significa?


—¿Cuál letrero?


—Ese letrero, el que está escrito en sangre y firmado por Lucifer.


—Creo que es mejor llamar al hospital, este hombre ha enloquecido, no entiendo cómo es que logró entrar, pero parece peligroso, además está portando la espada de Vlad el Empalador.


Puedo escuchar como la mujer le dice algo a los hombre que no logro comprender.


¿Qué es eso de hospital? ¿Por qué se refiere a mí como empalador? ¿Acaso no logra notar que soy el gran príncipe de Valaquia? ¿En dónde ha dicho que estamos?


—¿Cómo llegué aquí?


—No se preocupe señor, en un momento llegarán por usted y le ayudarán a sentirse mejor.


Efectivamente otros hombres vestidos de blanco llegaron y me ataron, traté de resistirme pero todavía me encuentro muy débil.


Me sacan de este extraño lugar para meterme en uno mucho más raro, me tumban en una especie de lecho, me pinchan el brazo y pronto todo se vuelve negro nuevamente.

0019

Quien percibió la extraña frecuencia es Marty. Apenas era una cadete y solo tomaba turnos en las oficinas, nada muy especial. Su tío, el oficial de comunicaciones Stand, la inscribió en las rondas de su departamento en un acto de aprecio por la chica; para que fuese conociendo las diferentes funciones del lugar. Aún faltaban algunos meses para que ella oficializara su elección de especialidad y él aseguraba que estaría de su lado. 

Aun así, ella estaba un poco insegura. No sabía si todavía sería comunicaciones lo que elegiría como especialidad en la academia. Ser piloto parecía ser algo mucho más especial que estar descolgando teléfonos. “Es más que eso, Marty” decía su tío y probablemente sí, pero ¿es acaso más genial que estar cruzando los cielos en un avión? Marty creía que no. 

Sin embargo, ella intentó darle una oportunidad. Sobre todo, después del anuncio.  

Hacía ya varios meses que la academia estaba envuelta en una atmosfera de excitación y ansiedad. El equipo del comandante Stand había percibido levemente una frecuencia fuera del planeta. Era un sonido extraño y difuso que se había colado en sus satélites. El almirante había ordenado más estudios y dos semanas después llegó un nuevo aviso por parte de una de las naves enviadas desde la tierra: los estudios sobre vida en otro planeta se hacían realidad. Había algo, pero aun no podían confirmar que era. Aunque intentaron construir algoritmos para descifrar aquella señal, hasta el momento no habían tenido resultado.  

No se tenía otra señal hasta hacía una semana. Un oficial había percibido de nuevo la repetición de aquella frecuencia y basándose en el patrón de la primera vez, era posible que aquella semana se volviera a escuchar. No todos estaban muy optimistas por eso, pero Marty sí. Creía, muy ingenuamente, que quizás si había vida en otro planeta, ellos serían los encargados de investigar. Por eso también quería ser piloto; salir del planeta era una cosa de locos, ¡sería genial! Solía decirle eso a Mike, su compañero de litera, pero el pelirrojo era mucho más realista que ella

—Tu asumes que los extraterrestres serán amables. 

—¿Y por qué no?

—Porque quizás solo vengan a conquistarnos y desintegrarnos. ¿No has visto las películas?

—Tú has visto muchas, al parecer. 

A Marty no le importaba nada de lo que dijera Mike. Ella se mantenía optimista y ¿por qué no? Quizás todas esas películas solo eran eso, ficción. ¿De dónde sacaban ellos que los extraterrestres iban a desintegrarlos? Mike también tenía una respuesta para eso, pero Marty no quería escucharla. 

El turno de aquella noche era de ella. Era una semana importante porque en cualquier momento se podía generar un enlace, por eso su tío la dejó a cargo, de nuevo animado por esa sensación de enseñarle a su sobrina. Marty se recostó en la silla de ruedas y se puso los audífonos. La señal ingreso, pero ella no escuchó a la primera. El parpadeo azul de la pantalla la alertó. 

Rápidamente dejó los audífonos a un lado y los cambió por los que estaban conectados al panel de control. Ahí estaba: Era un silbido suave acompaño de lo que parecían palabras en otro idioma. Marty no pudo evitar compararlo con su primera clase de alemán. No entendía nada en ese entonces y ahora sí que menos.

Grabó la señal y esperó, pero el mensaje no tardó mucho. Treinta segundos de silbidos y palabras en un extraño alemán, eso era lo que tenía. La pregunta era, ¿Qué iba a hacer ahora? Quizás avisarle a su tío, aunque… ¿por qué no hacer algo más? Su tío quería sentirse orgulloso de ella y quizás esta era una buena oportunidad. 

Marty presionó algunos botones, buscó el canal de recepción de la señal, tomó el micrófono y pronunció un “Hola”. Ni siquiera fue uno a modo de pregunta, fue un saludo casual, uno de esos que se les hace a los amigos o el que se pronuncia al llegar al supermercado de la tienda donde ya te conocen. Del otro lado no hubo respuesta. 

—Hola, ¿me están escuchando? ¿hay alguien?

Nada. 

—Soy la cadete Marty de la Academia Terrestre Nusa. 

Esta vez hubo algo. Un silbido. 

—¡Ay por dios! ¡Estoy hablando con extraterrestres! —Gritó Marty 

Del otro lado hubo un chirrido y la cadete recuperó su lugar. 

—Lo siento, perdón si te asusté. Solo… me emocioné, ¿sabes? No es como que sea algo tan normal esto. 

La señal emitió uno de esos ruidos que Marty creía era una palabra en alemán. 

—Okei, conseguiré un diccionario. 

Durante un rato Marty estuvo enseñando alemán. A lo que sea que la escucha del otro lado, le explicó lo básico: Ja era para afirmar algo y nein para negarlo. 

—A ver probemos si entendiste. ¿Sabes lo que es una pizza?

Solo Marty podría haber interpretado aquel sonido que se escuchó. No era un silbido, era… una palabra de bebé, una de esas onomatopeyas que dicen los recién nacidos y nadie sabe realmente que dice. Sin embargo, Marty sí porque además ella había cuidado a los hijos de sus vecinos durante tres años. Ella sabía que ese “fei” producido por sus nuevos amigos o amigo, era la respuesta a su pregunta.  

—¿No? ¡Esto es progreso! Aprendes muy rápido —Respondió ella aplaudiendo— Lo primero que deberían hacer al llegar a la tierra es pasarse por un Domino’s y pedir una Hawaiian Chicken. ¡Es demasiado deliciosa! 

La señal reprodujo un silbido que Marty dejó pasar. Aún no había llegado el momento de interpretar esos, iba apenas con las palabras en el extraño alemán. 

Un rato más hablando de pizzas y la preocupante situación de la píña en ella, la puerta del cuartel se abrió. Marty se giró rápidamente para ver como su tío ingresaba con un número de al menos diez oficiales. 

—¡Marty! ¿Qué haces? ¿Por qué no me llamaste? 

Los oficiales empezaron a encender los demás computadores y máquinas alrededor. Había gente con armas en la puerta e incluso afuera. Marty las pudo ver a través de la ventana. 

—¿Qué pasa, tío? 

—Recibí la alarma de una nueva comunicación. ¡Por qué no me avisaste! 

—Estaba tratando de descifrarlo. 

—Pero no sabes cómo hacerlo

—¡Claro que sí! —Marty gritó y a través del parlante de nuevo el chirrido apareció— Lo siento. 

—¿Eh? ¿Entiendes? 

—Pues… 

—¡Jefe, mire! 

Todos desviaron su atención al enorme ventanal que daba al bosque que rodeaba la academia. Una luz blanca pasó rápidamente y desapareció. 

—¡Rastreen el área! —Ordenó el comandante Stand. 

—Tenemos algo —Exclamó un oficial— Es… oh. 

—¿Qué? 

—Fue en la ciudad más cercana. Un objeto volador asaltó un Domino’s. 

—¿La pizzería? —EL oficial asintió. 

—Es cierto jefe, está en la internet.,

En las pantallas se reprodujeron diferentes videos tomados de celular es; se podía ver una pequeña sucursal de Domino’s iluminada por un rayo de luz que provenía del cielo. De repente varias cajas de pizzas empezaban a subir a través de este, como si fueses atraídas por una especie de imán. Al cabo de unos segundos, la luz se apaga y todo vuelve a la normalidad. 

—¿Pero qué carajos? 

Marty no podía creerlo. 

—¿Compraste pizza? —Anunció por el micrófono y su tío entonces la regañó con la mirada. 

—¿Qué haces? 

Pero la respuesta de ella fue interrumpida por el sonido de un silbido en los parlantes. 

— ¿Eso es un sí? —Preguntó Marty y escuchó una nueva onomatopeya: da. 

—¿Quieren alguien explicarm…?

—Jefe… 

Un oficial rubio interrumpió al jefe y a todos señalando hacia el ventanal. Nadie podía creerlo. A unos metros de ellos, un objeto triangular se mantenía en el aire con una luz blanca a su alrededor. El alboroto de abajo los devolvió a la realidad. Un escuadrón de al menos 30 hombres se apiló a la entrada de la academia con armas en sus hombros. 

—¡Que nadie dispare! —Gritó Marty. 

—Pero no sabemos que quiere. 

La nave emitió un ruido y las armas quitaron el bloqueo listas para disparar. 

—Esperando confirmación —Se escuchó por el parlante. 

De un lado del objeto triangulas se desprendió una plataforma que las luces de las armas señalaron. 

—¿Qué es? ¿Va a disparar?

—Teniente, ¿Qué ve? —preguntó el tío de Marty. 

—Señor es… una caja de pizza. 

Mary soltó una risa. 

—¿Qué es tan gracioso?

—Nada… nada —Respondió ella secándose las lágrimas productos de la risa—  Nos vemos abajo. 

La cadete caminó a la salida y antes de bajar por el ascensor, regresó sobre sus pasos. 

—¿Alguien tiene problema con la piña en la pizza? Más les vale que no.

0018

Sonó la campana que anunciaba el término de las clases, era un día soleado, y como era viernes podíamos demorarnos unos minutos más para llegar a casa, así que mis amigas y yo, nos compramos unos helados mientras conversamos por el camino de siempre.


— ¡Carla, mira!— exclamó mi amiga Brenda dándome un codazo haciendo que por poco bote mi helado.


— ¡Pero que...!— no pude terminar la frase de regaño hacia mi amiga, cuando miré en dirección a donde me señalaba.


Al frente de nosotras, en una cancha de fútbol, un grupo de alumnos de nuestro colegio empezaban a jugar y entre ellos estaba él, aunque sabía que lo vería ahí, siempre me sonrojo al verlo, como si fuese la primera vez.


Su nombre es Mauricio, de signo Capricornio, alto, guapo, con una sonrisa hermosa, le gustan los chocolates, lo sé porque siempre lo veo en el recreo comprando el mismo chocolate con relleno de maní, el mismo que a mí me gusta. Él está en el último año de secundaria, mientras que yo soy un año menor.


Solo mis mejores amigas saben que desde el primer año que lo vi, me gustó. Y cada vez que me lo encuentro dentro o fuera del colegio, ellas empiezan a hacer ruidos extraños como de ambulancia, haciendo que me avergüence. Se que no lo hacen con mala intención y es para que el se fije en mi, pero ni una sola vez el a volteado a mirarme, ni una sola vez y eso me hace sentir muy triste. 


— Creo que será mejor empezar a cambiar nuestro camino de regreso a casa— sugerí a mis amigas mientras sentía tristeza en el corazón.


— ¿Carla, pero que dices?— pregunto Julia extrañada —Sí, prácticamente nosotras venimos siempre por este camino especialmente para que puedas ver a tu amado —continuó.


— Por eso lo digo, siempre venimos por este camino a pesar de ser el más largo para llegar a nuestras casas —respondí con tristeza — En todo este tiempo ni siquiera por error Mauricio me a mirado, ni sabe que existo...—sentía como se me hacía un nudo en la garganta y un dolor raro en mi estómago, sentía mucha tristeza.


— ¡Eso es! —exclamó Brenda 


Miré la cara de felicidad de mi amiga, por un segundo creí que no había escuchado nada de lo que acababa de decir. Yo había decidido evitar ver a Mauricio aunque solo pensarlo me sentía enfermar. 


— Es cierto que Mauricio nunca te a mirado, pero eso no quiere decir que no lo haga ahora— siguió hablando Brenda


— No entiendo —respondí


— Es sencillo, tú escribirás una carta, caminas directo así él, se la das en sus manos y luego te vas —explicó entusiasmada Brenda —por tu cara veo que sigues sin entenderme —añadió— tú le escribirás una carta de amor!!!


— ¡¡¡Estás loca!!! —exclamé 


— ¡¡Funcionará!!, lo he visto en los doramas, la chica le da una carta al chico, se enamoran y viven felices para siempre — seguía explicando mi amiga con mucha alegría y segura de los que decía.


— No parece tan mala idea— intervino Julia que ya había terminado su helado mientras escuchaba Brenda explicar su gran idea.


— ¿Tu también Julia? — pregunté sorprendida 


—  Míralo de esta manera— dijo —Si le escribes la carta y le gustas, lo sabrás y si no le gustas... recuerda que falta poco para que acabe el año escolar, es su último año en nuestra escuela y no tendrás que volver a verlo. Así que no pierdes nada.


Las palabras de Julia me hicieron dudar, tal vez no sea mala idea.


Ese noche en mi cuarto decidí en escribir la carta. Eran tanta las cosas que quería decirle. 

Pero el miedo a que me rechace también era grande. Era casi la media noche y yo volvía a leer lo que había escrito. El miedo y la tristeza se apoderó de mí y me puse a llorar pensando en todas las maneras en que el me rechazaría, porque estaba segura que así sería.


— ¿Por qué lloras? —susurró una voz


Levanté la cabeza pensé que sería mi papá o tal vez el molesto de mi hermano, sequé rápidamente mis lágrimas.


Lo que vi fue una silueta era un hombre aunque su rostro parecía la un niño. Me asusté iba a gritar cuando camino hacia mi y me abrazó, era un abrazo tan cálido que sentía como la tristeza se iba, dejaron de salir mis lágrimas y me sentía mucho mejor.


— Tu tristeza me hizo venir — susurró mientras me soltaba su abrazo lentamente.


— ¿Quién eres?, creo que me volví loca y ya estoy alucinando— pregunté confundida 


— Tengo muchos nombres, pero mi nombre más famoso es "Cupido"— respondió mientras acariciaba mi cabeza como consolándome — Y no, no soy una alucinación, en verdad existo solo que no suelo aparece muy seguido solo en ocasiones especiales —añadió guiñándome un ojo.


— Si eso es cierto, entonces dime ¿Por qué has venido? — pregunté


— Ya te lo dije, fue tu tristeza la que me hizo venir. Y para que no sientas está tristeza tan profunda quiero ofrecerte algo muy especial — explico aquel ser de nombre Cupido mientras se sentaba en una silla frente a mi — Quiero regalarte una de mis flechas


— No quiero ofenderte pero, para que quisiera tener una flecha?— pregunté


Cupido se hecho a reír


— No me has entendido, te explicaré. Cómo sabrás, yo puedo unir corazones, hacer que estos latan uno con otro por siempre, uno parejas para toda la vida y yo sé que tú amas a alguien y por eso sufres, verdad?


— Si —baje la cabeza con tristeza 


— Bien, yo te ofrezco dispararle una de mis flechas al muchacho que te gusta y él al verte al instante te amará por siempre y para siempre. Así ya no estarás nunca triste. 


Levanté la cabeza lo mira con cara de asombro alucinación o no todo parecía real y no iba a desperdiciar esa gran oportunidad. 


—¡Hazlo¡ —respondí al instante


—Espera, eso no es todo. SI el muchacho al que tú amas ya tiene un sentimiento hacia ti, entonces cuando yo le dispare con la flecha todo ese sentimiento hacia ti se perderá para siempre Entendiste?


No había ninguna duda al respecto, yo sabía perfectamente que yo no existía para él, de eso estaba segura. 


— Entiendo lo que dices. Y acepto — respondí con firmeza. 


— El regalo fue aceptado, entonces mi trabajo aquí a terminado — diciendo esto, Cupido simplemente desapareció. 


Al día siguiente salí a correr como todos los sábados en la mañana a un parque cerca del colegio sabía que vería a Mauricio ahí, él siempre sale a correr acompañado de Tadeo uno de sus mejores amigos.


Aún estaba pensando si lo de anoche había sido un sueño o parte de mi imaginación, cuando vi a Mauricio llegar vestía ropa deportiva como siempre, se veía tan guapo.


Me di valor a mi misma y caminé decidida en dirección hacia él. Metí mi mano al bolsillo y saque la carta. Me detuve frente a él, enmudecí por unos segundos, vi como su amigo y él mi miraron con cara de sorprendidos yo estaba muriendo de nervios por dentro. Fue entonces que saque la carta...


— Esto es para ti —dije con voz temblorosa recordando si mi alucinación de "Cupido" era cierta vería a Mauricio tomándome entre sus brazos diciéndome cuánto me ama.


— ¿Tadeo, ella es amiga tuya? —preguntó Mauricio a su amigo mirándome como si fuera una completa extraña, aunque realmente lo era — Me voy a casa tengo sueño. Hasta luego— añadió Mauricio dándole un pequeño golpe en el hombro a su amigo y dirigiéndome un gesto con la cabeza en forma de despedida.


Me quedé parada aún con la carta en mi mano y viendo cómo Mauricio me había rechazado de una manera tan cruel, todas las historias con final feliz que me había imaginado en mi cabeza se esfumaron. Y en eso momento sentí lo que era tener el corazón roto.


— Carla, perdona. Adiós— fue lo que dijo Tadeo antes de correr detrás de su amigo.


No sabía que hacer quería que la tierra me tragara. Cómo iba a poder mirarlo nuevamente sin sentir vergüenza.


No tuve el valor de contarle a mis amigas lo sucedido, no quería volver a revivir ese momento tan triste y vergonzoso.


Transcurrió una semana de lo sucedido.


No tuve necesidad de evitar ver a Mauricio, ahora era él quien no se dejaba ver, deje de verlo en los recreos comprando sus chocolates de siempre, tampoco iba a jugar partido con sus amigos y al llegar el sábado no lo vi corriendo como siempre. Estaba tan triste y desanimaba que me senté en una banca mirando en dirección al lugar en donde una semana atrás intenté entregarle mi primera carta de amor.


— Hola, tu nombre es Carla, verdad? — pregunto una voz detrás de mi 


Era Tadeo del amigo de Mauricio, en ese momento recuerde que aquel día también me llamó por mi nombre 


— Hola, si, soy Carla — respondí aunque avergonzada por lo sucedido la última vez.


— Se que es la primera vez que hablamos, pero ya sabía tu nombre, se muchas cosas de ti — dijo Tadeo mientras se sentaba a mi lado


— Espera... lo que sucedió la semana pasada aquí no fue lo que crees— respondí presurosa por lo incómoda que se estaba volviendo la conversación 


— Seré directo. Puedes decirme si entre tu y Mauricio a pasado algo? —preguntó en tono serio


— Ente Mauricio y... —estaba confundida, porque viene a preguntarme eso.


— Mauricio es una persona alegre, entusiasta a veces demasiado optimista pero sobre todo... muy enamorado — dijo —No me atrevería a interferir entre ustedes sino supiera lo mucho que el estuvo enamorado de ti pero desde hace una semana exactamente desde el día en que le quisiste dar aquella carta él se volvió otra persona, ya no tiene esa alegría, no tiene ganas de hacer nada, a penas hace las tareas y dejo de frecuentar los lugares en dónde solo iba para verte — añadió


— ¿¡Que me estás diciendo!?— pregunté sorprendida, no podía creer lo que está escuchando. 


— Cuando te dije que se muchas cosas de ti es por Mauricio, siempre se la pasa hablando de ti que eres de signo Libra, usas trenzas solo cuando llega el verano, te gusta el chocolate con relleno de maní. Él juega el fútbol los viernes aunque lo detesta, solo lo hace porque dice que te ve pasar cuando vas de camino a tu casa y sin contar que solo los sábados se levantaba temprano para venir a correr aquí porque sabe que tú lo haces.


— ¡Debo irme! — exclamé mientras me ponía de pie de un brinco y corrí a mi casa.


Me puse a llorar, pero está vez era de alegría, "él me ama" "él me ama" repetía mientras lágrimas salía de mis ojos sin cesar, pero el ya no quiere saber de mi ¿por qué? pensé que era una tonta porque no se me ocurrió seguir conversando con Tadeo tal vez descubramos lo que sucedió, así que me dirigí de nuevo a la puerta.


— Espera — susurró una voz detrás de mi.


No era una alucinación, era de nuevo "Cupido" 


— Entonces, ¿si eres real?— pregunté— Ayúdame, es Mauricio... él...


— Sabías perfectamente lo que sucedería si aceptabas mi regalo y se cumplió, veo que al parecer no le eras tan indiferente a aquel muchacho


— Tienes razón, pero no lo sabía, ahora todo está mal y no es solo porque se olvidó de mi, sino que el cambió, ya no es el mismo ahora es una persona triste y todo por mi culpa


Empecé a llorar, deseaba nunca haber aceptado ese regalo, preferiría ser yo quien lo olvide a él en vez que él pierda su esencia, quería que vuelva a ser el Mauricio de quién me enamoré.


— ¿Eso es cierto? — preguntó Cupido —serías capaz de sacrificarte con tal que él vuelva hacer el de antes?


— Como supiste lo que pensaba — dije entre sollozos — es la verdad, solo quiero que él no sufra, quiero que sea el mismo Mauricio de siempre.


— Ahora me conmueve tu desprendimiento y como mi regalo no puede ser deshecho solo transferido se cumplirá la próxima vez que lo veas, él será el mismo de antes, volverá a recordarte y tú lo olvidarás completamente.


Nunca más volví a ver a Cupido pero había una cosa más que debía hacer antes de volver a ver a Mauricio.


Conversé con Tadeo, obviamente no le conté lo de "Cupido" sino me creería loca solo le dije que así como él yo también quería que Mauricio sea el mismo de antes, también le dije que yo era demasiado tímida, además que a mí también me gustaba mucho Mauricio, le conté más detalles sobre mi y le pedí que sea mi amigo, le advertí que tal vez yo me vaya a comportar un poco extraña los próximos días pero se me pasará. 


También le di la carta que escribí y le hice prometer que solo me la daría cuando Mauricio y yo seamos pareja 


Y así sucedió Tadeo, cumplió su promesa, poco a poco le fue contando a Mauricio cosas sobre mi. Y lentamente fue enamorándome, fue algo tan mágico e increíble. Pero lo mágico sucedió el día que Mauricio me pidió ser su novia y acompañarlo a su fiesta de despedida de su último año en el colegio. Esa noche Tadeo me entregó una carta, al abrirlo me percaté que era mi letra, aunque al principio no había recordado haberla escrito, fue cuando termine de leerla que recordé todo lo que había sucedió los últimos meses, mi llanto, Cupido, mi confusión sobre mi amor no correspondido, el sacrificarme por Mauricio, la conversación con Tadeo y finalmente el volverme a enamorar de mi primer amor.


Si bien es cierto el flechazo de Cupido no tiene reversa, también es cierto que el amor tiene sus propias armas. 

0016

El marido jugueteaba nervioso con sus dedos.Se notaba su incomodidad, pero aún así empezó a hablar.


—Y aquí estamos. Hace un año que nos casamos y ya estamos teniendo problemas.

Yo no me quiero divorciar, pero la verdad es que siento que todo se ha enfriado entre nosotros.

La rutina y las largas horas de trabajo primero y la cuarentena después.

Creo que eso es lo que terminó de arruinarlo todo.

Tanto tiempo juntos, encerrados, viéndonos todo el día en el peor atuendo de todos los tiempos y sin ganas de cambiarse o bañarse. Yo no, ella se bañaba diario, claro, hasta que le dije que se iba a acabar el gas y no tenía dinero para comprarlo. Y no tenía, pero afortunadamente volví a trabajar, sin embargo, fueron meses terribles de incertidumbre y ansiedad en los que la hice padecer la peor de mis personalidades. Tengo varias já, já. Ok, mal chiste. El caso, es que reconozco mi culpa, mi parte de la culpa.


—Es normal sentirse así, señor Márquez. La situación ha afectado a mucha gente.

—No, pues ya.

—¿Cuál considera que sea la parte de culpa que le corresponde?

—¡Se la acabo de decir! ¡¿No me estaba escuchando?!

—Por supuesto que sí. Bien, esa es "su parte de la culpa", ahora cuénteme cuál considera que sea la de su esposa.

—Disculpe, estoy algo tenso, esto me pone nervioso.

—No hay por qué, señor Marquez, están aquí para expresarse, para hablar de todo lo que necesite. Prosiga.

—¿Cuál era la pregunta?

—Qué cuál considera que sea la parte de culpa de su esposa.

—Ah. Pues para empezar, su estúpida obsesión por la limpieza. Quiere estar limpiando todo, todos los días. O sea ¡¿Para qué?! Yo pienso que un día sí y dos no, está bien, excepto los trastes, claro, esas cosas se reproducen apenas volteas a otra parte. Pero le compré una bolsota de platos de cartón y se enojó. Me gritó que era un huevón. Y la tapa del baño, y que dejó salida la cortina del baño y se sale el agua...yo no lo hago a propósito, pero ella no quiere aceptar que se casó con un baboso descuidado. A veces me acuerdo, pero al día siguiente se me olvida.

—¿Ama a su esposa?

—¡Si! Pero a veces creo que ella ya no me ama a mí.

—Bien, hay que tener en cuenta que la que hizo la cita fue ella. Si no hubiera interés en salvar la relación ¿Lo habría hecho?

—No, pues sí, pero es que últimamente se la pasa gritándome por todo. Yo soy muy sensible, no me gusta que me grite, me pongo triste. No le diga. Sé que se va a reír, pero cuando me grita muy feo, me encierro en el baño a llorar.


*****

La esposa entró y con un aire de superioridad, registró con la vista todo el lugar.Después de asegurarse que el sofá estuviera debidamente sanitizado, se sentó.

—Buenas tardes, señora Márquez.

—Yo no me apellido Márquez.

—¿No usa el apellido de su esposo?

—No ¿Por qué lo haría? Yo tengo el mío.

—Y cuénteme, señora…

—Márquez.

—¿Perdón?

—No es el apellido de él, pero nuestro primer apellido es el mismo.

—Entiendo. Dígame, señora ¿Cuál es el motivo que la impulsó a comenzar con esta terapia?

—¿Cómo que cual? Pues intentar salvar mi matrimonio. Apenas ha pasado un año y la verdad, no quiero enfrentarme a un divorcio con todo lo que eso conlleva. Además, sería una vergüenza asumir este fracaso ante mi familia después de todo lo que gastaron en la boda y la luna de miel.

—¿Son esos los únicos motivos?

—Pues sí.

—¿Ama a su esposo, señora?

—¿Qué? ¿Amor? Eso no existe, esas son estupideces de las telenovelas que ve Juana, la sirvienta.A la que por cierto, tuve que despedir porque el inútil de mi marido se quedó sin dinero. O eso dijo. Ahora la que tiene que limpiar todo soy yo ¿Y él? ¡Ja! ¡Es un marrano que solo se dedica a ensuciar todo!

—¿Por qué se casó con el señor Márquez?

—Porque me prometió muchas cosas.

—¿Cosas materiales?

—¿Pues qué, me vio cara de interesada?

—¿Y qué tipo de cosas le prometió?

—Pues para empezar, que nunca más iba a vivir en la maldita miseria, y que nunca más, iba a tener que maltratar mis manos limpiando una casa. Ni siquiera la mía ¿Y cumplió? ¡No!

—Usted sabe que con lo de la pandemia, muchas cosas han cambiado, mucha gente se ha quedado sin empleo y la economía va bien solo para unos cuantos.No puede culparlo por algo que no está a su alcance solucionar. En la conversación que mantuvimos esta mañana, le pregunté a su esposo cual consideraba que era su responsabilidad en el conflicto que los trajo hasta aquí...Le hago la misma pregunta.

—¿Qué tengo la responsabilidad?

—No, cuál cree que es su parte de responsabilidad.

—Ninguna.

—¿Ninguna?

—Yo cumplo con mi parte como esposa, a pesar de todo. Mantengo la casa limpia, hago milagros con lo que tenemos en el refrigerador…

—Disculpe que la interrumpa, pero eso que usted menciona, es importante, sí, pero ¿Qué hay del cariño? ¿De la comprensión? ¿Alguna vez le dijo a su esposo algo amable? ¿Lo animó cuando todo parecía ir cuesta abajo? ¿Cuándo la incertidumbre lo carcomía en silencio? ¿Le dijo que todo iría bien y le dio un abrazo?

—No, la verdad no. Qué flojera.

—¡¿Entonces, me dice que usted solo ve a su marido como un cajero automático, un proveedor sin sentimientos y que cuando la fuente se agota, prefiere desecharlo como un trapo viejo?!

—¿Me está gritando?

—¡Si, señora! ¡Porque me ha dado las razones más estúpidas y egoístas por la que alguien se puede casar! No sé por qué está aquí, usted no quiere arreglar nada realmente! ¡Y si le soy sincero, divorciarse de usted, sería lo mejor que le podría pasar a su marido! ¡Ahora salga de aquí!

—¡Todavía quedan veinte minutos!

—¡La sesión terminó!


De más está decir que ese matrimonio no se pudo salvar, que ella ignoró todo lo que él le preparó esa noche para su aniversario; que no volvieron para otra sesión; que lo dejó sin casa, sin auto y sin dinero luego del divorcio. Que exactamente un año después, en el que hubiera sido su segundo aniversario, él entró a la que fuera su casa y se ahorcó en medio de la sala con una cartulina verde fosforescente atada a sus pies que decía: “¡Feliz aniversario!”

0017

Un llanto en la oscura habitación. Tenebrosa, sombría, sin vida. Los colores la inundaban antes. Las risas y las sonrisas se veían y oían todos los días. El tiempo está en su peor momento. Alzó su mirada para ver más allá de la sucia y empapada - por fuera - ventana de la sala.


Acunaba al pequeño cuerpo que tenía entre como si fuera su propia vida.


En su propio rostro, notaba el espeso rímel corrido. Horas antes había estado llorando sin saber que hacer, simplemente para desahogarse.


Olía a tabaco. La habitación entera estaba inpregnada de ese olor. Olfateó mientras intentaba calmar al pequeño.


"Tenía todo pero a la vez nada".


Cualquier día, a estas horas, hubiera estado bailando alegremente en una pista de baile como hacía siempre pero hoy era diferente. Hoy se había ido horas antes de la pista. Había dejado su copa en la barra enfadada por ser tan tonta como para perdonar a su - ahora - exnovio, pensando el día anterior que él había cambiado y que no la engañaría. Ella, como toda una ilusa lo había creído pero claro; al fin y al cabo, algún día todos los secretos siempre salen a la luz.




A las siete de la tarde comenzó a arreglarse, con entusiasmo, mientras mecía sus caderas al rítmo de una de las tantas canciones de Justin Timberlake. Peinó su cabello en una cola de caballo y maquilló su rostro con tonos naturales.


Eran las ocho cuando decidió acercarse a la pizzería de la esquina para comer antes de irse a la discoteca. Nada más terminar, sobre y media, decidió ir llendo hacia el lugar; el cual quedaba a unas cuadras de donde se encontraba.


Observó el cielo y sonrío, era feliz en ese instante y no quería desperdiciar nada.


A las nueve en punto bebió su primera copa y comenzó a bailar sola.


A las diez ya se había bebido una botella de tequila y algo de whisky; por lo que se encontraba bailando con unas desconocidas.


Minutos, minutos hicieron que su sonrisa se borrara al instante en el que fijó su mirada en una de las mesas de la parte superior. ¿Se sintió rota en ese momento? No hay que ser psicólogo para saber que sí.


La furia, la tristeza y el estrés le ganaron una mala pasada.


Eran las diez y media y ya la habían hechado del local por pelearse. No se arrepentía de que le prohibieran la entrada al lugar; ya que le había arrancado a la morena que se encontraba con su novio un gran mechón de pelo.


Miró su aspecto en el escaparate de una de las tiendas de la calle en la que se encontraba. Era terrible. Su cabello estaba revuelto, su vestido mal puesto y las lágrimas caían por su cara.


Era increíble, no creía que fuera tan obvio. ¡Por dios, esa morena se encontraba con él y con los amigos de ambos! ¿Por qué los que creía sus amigos no le advirtieron? ¿Por qué preferían quedarse con esa "zorra" antes que con ella? ¿Qué diablos había hecho ella para que le hicieran aquello? ¡Era incomprensible! ¡No se entendía!


Un grito desgarrador la alertó e hizo que mirara hacia el callejón de la calle de enfrente. Cruzó la calle y se pegó a la pared para más tarde asomar un poco su cabeza y observar lo que ocurría. Claro está que nada más ver aquello sus piernas comenzaron a temblar como pura gelatina.


El viento soplaba fuerte y gotas de agua comenzaban a caer sobre la superficie de la tierra. Observó al hombre agredido caer al suelo mientras los demás le seguían golpeando. Quiso correr pero sus piernas no le dejaban, las tenía clabadas en el suelo. Notó cómo comenzaba a sentir humedad en sus axilas.


Vió cómo los agresores corrían, abrían una de las puertas del callejón y se adentraban en ella. El hombre,- o mejor dicho, el joven- se intentó levantar con cuidado pero cayó de bruces al suelo.


La joven al no saber qué hacer se acercó a él por inercia. Sentía conexión con aquel hombre, como si él tirara de una cuerda para que ella fuera a su encuentro. Como si todo estuviera destinado a que pasara.


-Disculpe, ¿se encuentra bien?- pregunta la joven y este alza un poco el rostro mientras intenta sentarse en el suelo.


-El bebé.- susurra este.


Ella frunce el ceño sin entender. El bebé, ¿qué bebé?


-Disculpe, ¿qué bebé?


-Sálvalo, ve antes de que vuelvan.- ella alzó una ceja sin entender.- Allí, en la caja.


Observó el lugar donde este le señalaba y abrió un poco los ojos.


-Cógelo, llévatelo y cuídalo como si fuera tu propia vida.- tragó grueso ante las palabras del hombre y asintió mientras temblaba. Se alzó, ya que estaba acuclillada, y caminó hasta la caja.


Bajó la mirada. Era de cartón, había un rastro de las gotas que caían por la lluvia. Se escuchaba un breve murmullo... Como el de un gato que solloza.


Abrió el objeto y llevó, instantaneamente, la mano a su boca. ¡Aquello era horrible! El bebé se encontraba con algo puesto en la boca que le impedía soltar algún sonido por su boca salvo leves sollozos. Metió sus manos en la caja dipuesta para cogerlo cuando una leve voz ronca hizo que girara su cabeza.


-¡No le quites el trapo hasta estar en un lugar seguro, corre!- exclamó el hombre en una voz lo suficiente alta para que ella le escuchara pero lo suficiente baja para que alguien que estuviera fuera del callejón no se enterara.


Dicho esto, la chica, cogió al bebé en brazos y lo atrajo hacia su pecho para así - sin mirar atrás - comenzar a correr hacia su casa.




::


Las doce estaban por dar. Nadie podía, su llanto, callar. La lluvia más fuerte comenzaba a sonar y su corazón bombeaba, ya, con más suavidad.


No entendía nada; seguía sin entender qué demonios había ocurrido. Era todo tan extraño, tan retorcido. ¿Quién era ese hombre? ¿De quién es el bebé que lleva en sus brazos y que intenta calmar? Tantas preguntas se agolpaban en su cabeza que sentía su mente bloqueada.


Lo único que llegaba a saber con exactitud es que se iría lejos de todos esos falsos amigos, dejaría la ciudad que nunca le amó. Se despediría de las tumbas de sus padres y les pondría unos girasoles. Por último, pero no menos importante, se encargaría de cuidar la vida de ese bebé como si fuera la suya misma.


Fin.

0001

No me gusta ir a la escuela, pero mis padres dicen que es importante que vaya todos los días.

Un día desperté enfermo, mi madre lo notó un poco después de haberme levantado y me mandó de inmediato a mi cama otra vez; ese día me di cuenta de que ella no me obligaría a ir a la escuela si estaba enfermo, y por eso comencé a fingir que lo estaba, al principio funcionó muy bien, pero luego comenzó a descubrir que no era verdad, así que me mandaba a la escuela y me castigaban por un par de días.

No estaba dispuesto a rendirme tan fácil, y por eso comencé a esforzarme más en parecer enfermo, en uno de mis tantos intentos, me quedé despierto hasta tarde tratando de idear mi plan para la mañana siguiente; no recuerdo la hora, pero sí sé que ya estaba bastante tarde cuando en medio de mi oscura habitación, escuché un extraño ruido salir de debajo de mi cama.

Creí que era un ratón, no me gustan los ratones, pero el volvieron a escucharse y eran demasiado fuertes como para que un pequeño animalito los hiciera, ya me estaba dando miedo, pero si no averiguaba a qué se debían los sonidos, probablemente no sería capaz de dormir.

Me armé con todo el valor que pude y asomé mi cabeza debajo de mi cama, pero no alcancé a ver nada, tal vez debería prender la luz, pero el miedo de que algo salga corriendo hacia mí de debajo de mi cama me asusta, prefiero esconderme debajo de mis cobijas, y si vuelvo a escuchar algo tendré que gritar, seguro papá vendrá y me protegerá, tal vez tan bien como lo hacen mis cobijas.

Tenía razón, ya estaba muy tarde, casi no alcancé a dormir nada y tengo mucho sueño, lo bueno es que me quedé dormido en la escuela y llamaron a mamá para traerme de vuelta a casa, lo malo es que otra vez estoy castigado, pero no importa, podré volver a dormir.

Por haber dormido hasta tarde en el día, ahora no tengo sueño y no puedo dormir, aun así, estoy tapado desde la punta de los pies hasta la cabeza con mi cobija, los ruidos están allí otra vez y tengo miedo de lo que pueda ser.

Por segunda vez mamá tuvo que ir a la escuela por mí, hoy no me dejó dormir cuando llegamos a casa, a cambio, me dijo que debía organizar mi cuarto o mi castigo sería peor.

Sé que tengo muchos juguetes y ropa allí, pero no quiero limpiar debajo de mi cama.

Después de limpiar todo menos mi bajo la cama, fui a comer algo y allí estaba mi madre, que ya me tenía algo preparado; cuando terminé iba a ir a la sala a jugar videojuegos, pero mi madre me detuvo diciendo que encontraba alguna cosa tirada en mi cuarto, por más pequeña que fuera, me quedaría sin postes por todo un mes.

De inmediato salí corriendo a limpiar bajo mi cama, tenía más miedo de quedarme sin postres que de lo que hubiera allí; prácticamente me tiré para comenzar a limpiar todo lo que había, pero cuando abrí los ojos, lo único que pude hacer fue gritar.

Todavía estaba gritando cuando sentía que algo tiraba de mis piernas, grité todavía más fuerte.

—Hijo ¿estás bien? ¿qué te sucede? ¿por qué gritas?

—Mamá, ayúdame mamá —dije mientras lloraba—, hay un monstruo bajo mi cama.

—Cálmate cariño —dijo mientras me abrazaba—, no hay un monstruo bajo tu cama, es sólo que tienes tanta basura que de seguro eso fue lo que te asustó.

—Pero mamá…

—Ya cariño, puedes bajar a jugar, yo terminaré de limpiar, pero que no se repita, ya te he dicho que limpies más seguido y que no debes dejar acumular la basura, por eso te andas asustando.

Con lágrimas todavía en mis ojos salí mientras mi madre se quedaba limpiando debajo de mi cama. Pero de verdad había un monstruo allí, ¿ella estará bien? El monstruo no le hará nada malo a mi madre ¿verdad?

Me iba a devolver, no podía permitir que el monstruo le hiciera algo malo a mi madre, pero justo en ese momento ella pasó a mi lado acariciando mi cabeza.

—Vamos, ve a jugar un rato, ¿por qué no sales a jugar con tus amigos?

Le hice caso y salí a jugar, pero regresé temprano, tenía que prepararme para esta noche, mamá no me cree y si le digo a papá, él estará de lado de mamá, como siempre.

Lo primero que debía hacer era buscar una linterna, seguramente el monstruo podía ver en la oscuridad y yo estaría en desventaja, lo siguiente sería mi bate de béisbol, debajo de mi cama no podré moverme bien, pero eso es mejor a esta desarmado.

Seguía teniendo miedo y preferiría quedarme bajo mis cobijas, pero si el monstruo decidía salir de allí, no sé si sean lo suficientemente resistentes como para protegerme de algo tan peligroso.

Cuando estaban despidiéndose de mí para ir a dormir vi que mi madre dejó en mi mesita de noche una pequeña lámpara, que de verdad agradecí, sería mi respaldo si algo le pasa a mi linterna.

Me preparé todo lo que pude y me metía debajo de mi cama, no había nada, así que decidí esperar, tarde o temprano aparecería. Estaba por quedarme dormido cuando escuché un grito.

—¡Ahh un monstruo!

—Yo no soy un monstruo, tú eres el monstruo. Espera ¿acabas de hablar?

—Sí, igual que tú.

—¿Cómo? ¿Qué eres?

—Un humano, ¿tú qué eres?

—Un cilvek, ¿un gusto?

—Un gusto cilvek

—Mi nombre es Masi.

—Y el mío Tom.

—Un gusto Tom, pero qué haces debajo de mi cama.

—Claro que no, tú estás debajo de mi cama.

—Espera, ¿entonces ambos estamos debajo de la cama del otro?

—Pues eso parece, pero, ¿cómo?

—No lo sé, bueno, no importa, ¿qué te parece si somos amigos?

—Está bien, entonces dime ¿qué clase de criaturas son los humanos?

0009

Ayer me puse a discutir con Diego y, como todos, salió con lo mismo de siempre: «¡Jamás han existido los bichos como esos!».

A ver, a ver. Yo sé que la gente cree que lo sabe todo, pero yo puedo decirles algo que no saben: La verdad es que nadie sabe nada y todos hablan por hablar.

Tampoco se puede decir algo sin que te contradigan porque no pueden creer que esta clase de cosas sucedan. Mamá dice que la fortuna está de nuestro lado. Pero bueno, eso no vale de nada si la gente no lo entiende. Diego no me dejó explicarle nada porque, para él, no existían y punto. No, no, no y no decía y yo callé porque ¡ahg! Es un tarado... Acá puedo decirlo porque nadie me escucha… Tarado, taradito… Bueno, sigo.

¡La señorita tuvo que separarnos! Me hizo sentarme con Claudia y, mal que mal, por lo menos ella algo comprende… cuando no está comiéndose los mocos. Me enojé un poquito, pero después pensé y me dije «Mejor. Como dice papá: No hay que gastarse en compartir con gente tan cerrada».

No octante… octante —o como se diga— en el viaje a casa, me puse a pensar hasta que llegué a una conclusión. Era verdad: Bichos como esos no han existido jamás, pero hay una buena razón. La gente entiende por "bichos como esos" otra cosa, nada que ver a los bichos como esos. En lo personal, así como para mí, creo que solo mamá y yo los conocemos bien.

Una vez me encontré un libro en la casa de la tía Beatriz y vi que a los bichos como esos se los mostraba como criaturas malas Estaban dibujados bien feos. Había un dibijo de uno rojo que salía de las llamas como del infierno mientras escupía fuego. Después había otro negro encerrado en una cueva oscura durmiendo sobre un montón de oro. Y muchos más, en distintos lugares, como castillos rotos o peleando con caballeros, pero la verdad es que nunca fueron así. Mi mamá los entiende desde siempre y yo, desde lo que vi, hasta me arriesgo a decir que algunos prefieren los pajonales y los árboles altos.

Lejos de cómo se los describe en esos cuentos de viejos, son chiquititos, pero no tanto como para caber en una mano. Tienen el tamaño de una gallina adulta. Sus ojos son amarillentos, de pupilas finas, y miradas nerviosas. Suelen parpadear rápido y pareciera que están siempre listos para salir disparados en cualquier momento. También tienen una cola laaarga que, creo yo que de nada les sirve, pero es bien bonita. Mamá también me contó que las escamas rojizas que recubren su piel son ásperas y algunas pinchan, aunque yo no creo que sea así. Apuesto que son tan suaves como una nube, así como el pelo de un conejo blanco, como el de Alicia.

También tienen garritas como de gato, al punto de guardarlas y volverlas a sacar cuando están contentos. Mamá me contó que hasta parece ponerse a "ronronear" si se los deja dormir sobre el regazo, mientras se les rasca la barbilla.

Ella sabe todo eso porque tuvo uno escondido de mi abuela un par de días cuando era chica, hasta que lo dejó ir, según me contó. Después de un tiempo el bicho había puesto medio loquito y le masticó el pelo cuando dormía. Me dijo que supo que no era feliz encerrado en una caja abajo la cama y, bueno, lo liberó. De tener uno, en mi casa no habría problemas. Mamá sabe de ellos y lo ama y papá quiere una mascota desde hace rato pero él dice que los animales no se buscan, ellos llegan cuando los necesitamos.

Yo necesito uno… pero parece que quedan pocos. Si los bichos como esos son del tamaño de una gallina, parecidos a los gatos y con escamas suaves como el pelo de un conejo blanco, no entiendo cómo se los ha rechazado tanto... pero bueno, ¿cómo no hacerlo? La gente los pinta como bichos malos que escupen fuego, enfrascados en cuevas, que custodian castillos con princesas o tesoros y eso está mal, pero no se puede hacer nada porque la gente es tonta y prefiere creer lo que dice la mayoría. Yo creo que hay que ser un poco más inteligente.

Para mí sería la mascota perfecta. Digo, ¿qué nene no querría tener a un bicho como esos; del tamaño de una gallina, mimosito como un gato y con escamas tan suave como el pelo de un conejo blanco? Sería muuuuy lindo.

Pero bueno… A todo esto, yo también vi a uno de esos, no solo mamá. Fue una mañana hace ya mucho tiempo, años diría, pero cuando lo digo así la gente no me cree. Bueno, continúo. Fue en el pajonal cerca de casa: Yo miraba el cielo, mientras contaba las nubes y les buscaba formas, cuando lo vi pasar. Sus alas de murciélago estaban abiertas y parecía estar planeando como un avioncito de papel.

Rápido fui a contárselo a mamá. Muy contenta me dijo que no tienen buen temperamento y suelen atacar ante cualquier señal de peligro, por lo que sería conveniente dejarlo ir la próxima vez que viese alguno. No sé qué sea temperamento, porque mamá es profesora de historia y siempre usa palabras raras para hablar. A veces se le olvida que estoy en jardín. Yo entiendo que son bichos ariscos, más bien como los gatos monteses, pero del tamaño de una gallina y con escamas suaves como el pelo de un conejo blanco.

Desde ese día, suelo mirar todas las mañanas el pajonal. Tengo la esperanza de encontrarme a alguno amistoso, con tal de ver si realmente son del tamaño de una gallina, si su piel es tan suave como las nubes, como los pelo de un conejo blanco, pero con el deseo de que sea amistoso como un gato doméstico y no como un gato montés.

Pero después me acuerdo que el mundo está lleno de gente como Diego, que no entiende y no hace más que decirme cosas que no quiero oír. ¿Por qué les molesta? Si muchas cosas de las que ellos consideran ciertas, son mentiras para mí.

0016

Myriam le había insistido y María, que apenas lo meditó unos segundos, aceptó con gran determinación en su voz. Sería la última vez, pensó, era momento de terminar con esa pesadilla.

Antes de salir, María procuró asegurarse de que su madre dormía. En efecto, la mujer de cabellos canos descansaba plácidamente en su cama, con un rosario entrelazado a sus dedos y la vela apagada sobre la mesita de luz. Con extremo sigilo, la muchacha rubia se colocó el primer vestido que encontró y salió sin olvidarse de cerrar la puerta.

Myriam la esperaba afuera, escondida a un lado de la casona, con esa mueca en el rostro que ponía cuando estaba ansiosa. Esta llevaba un vestido zarrapastrozo largo hasta los pies, para no mostrar que los traía descalzos; parecía que no tuviese más ropa, pues, siempre iba con lo mismo a donde iba.

María solo la miró desde la distancia y comenzó a caminar, no debían verlas muy juntas. Como siempre, Myriam se adelantó unos cuantos pasos y la dejó atrás. Así marcharon sin un rumbo fijo y sin pronunciar palabras. Querían decirse tanto y nada a la vez. No era el momento y lo sabían; de una forma u otra, ambas entendían que ese día algo grande pasaría.

La hija de los Arostegui y la hija de una prostituta; tan diferentes y parecidas a la vez. La gente que había tenido la suerte de verlas juntas, lo hacían con cierto rechazo solo por acompañarse una a la otra. Los chismes ya corrían por las calles, entre otras cosas más inverosímiles que inventaban las personas. Algunos habían dejado de hablarles y, durante un tiempo, a ninguna de las dos les importó. Mas cuando esos dichos llegaron a los oídos de la madre de María, Helena de Arostegui, las cosas comenzaron a desmoronarse.

María, a medida caminaba, sentía cómo se esfumaba ese valor que había logrado juntar. Se le había superpuesto a ese sentimiento otro incorrecto y tortuoso que le hacía doler el corazón. De un momento a otro, el mundo había pasado de color a blanco y negro; los gritos apagados de su madre que hacían eco dentro de su mente la aturdían y los distintos finales trágicos que ideaba sin desearlo le rompían el alma.

Ya lo habían hablado, tenía terminantemente prohibido volver a ver Myriam. Sin embargo, allí estaba; para el infortunio de su madre, no era algo que pudiese evitar. Sentía la responsabilidad de cuidar un poco de aquella amistad antes de acabarla, por lo que había significado para ella en esos días tan difíciles. Al fin y al cabo, esa chica que caminaba unos pasos más adelante, sin voltearse a verla siquiera, era su mejor amiga —o así pensaba—. Desde su perspectiva, solo podía observar su cabello castaño enredado que danzaba al compás de la brisa otoñal. La luz fría le daba un toque tan a las novelas de Jane Austen... pero nada allí era perfecto como en los libros. María apretaba tanto los puños que sus nudillos se tornaban blancos. Desde el interior, el deber de lo que creía correcto la quemaba. Se decía a sí misma que era cuestión de crecer; que pronto lo olvidaría y todo volvería a ser como antes.

En tanto, Myriam la espiaba de reojo con un disimulo inaudito. No podía evitar sonreír al verla ni enternecerse con esa expresión tan inocente. María tenía unos rizos rubios de ensueño y una piel tan blanca como la porcelana. Se parecía mucho a una de esas muñecas finas; hermosa de ver pero inútil para jugar y nada más alejado de la realidad: María Arostegui era una ricachona con deseos de libertad, pero igual de cobarde como una gallina. Por más que Myriam tuviese muchísimo menos que ella, y que la mayoría, entendía la realidad de una manera mejor que cualquiera. Sus sentimientos le ardían con fervor, pero con menos culpa y más libertad. Su madre bien le había inculcado buenos valores, a diferencia de lo que muchos creerían que una prostituta pudiera enseñar. A Myriam no le pesaba nada, ni había incertidumbre que le impidiese aventurarse a ver el mundo de una manera diferente.

Sin quererlo, llegaron hasta la plaza. El frío apenas comenzaba a pintar de amarillo al ombú del centro, que desde hacía más de cien años reinaba la arboleda de la ciudad. Sus abundantes hojas amortiguaban los rayos de un sol incipiente que se escondía entre las nubes. Bajo sus enredadas ramas, la luz filtrada se desparramaba por el suelo empedrado como estrellas en el firmamento.

Se sentaron las dos en un banco de piedra, a la sombra del gran árbol que las había visto encontrarse por primera vez. Entre ambas había una amplia distancia, no obstante no se trataba de un lugar vacío, sino de una gran brecha llena de todas las diferencias y creencias que no les dejaba ser quienes verdaderamente deseaban.

Aún con el paso silencioso de los minutos, ninguna de las dos deseaba ser la que rompiera aquella barrera. María se había cohibido por completo y ya no se sentía lista como para enfrentar a Myriam. Estaba por marcharse, resignada a dejar morir eso sin siquiera despedirse, cuando una hoja del ombú se desprendió del árbol. Ambas la observaron caer al suelo en un elegante baile que las invitó a ser ellas, como una señal del más allá que les decía que todo estaba bien.

—Todo muere —sentenció María, sin notar que había abierto una puerta a lo desconocido.

—No necesariamente. Todo cambia, mas no muere —le respondió Myriam.

Ella entornó los ojos hacia María y percibió temor en su mirada. No había color en sus pómulos al posar sus ojos en los suyos; parecía inexpresiva de no ser por la mueca triste, casi imperceptible, que fallaba al intentar ocultar.

—Ya no podemos vernos —soltó sin más María.

Myriam apartó la mirada y carraspeó una sonrisa dolorosa. Observó al árbol y se desentendió de eso último.

—Aquí la vi por primera vez —Comenzó a relatar—, hace un año... Llovía. Estaba empapada. Había peleado con su madre y escapado de misa.

—Myri-…

—Me dijo que la odiaba —La calló, con la voz en un tono más alto—. Dijo que ya no la quería… entonces, yo la invité a quedarse conmigo.

—¡Myriam, basta! —gritó María. Cuando Myriam volvió a verla, María tenía los ojos rojizos llenos de lágrimas.

La respiración se le entrecortaba y no podía hablar sin hipear, pero se armó nuevamente de valor y continuó, por más doloroso que le fuese decir adiós así.

—Myriam… me confundes. Yo… Y-yo no sé q-qué estás haciendo conmigo, pero no puedo tener esto que siento... No está bien, mi madre… ya no quiere que vuelva a hablar de ti. Yo tampoco deseo hacerlo, me haces mal y no pued-...

Sus palabras se vieron interrumpidas por los labios de Myriam sobre su boca. La joven castaña había atrapado su rostro entre sus manos con delicadeza. No salía del estupor, pero una embriagadora sensación copó sus sentidos y la obligó a cerrar los ojos.

No sabía lo que quería, pero por ese momento lo incierto y la pena desaparecieron en el aire; casi pudo vislumbrar una cosa segura: Si eso se sentía bien, no podía ser malo. También sintió la necesidad de profundizar ese beso y hacerle entender a Myriam que, en definitiva, ella era todo lo que deseaba. Pese a toda esa emoción, agradecían que nadie las estuviese viendo. El mundo todavía no estaba listo para un par de chicas enamoradas.

Se separaron al cabo de unos segundos y se miraron a los ojos. Solo un beso había bastado para explicar aquello que sentían sin la necesidad de embrollarse con las palabras.

—Vengase conmigo, María… escapemos y seamos felices —le susurró Myriam, con una sonrisa a la que nadie podía decirle que no.

De nuevo María, que apenas lo meditó unos segundos, aceptó con gran determinación en su voz. Sería la primera vez, pensó, era momento de comenzar con ese sueño.

Editorial Arrowy S.A.C.

Calle Guillermo Almenara 161

San Juan de Miraflores, Lima

Teléfono: (+51) 917407390

Horario de atención: Lunes a viernes de 9.00am a 5.00pm

Correo electrónico: info@editorialarrowy.com