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El hotel de los sueños rotos

Starritae
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 El silencio constante en la pequeña recepción donde trabajaba Adele era lo único que la mantenía tranquila durante el día. En la noche las cosas eran diferentes, sobre todo, teniendo en cuenta, que el hotel donde trabajaba había ido perdiendo el interés de los clientes debido al tipo de personas que se hospedaban allí. 


Durante un tiempo el Hotel 'New Island' hospedó a muchas personas importantes allí. Celebridades de la talla de Marilyn Monroe pasaron la noche en aquellas lujosas y elegantes habitaciones. 

Adele había hecho su carrera en la universidad y desde niña mostró habilidades excepcionales para la atención al cliente. Su madre era dueña de este pequeño hotel, y había permanecido en aquel lugar laborando por varios años.


No había sido un lugar excepcionalmente famoso durante los años en que la madre de Adele, Julieth, lo tuvo a cargo, pero definitivamente les permitió mantener un estilo de vida lo suficientemente bueno, como para que sus dos hermanos y ella, pudieran pagarse la universidad.


Desde los veinte años Adele permaneció a la cabeza de los Hoteles' New Island' y dispuesta a darle un nuevo giro, decidió invertir en mejorar la infraestructura del lugar. Sabía, por su madre, que aquel lote había sido construido muchos, pero muchos años atrás, y que varias personalidades importantes disfrutaron de su estadía allí.

 

El hotel tuvo alrededor de cinco dueños contando a su madre, y Adele deseó poder levantar el pequeño hotel para convertirlo en lo que alguna vez fue. Caminó por el lobby observando con detenimiento las fotografías en blanco y negro del lugar que ahora yacía en un olvido absoluto, y pensó si debía usar las redes sociales para impulsar su negocio y darle el reconocimiento que merecía. Desistió de su idea un segundo después, recordando las bajas calificaciones que tenía en internet.


Sí, quizás en aquel entonces las celebridades hubieran hecho un estupendo trabajo de publicidad al alojarse en su hotel, pero los tiempos cambiaban y las personas olvidaban con demasiada facilidad. Eran contados los clientes que se acercaban allí, sólo para saber en qué tipo de hotel pasó la noche la señorita Marilyn Monroe, pero al ver los acabados de la construcción, preferían no vivir la experiencia.

 

Sumado a esto, algunos huéspedes habían terminado de sepultar la reputación que le quedaba al hotel, diciendo que habían tenido alguna clase de experiencia paranormal. Adele, gran escéptica del tema, durmió en la habitación que señaló el usuario de internet  y logró pasar la noche sin si quiera escuchar un zumbido.

 

Tal vez todo aquello la gente lo inventaba debido a la antigüedad de la residencia; sin embargo, ella jamás tuvo alguna experiencia inexplicable durante el tiempo en el que estuvo allí. Aún así, eso no evitó que varios clientes atribuyeran actividad paranormal en el lugar.

 

Intentando tomar aquella premisa de una forma positiva, pensó que si su hotel tenía esa reputación, quizás investigadores de este tipo de temáticas se acercaran a pasar la noche allí, lo que representaría publicidad para el hotel. Aunque ciertamente era una atención que no deseaba.   


Ahora mismo no había investigadores de ninguna índole en su hotel, de hecho, lo hubiera deseado. En lugar de eso ella hospedaba a indigentes, extranjeros indocumentados y alguno que otro vendedor de drogas. Gente de muy bajos recursos o vidas lo suficientemente retorcidas pasaban la noche bajo su techo, debido a su económica tarifa. 


El nivel de frustración de Adele era enorme, ya que su madre, quien había trabajado allí, jamás permitió que su negocio cayera tan bajo. Ahora, en cambio,  el lugar se había hecho famoso entre los malhechores que habitaban el barrio, incluso la ciudad, porque se dio cuenta de que se trataba de una red enorme de personas con negocios sucios.


Una noche, después de alojar a un grupo de cinco personas que no se veían nada bien, quiso detener el curso por el que iba su negocio negándole la entrada a un hombre, quien furioso sacó su arma apuntándosela en la cabeza obligándola a recibirlo.

 

Aquellas experiencias la alejaban cada vez más de sus sueños y se dio cuenta que ya no trabajaba con aquel gusto y pasión, sino por necesidad y más que nada… obstinación.

  

Las habitaciones no solían ser lo que eran. El glamour y la elegancia eran lo primordial en aquellos años, y  ahora simplemente graffitis decoraban las paredes. El intenso olor del cigarrito, drogas y sabrá Dios qué otras cosas impregnaban cada rincón, como si aquella energía hubiera consumido el lugar.  

 

Era densa el aura que se respiraba. 


Adele no deseaba venderlo, podría deshacerse con facilidad del lote, aunque no estaba segura de que alguien se atreviera a comprar un hotel en aquel estado y mucho más sabiendo el tipo de clientes que lo frecuentaban. 


Mientras contemplaba con nostalgia los días gloriosos de su hotel a través de las fotografías, un hombre vestido de traje se acercó a ella por la espalda causando que Adele se sobresaltara y retrocediera unos pasos. Se llevó las manos al rostro en señal de sorpresa mientras se encontraba con unos ojos grises que la observaban expectantes.

 

—D-Disculpe, caballero… ¿Cómo puedo ayudarlo? —Algo en su presencia causaba que cada vello de su cuerpo se erizara, y Adele no supo discernir si se trataba de su mirada o era su mera presencia la que la hacía tartamudear.

 

—Me dijeron que encontraría una habitación de hotel aquí, quiero una, espaciosa y cómoda —Su voz era grave, pero atrapante. Usaba un tono rudo, intimidante, como si tratara de exigir en lugar de preguntar —. Dame el precio de ella y no intentes pasarte de lista.

 

Adele caminó hacia la recepción y en un intento por no dejarse amedrentar, enderezó sus hombros y le enseñó la habitación a través de una foto, mostrando toda la seguridad que fue capaz de expresar. No quería que pensara que era débil. 


En su mente se repitió la escena del tipo que puso un frío revólver sobre su cabeza y sus manos se tornaron frías.

 

El hombre dejó varios billetes sobre el contador. Era mucho más dinero del que Adele le había indicado, así que se dio cuenta de que pasaría por lo menos una semana y algunos días más alojado allí.

 

—Bienvenido —Adele le ofreció una sonrisa y dejó la llave de la habitación en el mostrador. El sujeto tomó la llave sin decir una palabra, pero su mirada jamás la abandonó.

 

A diario lo veía, vestía ropa formal en cada ocasión y Adele se preguntó qué tipo de trabajo sucio haría. No parecía ser el tipo de persona que se perdía en las drogas, entonces… ¿Quién era?


En las noches siempre regresaba con su abrigo en la mano, algo sudoroso y desaliñado. Solo en una oportunidad llevó a una chica, quien no parecía nada a gusto. Sus ojos eran suplicantes, casi parecían gritar por ayuda, pero se mantuvo seria e inexpresiva durante el rápido encuentro en la recepción.

 

Adele estuvo nerviosa aquella noche, no sabía con exactitud por qué, pero su instinto le decía que algo no estaba bien. Ignoraba si debía llamar a la policía por la chica que llegó en aquel estado, o si eso significaría ponerse a sí misma en peligro.


Con las manos temblorosas tomó aire y caminó con suma cautela hasta la habitación de aquel misterioso hombre. No tardó demasiado en escuchar algunos gritos y gemidos. No supo diferenciar si la chica estaba en peligro o si sólo se trataba de una relación sexual. Se acercó a la puerta despacio, con tan mala suerte que el piso de madera causó un chirrido que Adele rogó no fuera escuchado.

 

Con el corazón latiéndole a gran velocidad intentó averiguar qué era lo que realmente pasaba ahí dentro, para así tomar una decisión y saber cómo actuar frente a la situación. Se hizo un silencio en el que Adele contuvo el aliento y la puerta de la habitación se abrió de golpe. El hombre de mirada plomiza apareció frente a ella con el torso completamente desnudo. 


Adele lo observó con el terror vivo en sus ojos, preparada para actuar en caso de que el hombre quisiera lastimarla; no obstante, sus reflejos no fueron tan rápidos como los de él, quien con fuerza la tomó del cuello. Ejerció presión en su garganta y luego la forzó a entrar en la habitación.

 

La chica que antes gritaba ahora miraba fijamente hacia el techo, con sus pupilas bien abiertas, su rostro golpeado y… sin vida. 


Adele sabía que sería su fin, lo supo de forma tan certera que sólo rogó para que su muerte fuera rápida. 


—No quería… ya sabes… matarla —El hombre se sentó en la cama junto al cuerpo sin vida de la chica, que yacía allí completamente desnuda.   


Adele no dijo nada. 


—Y tampoco quiero hacerlo contigo… pero hay algo en este hotel tan antiguo, tan sombrío, que me obliga a actuar fuera de mi voluntad… Una presencia extraña, poderosa… 


Lágrimas caían de los ojos verdes de Adele, el miedo y la adrenalina danzando juntos en un coctel mágico dentro de su cuerpo. 


—Entonces no lo hagas… 


Él la tomó del rostro, sus manos eran grandes y pesadas, sus pupilas eran claras, tristes, incluso asustadas. Estaba cubierto en sudor. 

 

—Lo lamento tanto… 


Lo último que percibió fue un impacto tan fuerte que la dejó completamente a su merced.