La escritora que no podía escribir: 1

Actualizado: 22 de nov de 2019






Capítulo 1: Artículos de periódico


Nunca puedo escribir todo lo que está en mi cabeza.

—¡Felipe, baja de la mesa!

Le doy una calada a mi cigarrillo y cierro los ojos. Es imposible concentrarse en nada con tanto ruido de fondo, me digo. No estoy segura si eso es verdad o si es relativo, porque yo nunca puedo concentrarme. Tal vez el ruido no está afuera, sino dentro de mi cabeza. Cada vez que me siento a escribir escucho esa molesta estática bloqueándome los pensamientos, o aquel pitido de silbato que no me deja escucharme. Nunca puedo escribir todo lo que está en mi cabeza, o tal vez es que mi cabeza no tiene nada para escribir. No estoy segura, pero cada día miro a la página en blanco en mi ordenador y no escribo nada. Enciendo mi cigarrillo, y observo unas cuantas horas.

Miro el paisaje a mi alrededor y llego a la conclusión de que no me gusta el campo. La grama me provoca picazón en los pies, el viento es demasiado frío para ser verano (y me niego a admitir mi error al no traer ningún abrigo) y las personas hablan demasiado alto. Los niños corren desnudos sin control, chillando con sus horrendas voces ahorcadas. Se supone que me relaje, pero ¿cómo hacerlo con esos asquerosos insectos cantando en mis oídos? Nunca logro escribir nada, no importa si me encuentro en el campo en la ciudad. Aún así, me siento molesta y frustrada y por eso culparé a esta vieja casa y a los niños y a los insectos por no poder crear ni una simple y tonta historia.

Un cálido algo-de-tela se posa sobre mis hombros y suelto un suspiro ante la inesperada fuente de calor. Levanto la mirada y observo a Junio tomar asiento junto a mí.

—¿Qué haces sola en la galería? —me pregunta. Pongo mi cigarrillo en el cenicero y reviso qué me ha puesto encima. Es una frazada—. Te divertirías más si salieras conmigo.

Una risa amarga sale de mi garganta.

—Eso no va a pasar. —Pongo mi ordenador a un lado y le dedico una mirada ladeada a Junio, quien se inclina hacia delante, listo para atacar—. El problema es que tú eres un amante y yo soy una amante de hombres.

—Puedo ser malo para ti, María —replica él con rapidez.

—El hecho de que quieras ser “malo” para mí de por sí indica una predisposición a cumplir mis deseos —indico, haciendo comillas con mis dedos cuando pronuncio la palabra malo—. Y eso implica un nivel de compromiso más alto del que estoy arriesgada a tomar.

Junio sonríe y yo acomodo mi frazada. La última vez que lo vi fue cuando nos graduamos de la facultad de Literatura, dos años atrás, y él solía ser un chico tímido con gafas muy grandes. Recuerdo que de vez en vez nos ponían a escribir ensayos en clase, así que Junio escribía tan rápido como podía, en un esfuerzo de acaparar todo el contenido posible dentro del límite de tiempo. Escribía tan veloz que luego de clases iba a la oficina del maestro a transcribir su letra, que era tan horrible que no se entendía. Solíamos hacer algunas asignaciones juntos, pero nada más. Nuestros mundos nunca fueron lo suficientemente compatibles.

En la actualidad, se ha dejado crecer el cabello hasta los hombros y se lo recoge en una cola alta; debo admitir que es guapo. Sus ojos color miel y su barbilla cuadrada es lo que más me fascina de él. Aun así, sus lentes y su corazón siguen siendo demasiado grandes para mi estilo. Demasiado ingenuos.

—Eres linda cuando hablas elegante.

—Además —agrego—, disfrutar de la belleza del cuerpo masculino no es malo. Es refrescante.

El chico acerca su rostro al mío, no lo suficiente para entrar en mi espacio personal, pero sí para que pueda apreciarlo. Tiene la piel cubierta de pecas, lo que, según yo, es bastante lindo. Su nariz es tipo aguileña y sus labios son un promedio entre grueso y delgado.

—Me ofrezco voluntario.

Siento un pequeño vuelco en el pecho, pero no caigo en su provocación. Él no sabe en lo que se mete.

Acostarme con una gran variedad de hombres es lo que más disfruto luego de fumar y “escribir” (lo que para mí se resume a mirar la pantalla en blanco). Simplemente soy una fanática empedernida de sus manos rústicas, sus barbillas marcadas y la línea de cabellos que baja desde sus ombligos y se enconde en sus pantalones. Pero no soy una rompe corazones, y por eso no puedo meterme con Junio. Él es muy puro para mis intenciones.

—¿Has seguido escribiendo? —cuestiono, alejándolo con un suave empujón y acomodándome en mi silla.

Ponerse al día es la vieja confiable para cambiar el tema. Y es que nuestro encuentro fue inesperado. Mi excéntrica hermana se ha empeñado en que su celebración de boda debe durar toda la semana (culminando con la ceremonia, el próximo sábado) y no he tenido de otra que venir a casa de mi madre. Aquí es donde me he encontrado a Junio, el camarógrafo del evento.

La expresión de su rostro refleja algo de su decepción, pero entiende que no quiero seguir tratando el tema y dice: —Sí, cuando tengo tiempo libre.

—¿Y te sale?

—¿Cómo que si me sale?

—Historias —aclaro. Algo de nerviosismo se remueve en mis tripas y me llevo una uña a la boca—. ¿Te salen las historias?

—Pues sí, me salen. —Muerdo mi uña con un poco de presión extra, sintiéndome imbécil por ser la única escritora que no puede escribir. Junio lo nota y con naturalidad aleja mi mano de mi boca—. ¿Y tú? ¿No querías escribir para vivir?

Asiento, no muy segura de qué responder.

Contarle a alguien de mi pasado que he fracasado en mi carrera se siente como arrojarse ante una piscina con tiburones. No puedo hacer eso, porque después de todo he vivido mi vida como parte de los dominicanos lo hacen: tratando de aparentar que soy la más reciente ganadora del premio a la persona más feliz y exitosa. Aprieto los labios por unos segundos y me decido por una sonrisa resuelta. Quisiera decir que soy como estas personas bohemias que publican sus penas en Facebook, pero prefiero ser la ganadora del premio. Siempre.

—Me va muy bien, de hecho —miento—. Estoy trabajando en un proyecto y tengo altas expectativas sobre él.

—Ah. —Junio alza las cejas, como si no me creyera. Y eso me molesta, ¿por qué no me cree? Vivo sola, compro todos los cigarrillos que quiera y cojo al menos tres veces por semana; tengo todas las características de alguien exitoso y feliz, ¿no?

Me mojo los labios y subo las piernas en la silla.

—Aunque debo admitir… —Con rapidez evalúo que tanto puedo confesar. No mucho, definitivamente—. Debo admitir que tengo un pequeñito bloqueo de escritora —termino diciendo. Pequeño para ser un sólido adulto independiente—. ¿Sabes cómo quitarlo?

—Hm… ¿has probado escribir cosas al azar? ¿Lo que sea que tengas en tu cabeza?

—Y sí… no tienes nada en tu cabeza —clarifico, volviendo a entrarme una uña en la boca—. Hipotéticamente.

—No sé si te funcionará, pero está este autor americano que recién descubrí. —Junio hace una pausa, me observa y hala mi mano lejos de mi boca—. Se llama Robert Butler e hizo una antología de historias que escribió a partir de títulos que vio en artículos de periódico.

—¿Cómo así? —cuestiono y ha atraído mi atención.

—¿Has leído esos artículos raros de periódico? Tipo “Anuncios publicitarios en tumbas podría reducir por la mitad los costos de los funerales” o “Hombre adoptado conoce a madre biológica y se enamora”. —Asiento con la cabeza. No suelo leer el periódico, pero en una ocasión o dos he encontrado ese tipo de artículos en mis redes sociales—. El tipo toma estos títulos y crea una historia a partir de ellos. Es genial. Extraño, pero genial.

—De hecho, no es mala idea —pienso en voz alta.

—Te mandaré una de las historias, es bastante corta e hilarante.

—¿Cómo se llama?

—“Esposo celoso vuelve en forma de loro.”

Una pequeña carcajada me burbujea desde el fondo del estómago. No me sorprende viniendo de Junio, para ser honesta. Mientras yo elegía clásicos como Dickens o Austen, él siempre prefirió escritores más modernos y fuera de lo común.

—Necesitaré tu número si quieres que te envíe la historia —sonríe él.

—O puede que te pase mi email —respondo divertida. Río ligeramente al ver su expresión de disgusto—. Es broma.

—¿Gané?

—Solo por hoy.

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