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El encierro de los libres

Ailen Sacco

Myriam le había insistido y María, que apenas lo meditó unos segundos, aceptó con gran determinación en su voz. Sería la última vez, pensó, era momento de terminar con esa pesadilla.

Antes de salir, María procuró asegurarse de que su madre dormía. En efecto, la mujer de cabellos canos descansaba plácidamente en su cama, con un rosario entrelazado a sus dedos y la vela apagada sobre la mesita de luz. Con extremo sigilo, la muchacha rubia se colocó el primer vestido que encontró y salió sin olvidarse de cerrar la puerta.

Myriam la esperaba afuera, escondida a un lado de la casona, con esa mueca en el rostro que ponía cuando estaba ansiosa. Esta llevaba un vestido zarrapastrozo largo hasta los pies, para no mostrar que los traía descalzos; parecía que no tuviese más ropa, pues, siempre iba con lo mismo a donde iba.

María solo la miró desde la distancia y comenzó a caminar, no debían verlas muy juntas. Como siempre, Myriam se adelantó unos cuantos pasos y la dejó atrás. Así marcharon sin un rumbo fijo y sin pronunciar palabras. Querían decirse tanto y nada a la vez. No era el momento y lo sabían; de una forma u otra, ambas entendían que ese día algo grande pasaría.

La hija de los Arostegui y la hija de una prostituta; tan diferentes y parecidas a la vez. La gente que había tenido la suerte de verlas juntas, lo hacían con cierto rechazo solo por acompañarse una a la otra. Los chismes ya corrían por las calles, entre otras cosas más inverosímiles que inventaban las personas. Algunos habían dejado de hablarles y, durante un tiempo, a ninguna de las dos les importó. Mas cuando esos dichos llegaron a los oídos de la madre de María, Helena de Arostegui, las cosas comenzaron a desmoronarse.

María, a medida caminaba, sentía cómo se esfumaba ese valor que había logrado juntar. Se le había superpuesto a ese sentimiento otro incorrecto y tortuoso que le hacía doler el corazón. De un momento a otro, el mundo había pasado de color a blanco y negro; los gritos apagados de su madre que hacían eco dentro de su mente la aturdían y los distintos finales trágicos que ideaba sin desearlo le rompían el alma.

Ya lo habían hablado, tenía terminantemente prohibido volver a ver Myriam. Sin embargo, allí estaba; para el infortunio de su madre, no era algo que pudiese evitar. Sentía la responsabilidad de cuidar un poco de aquella amistad antes de acabarla, por lo que había significado para ella en esos días tan difíciles. Al fin y al cabo, esa chica que caminaba unos pasos más adelante, sin voltearse a verla siquiera, era su mejor amiga —o así pensaba—. Desde su perspectiva, solo podía observar su cabello castaño enredado que danzaba al compás de la brisa otoñal. La luz fría le daba un toque tan a las novelas de Jane Austen... pero nada allí era perfecto como en los libros. María apretaba tanto los puños que sus nudillos se tornaban blancos. Desde el interior, el deber de lo que creía correcto la quemaba. Se decía a sí misma que era cuestión de crecer; que pronto lo olvidaría y todo volvería a ser como antes.

En tanto, Myriam la espiaba de reojo con un disimulo inaudito. No podía evitar sonreír al verla ni enternecerse con esa expresión tan inocente. María tenía unos rizos rubios de ensueño y una piel tan blanca como la porcelana. Se parecía mucho a una de esas muñecas finas; hermosa de ver pero inútil para jugar y nada más alejado de la realidad: María Arostegui era una ricachona con deseos de libertad, pero igual de cobarde como una gallina. Por más que Myriam tuviese muchísimo menos que ella, y que la mayoría, entendía la realidad de una manera mejor que cualquiera. Sus sentimientos le ardían con fervor, pero con menos culpa y más libertad. Su madre bien le había inculcado buenos valores, a diferencia de lo que muchos creerían que una prostituta pudiera enseñar. A Myriam no le pesaba nada, ni había incertidumbre que le impidiese aventurarse a ver el mundo de una manera diferente.

Sin quererlo, llegaron hasta la plaza. El frío apenas comenzaba a pintar de amarillo al ombú del centro, que desde hacía más de cien años reinaba la arboleda de la ciudad. Sus abundantes hojas amortiguaban los rayos de un sol incipiente que se escondía entre las nubes. Bajo sus enredadas ramas, la luz filtrada se desparramaba por el suelo empedrado como estrellas en el firmamento.

Se sentaron las dos en un banco de piedra, a la sombra del gran árbol que las había visto encontrarse por primera vez. Entre ambas había una amplia distancia, no obstante no se trataba de un lugar vacío, sino de una gran brecha llena de todas las diferencias y creencias que no les dejaba ser quienes verdaderamente deseaban.

Aún con el paso silencioso de los minutos, ninguna de las dos deseaba ser la que rompiera aquella barrera. María se había cohibido por completo y ya no se sentía lista como para enfrentar a Myriam. Estaba por marcharse, resignada a dejar morir eso sin siquiera despedirse, cuando una hoja del ombú se desprendió del árbol. Ambas la observaron caer al suelo en un elegante baile que las invitó a ser ellas, como una señal del más allá que les decía que todo estaba bien.

—Todo muere —sentenció María, sin notar que había abierto una puerta a lo desconocido.

—No necesariamente. Todo cambia, mas no muere —le respondió Myriam.

Ella entornó los ojos hacia María y percibió temor en su mirada. No había color en sus pómulos al posar sus ojos en los suyos; parecía inexpresiva de no ser por la mueca triste, casi imperceptible, que fallaba al intentar ocultar.

—Ya no podemos vernos —soltó sin más María.

Myriam apartó la mirada y carraspeó una sonrisa dolorosa. Observó al árbol y se desentendió de eso último.

—Aquí la vi por primera vez —Comenzó a relatar—, hace un año... Llovía. Estaba empapada. Había peleado con su madre y escapado de misa.

—Myri-…

—Me dijo que la odiaba —La calló, con la voz en un tono más alto—. Dijo que ya no la quería… entonces, yo la invité a quedarse conmigo.

—¡Myriam, basta! —gritó María. Cuando Myriam volvió a verla, María tenía los ojos rojizos llenos de lágrimas.

La respiración se le entrecortaba y no podía hablar sin hipear, pero se armó nuevamente de valor y continuó, por más doloroso que le fuese decir adiós así.

—Myriam… me confundes. Yo… Y-yo no sé q-qué estás haciendo conmigo, pero no puedo tener esto que siento... No está bien, mi madre… ya no quiere que vuelva a hablar de ti. Yo tampoco deseo hacerlo, me haces mal y no pued-...

Sus palabras se vieron interrumpidas por los labios de Myriam sobre su boca. La joven castaña había atrapado su rostro entre sus manos con delicadeza. No salía del estupor, pero una embriagadora sensación copó sus sentidos y la obligó a cerrar los ojos.

No sabía lo que quería, pero por ese momento lo incierto y la pena desaparecieron en el aire; casi pudo vislumbrar una cosa segura: Si eso se sentía bien, no podía ser malo. También sintió la necesidad de profundizar ese beso y hacerle entender a Myriam que, en definitiva, ella era todo lo que deseaba. Pese a toda esa emoción, agradecían que nadie las estuviese viendo. El mundo todavía no estaba listo para un par de chicas enamoradas.

Se separaron al cabo de unos segundos y se miraron a los ojos. Solo un beso había bastado para explicar aquello que sentían sin la necesidad de embrollarse con las palabras.

—Vengase conmigo, María… escapemos y seamos felices —le susurró Myriam, con una sonrisa a la que nadie podía decirle que no.

De nuevo María, que apenas lo meditó unos segundos, aceptó con gran determinación en su voz. Sería la primera vez, pensó, era momento de comenzar con ese sueño.

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