Las artimañas de Lucifer

Yuliana Franco Agudelo

Año 1477; me encuentro en Pécs, Hungría, en el abandonado castillo que una vez fue mi hogar, está lleno de polvo y telarañas, pero para una moribunda alma como la mía bastará.


Luego de la batallas, los otomanos me creyeron muerto; muy herido logré huir con ayuda de un par de soldados que lograron traerme a este recóndito lugar, pero con lo herido que estoy no creo sobrevivir más de un par de días.


—Mi señor, creo que la única opción es recurrir a eso.


—¡Te dije que no lo volvieras a mencionar!


—Pero es la única opción, de lo contrario morirá.


—Prefiero la muerte a saber qué me haría ese tipo.


—Piénselo, por favor, su gente lo necesita.


Estando a punto de negarme una vez más, me interrumpe un torbellino de humo rojo que aparece a nuestro lado.


—¿Qué haces aquí? Nadie te ha invocado.


—Vamos mi viejo amigo, sabes que necesitas mi ayuda. Y veo que tienes un sirviente muy perspicaz.


—No soy un sirviente, soy el consejero del señor Vlad.


—Eso explica tu sabia observación.


—Vete de aquí Lucifer, no necesito tus artimañas.


—Pero no son artimañas, míralo como un intercambio. Yo te doy algo que tú necesitas y a cambio me das algo que quiero.


—Ver mi alma sufrir por toda la eternidad.


—Que quiera tu alma no significa que quiera verte sufrir, de ser así no estaría aquí ofreciéndote mi ayuda, ¿no lo crees?


—Debes aceptar mi señor, es la única forma. Por favor, rey de los infiernos, permite que mi señor permanezca por más tiempo en el reino de los vivos.


—Ya que con él las negociaciones son inútiles, ¿estás dispuesto a pagar el precio de tal petición?


—¡Por supuesto!


—¡Claro que no! Me niego, te ordeno que no lo hagas.


—Lo lamento, pero ya he tomado una decisión, quiero que viva para ver a su pueblo prosperar.


—No lo hagas Lucifer, no quiero recibir tu ayuda a cambio de la vida de mi consejero.


—¡Oh! Muy tarde mi amigo, él ya tomó su decisión y en su corazón no hay deseo mayor que saberte vivo.


Sin darme tiempo a replicar una vez más, vi como Lucifer chasqueaba sus dedos para desaparecer en su torbellino de humo rojo, por un segundo mientras veía la sonrisa de mi amigo y una lágrima resbalar por su mejilla, creí que nada pasaría, que él estaría bien y yo moriría en un par de días, sin embargo, él empezó a deshacerse, como un pedazo de papel quemado, virutas grises empezaron a desprenderse de su cuerpo, dirigiéndose hacia mi.


Nada más pasar unos cinco minutos estaba cubierto casi por completo con lo que parecían ser sus cenizas, pero estaba demasiado débil como para siquiera intentar sacarme las virutas o hasta moverme, un par de segundo más y todo está negro, no veo, no oigo nada.




Siento como que he despertado de un largo sueño, mi cuerpo está adolorido, algo rígido. No sé cuánto tiempo he dormido, quizá días.


Mi vista se aclara y no logro ver los ultrajados muebles llenos de polvo y telarañas que estaban al rededor cuando llegamos a este lugar. Intento moverme y escucho como trozos de piedra caen en el suelo, y noto que estoy atrapado en una caja de ¿cristal? ¿Si los otomanos lograron atraparme por qué no estoy tras rejas de hierro?, ¿por qué no me mataron?


—Creo que puedo romper esto.


Apenas puedo moverme pero logro romper el cristal, y me encuentro con una cuerda roja, la sobrepaso.


Miro a mi alrededor, está un poco oscuro pero logro ver algunas joyas a mi alrededor.


No entiendo qué sucede, en dónde estoy, ni por qué sigo vivo.


Después de ser cubierto por la ceniza creí que Lucifer había engañado a mi fiel consejero y había decidido matarme en castigo por mi negativa. No era la primera vez que me ofrecía su ayuda, pero sí la primera vez que en verdad la necesitaba.


Tratando de hallar una salida, derrumbo si querer varios jarrones y algunas otras joyas, paso cerca de una ventana y cerca de allí vislumbro lo que parece ser una pintura mía, una que no recuerdo haber mandado a pintar.


No comprendo cómo es que lo hicieron, ni quién se atrevió a retratarme sobre una pila de cráneos con un cuerpos atravesados por estacas a mi al redor.


Ahora que lo pienso, ¿será esta una cámara del tesoro?


No se ve como ninguna que haya tenido


Pero ¿por qué alguien me tendría en su cámara del tesoro?


¿Y ese cristal, no era demasiado cristalino? ¿Qué clase de alquimista tiene este soberano?, ¿cómo es que no se corrió el rumor sobre ese hombre? 


Recorriendo el lugar logro ver más artilugios que me denigran en demasía. En mi recorrido logro ver mi espada, exhibida como si fuera un trofeo de guerra.


A paso lento,  con espada en mano, continúo hasta por fin encontrar una reja, no parece tener otra salida y las ventanas también tiene rejas. Intento forzar la cerradura con la espada, pero es inútil.


Agotado me dejo caer para descansar un poco.




Me despierto por el grito de una mujer, momentos después aparecen unos hombres que me señalas con unos artefactos negros que no logro reconocer.


—Señor, ¿quién es usted? —me pregunta la mujer, notablemente asustada.


—Mi nombre Vlad III de Valaquia, ¡espera! ¿qué idioma es este y cómo es que lo conozco?


Un letrero de sangre aparece frente a mí, que dice:


 "Este es un pequeño regalo de mi parte, disfruta de tu nueva vida en el futuro"


Atentamente: Tu viejo amigo Lucifer.


Maldito demonio, con que esto es obra suya. 


¿Cómo que futuro? ¿Qué me ha hecho ese despreciable hombre?


—Mujer, ¿en dónde estoy? ¿qué año es?


—Está en el Museo Nacional de Historia Natural del Instituto Smithsoniano. Estamos en el año 1985.


—¿Y qué hay de ese letrero? ¿Qué significa?


—¿Cuál letrero?


—Ese letrero, el que está escrito en sangre y firmado por Lucifer.


—Creo que es mejor llamar al hospital, este hombre ha enloquecido, no entiendo cómo es que logró entrar, pero parece peligroso, además está portando la espada de Vlad el Empalador.


Puedo escuchar como la mujer le dice algo a los hombre que no logro comprender.


¿Qué es eso de hospital? ¿Por qué se refiere a mí como empalador? ¿Acaso no logra notar que soy el gran príncipe de Valaquia? ¿En dónde ha dicho que estamos?


—¿Cómo llegué aquí?


—No se preocupe señor, en un momento llegarán por usted y le ayudarán a sentirse mejor.


Efectivamente otros hombres vestidos de blanco llegaron y me ataron, traté de resistirme pero todavía me encuentro muy débil.


Me sacan de este extraño lugar para meterme en uno mucho más raro, me tumban en una especie de lecho, me pinchan el brazo y pronto todo se vuelve negro nuevamente.

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