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Un llanto en la oscura habitación.

Ross Greeneyes
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Un llanto en la oscura habitación. Tenebrosa, sombría, sin vida. Los colores la inundaban antes. Las risas y las sonrisas se veían y oían todos los días. El tiempo está en su peor momento. Alzó su mirada para ver más allá de la sucia y empapada - por fuera - ventana de la sala.


Acunaba al pequeño cuerpo que tenía entre como si fuera su propia vida.


En su propio rostro, notaba el espeso rímel corrido. Horas antes había estado llorando sin saber que hacer, simplemente para desahogarse.


Olía a tabaco. La habitación entera estaba inpregnada de ese olor. Olfateó mientras intentaba calmar al pequeño.


"Tenía todo pero a la vez nada".


Cualquier día, a estas horas, hubiera estado bailando alegremente en una pista de baile como hacía siempre pero hoy era diferente. Hoy se había ido horas antes de la pista. Había dejado su copa en la barra enfadada por ser tan tonta como para perdonar a su - ahora - exnovio, pensando el día anterior que él había cambiado y que no la engañaría. Ella, como toda una ilusa lo había creído pero claro; al fin y al cabo, algún día todos los secretos siempre salen a la luz.




A las siete de la tarde comenzó a arreglarse, con entusiasmo, mientras mecía sus caderas al rítmo de una de las tantas canciones de Justin Timberlake. Peinó su cabello en una cola de caballo y maquilló su rostro con tonos naturales.


Eran las ocho cuando decidió acercarse a la pizzería de la esquina para comer antes de irse a la discoteca. Nada más terminar, sobre y media, decidió ir llendo hacia el lugar; el cual quedaba a unas cuadras de donde se encontraba.


Observó el cielo y sonrío, era feliz en ese instante y no quería desperdiciar nada.


A las nueve en punto bebió su primera copa y comenzó a bailar sola.


A las diez ya se había bebido una botella de tequila y algo de whisky; por lo que se encontraba bailando con unas desconocidas.


Minutos, minutos hicieron que su sonrisa se borrara al instante en el que fijó su mirada en una de las mesas de la parte superior. ¿Se sintió rota en ese momento? No hay que ser psicólogo para saber que sí.


La furia, la tristeza y el estrés le ganaron una mala pasada.


Eran las diez y media y ya la habían hechado del local por pelearse. No se arrepentía de que le prohibieran la entrada al lugar; ya que le había arrancado a la morena que se encontraba con su novio un gran mechón de pelo.


Miró su aspecto en el escaparate de una de las tiendas de la calle en la que se encontraba. Era terrible. Su cabello estaba revuelto, su vestido mal puesto y las lágrimas caían por su cara.


Era increíble, no creía que fuera tan obvio. ¡Por dios, esa morena se encontraba con él y con los amigos de ambos! ¿Por qué los que creía sus amigos no le advirtieron? ¿Por qué preferían quedarse con esa "zorra" antes que con ella? ¿Qué diablos había hecho ella para que le hicieran aquello? ¡Era incomprensible! ¡No se entendía!


Un grito desgarrador la alertó e hizo que mirara hacia el callejón de la calle de enfrente. Cruzó la calle y se pegó a la pared para más tarde asomar un poco su cabeza y observar lo que ocurría. Claro está que nada más ver aquello sus piernas comenzaron a temblar como pura gelatina.


El viento soplaba fuerte y gotas de agua comenzaban a caer sobre la superficie de la tierra. Observó al hombre agredido caer al suelo mientras los demás le seguían golpeando. Quiso correr pero sus piernas no le dejaban, las tenía clabadas en el suelo. Notó cómo comenzaba a sentir humedad en sus axilas.


Vió cómo los agresores corrían, abrían una de las puertas del callejón y se adentraban en ella. El hombre,- o mejor dicho, el joven- se intentó levantar con cuidado pero cayó de bruces al suelo.


La joven al no saber qué hacer se acercó a él por inercia. Sentía conexión con aquel hombre, como si él tirara de una cuerda para que ella fuera a su encuentro. Como si todo estuviera destinado a que pasara.


-Disculpe, ¿se encuentra bien?- pregunta la joven y este alza un poco el rostro mientras intenta sentarse en el suelo.


-El bebé.- susurra este.


Ella frunce el ceño sin entender. El bebé, ¿qué bebé?


-Disculpe, ¿qué bebé?


-Sálvalo, ve antes de que vuelvan.- ella alzó una ceja sin entender.- Allí, en la caja.


Observó el lugar donde este le señalaba y abrió un poco los ojos.


-Cógelo, llévatelo y cuídalo como si fuera tu propia vida.- tragó grueso ante las palabras del hombre y asintió mientras temblaba. Se alzó, ya que estaba acuclillada, y caminó hasta la caja.


Bajó la mirada. Era de cartón, había un rastro de las gotas que caían por la lluvia. Se escuchaba un breve murmullo... Como el de un gato que solloza.


Abrió el objeto y llevó, instantaneamente, la mano a su boca. ¡Aquello era horrible! El bebé se encontraba con algo puesto en la boca que le impedía soltar algún sonido por su boca salvo leves sollozos. Metió sus manos en la caja dipuesta para cogerlo cuando una leve voz ronca hizo que girara su cabeza.


-¡No le quites el trapo hasta estar en un lugar seguro, corre!- exclamó el hombre en una voz lo suficiente alta para que ella le escuchara pero lo suficiente baja para que alguien que estuviera fuera del callejón no se enterara.


Dicho esto, la chica, cogió al bebé en brazos y lo atrajo hacia su pecho para así - sin mirar atrás - comenzar a correr hacia su casa.




::


Las doce estaban por dar. Nadie podía, su llanto, callar. La lluvia más fuerte comenzaba a sonar y su corazón bombeaba, ya, con más suavidad.


No entendía nada; seguía sin entender qué demonios había ocurrido. Era todo tan extraño, tan retorcido. ¿Quién era ese hombre? ¿De quién es el bebé que lleva en sus brazos y que intenta calmar? Tantas preguntas se agolpaban en su cabeza que sentía su mente bloqueada.


Lo único que llegaba a saber con exactitud es que se iría lejos de todos esos falsos amigos, dejaría la ciudad que nunca le amó. Se despediría de las tumbas de sus padres y les pondría unos girasoles. Por último, pero no menos importante, se encargaría de cuidar la vida de ese bebé como si fuera la suya misma.


Fin.