La escritora que no podía escribir: 2

Actualizado: 22 de nov de 2019





Capítulo 2: Borradores mierda


—¡Soy su fan número uno, Sta. Paulino!

Sonrío con dulzura y pongo mi cigarrillo en el cenicero. La jovencita de unos quince años me extiende su copia de mi libro y yo gustosa lo acepto. El tomo es totalmente blanco y lo único que modela en su portada es mi nombre. María Paulino. Extrañada miro a la chica, pero ella parece encontrárselo completamente normal. Me sueno la garganta y me dispongo a buscar una página adecuada para escribirle una dedicataria. Paso página tras página y no hay nada escrito; ¿dónde está el título, la información sobre los servicios editoriales y la dedicatoria? Mi mano comienza a temblar y siento una repentina urgencia quemarme el interior.

—¿Se encuentra bien? —me pregunta la chica y de reojo veo que se inclina sobre mi mesa.

Yo no respondo. Con torpeza ojeo el libro y no encuentro una sola página que tenga algo escrito. El estómago se me revuelve como cuando comes un gran platillo y luego te subes a un vehículo. Siento ganas de vomitar. Dejo caer el libro y este choca con mi cenicero. El cigarrillo, aun encendido, enciende el borde de una hoja, ¿cómo diablos? Una llama enorme se irgue frente a mí y la luz es tan brillante que no puedo ver nada más.

Abro lo ojos.

Me siento la cara elástica y algo me presiona una mejilla. Me levanto y me doy cuenta de que me he quedado dormida sobre el computador y algo muy parecido a “aJNDJNsjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjj” cubre casi una página completa de Word. Ah, al menos escribí algo. Aun me siento algo atontada por el sueño, entonces mi mente empañada decide que lo mejor por hacer es quitar la laptop del medio, limpiarme el chorro de baba que me baja por la barbilla y volver a acomodarme sobre el escritorio.

—¡No, nada de dormir más!

Aquella aguda voz vibra en mis oídos como las cuerdas de una guitarra. Casi de forma automática me levanto y estiro mis brazos, y como pensaba, madre está atando las cortinas para que entre el sol por la ventana.

—¿Buenos días? —Mi lengua sigue dormida, por lo tanto, las palabras salen un tanto atropelladas—. ¿Qué hora es?

—Las seis, María.

Tengo los ojos entrecerrados porque el sol me lastima los párpados. Recuerdo la última vez que desperté de esta forma, el día siguiente a mi graduación universitaria. Como acostumbraba, madre abrió las cortinas de mi habitación y me informó que tenía una hora para arreglarme y bajar a desayunar. Aquel día empaqué mis maletas y me largué a la ciudad.

—¿Por qué nos levantamos tan temprano? —me quejo, estirando los brazos—. Digo, tenemos toda una semana para celebrar la boda o lo que sea.

Madre pone los brazos en forma de jarra y me enfrenta. Su mirada parece estar alimentada por las mismísimas llamas del infierno.

—Seré directa contigo, María, porque ya eres adulta. —Mi mente divaga entre los recuerdos de anoche, tratando de recordar qué hice mal. Llegué bastante tarde en la noche y apenas saludé me fui a escribir a la galería—. Anoche te vi con el muchacho ese, el camarógrafo.

Desde ya puedo decir que esta conversación será estúpida y comienzo a dedicar la mitad de mi atención a encontrar mi caja de cigarrillos.

—Solo estuvimos hablando —aclaro, buscando entre las hojas y libros tirados en mi antiguo escritorio—. Estuvimos juntos en la universidad.

—No me importa lo que hicieron, pero por favor, no quiero que andes a solas con ningún hombre. —Uno de sus dedos acusativos me apunta y me siento como si tuviera doce años otra vez, y mi hermana me hubiera acusado de besar al vecinito—. Al menos no donde los vecinos puedan verte.

—¿Qué importa lo que piensen los vecinos?

—Cada año estás más estúpida, Dios mío.

Ubico la cajeta de cigarrillos debajo del escritorio y me doblo para recogerlo.

—Solo no le arruines la boda a tu hermana —dicta ella. Escucho sus pasos acercarse a mi silla y cuando tengo la caja entre mis dedos y me levanto, la tengo frente a mí. A esta distancia puedo ver sus pequeños ojos color miel, las líneas quebradas en sus labios y las líneas de expresión que marcan su frente. No importa cuánto maquillaje use, no podrá ganarle a la edad—. Sabes que solo te invité porque sería una fuente de chisme el que no asistieras. —Sus labios se aprietan firme y sus ojos me miran con un sentimiento que no logro descifrar. Como si me aborreciera, pero no pudiera dejar de mirarme—. Y nada de cigarrillos en esta casa.

Madre me arrebata la caja de las manos y sale de la habitación dando un portazo.

Si es posible, me siento más inútil que antes de quedarme dormida. Subo los pies al borde de la silla y escondo el rostro entre las piernas. Nunca puedo decir todo lo que tengo en mi cabeza. No importa que tan duro intente, yo nunca seré nadie para ella. Lo único que deseo es escucharla decir, “Lo hiciste bien, María.” Tan solo una vez. Me mudé a la ciudad, traté de avanzar en mi carrera, de hacerle entender que puedo hacerle sentir orgullosa siendo escritora. Que mis sueños son reales, que quiero transmitir el amor que siento por las letras. Y no pude. Levanto la cabeza y el espejo del closet me devuelve el reflejo. Ojos grandes y caídos me miran con pena y me siento como si estuviera de vuelta en el bachiller. Otra vez soy aquella niña insegura de mejillas rojizas y mente frágil. Los ojos me arden, el corazón me pesa tanto que me siento anclada a la silla. Aun así, me levanto y temblorosa me acerco a mi reflejo.

Me quedo quieta frente al espejo, pero mi reflejo no. Sus ojos parecen mares violentos, llenos de emociones, inundados de lágrimas; su nariz y sus mejillas están más rojas que nunca y sus gritos me hacen eco en los oídos. Su cabello largo me recuerda a las brazas que quedan luego del incendio, y ella toma una tijera y comienza a cortar. Clic, clic, clic. Mechón tras mechón va cayendo, y ella grita. Se toca el cabello mal cortado y luego me mira con tanto rencor que podría jurar que es real, y no un recuerdo. “Tú hiciste esto,” dice.

Algo caliente se revuelve en mi estómago y sube por mi pecho, mis brazos y mi cabeza. Aprieto la mandíbula hasta que siento que mis dientes podrían hacerse migajas. Cierro los ojos unos segundos y cuando los abro, mi reflejo vuelve a la normalidad. Mi cabello está despeinado, pero bien cortado al nivel de mi barbilla, y mi pijama reemplaza el uniforme escolar.

—No te decepcionaré —me digo.

La puerta de mi habitación se abre de golpe y yo doy un respingo. Con rapidez seco mis ojos y le doy palmaditas a mi rostro, tratando de eliminar cualquier rastro de que estuve llorando. A través del espejo me veo a Junio, quien sigue en pijamas y trae una videocámara consigo. Su cabello está suelto y revuelto; ¿qué debería hacer? ¿Advertirle o dejar que madre lo reprenda?

—¿Acaso no sabes tocar? —cuestiono aun de espaldas a él.

Junio se deja caer en el marco de mi puerta y cruza las piernas. —Es más divertido agarrar a las personas de sorpresa.

—Sorprendido estarás tú cuando te arranque las bolas.

—Uy, que mal humor.

—Que sea la primera y última vez que entres sin tocar, y ya deja de grabar. —Cruzo mis brazos de forma amenazadora. Hoy no es mi día, ¿vale? Lo último que necesito es que se tomen demasiadas confianzas conmigo—. ¿Qué quieres?

—Lo siento —dice Junio. Decide bajar su videocámara y se acerca para dejarla sobre mi escritorio—. Solo quería saber si has logrado escribir algo.

Me sueno la garganta y aprieto los labios. No estoy muy contenta con admitir que no he escrito nada, pero… supongo que debo dejarme ayudar. —Cada vez que intento escribir me embarga esta sensación de que no es lo suficientemente bueno. Y borro, y escribo, y borro. —Miro hacia el piso, y mis brazos pasan de estar cruzados a abrazarme con fuerza. —Por eso nunca completo nada.

—Hey, tranquila —dice Junio, sonriéndome con calma— Escucha, tu primer borrador casi siempre será una mierda, ¿entiendes? No lo digo yo, lo dice Anne Lamott.

—¿Y qué se supone que haga?

—Solo escribe, María.

—¿Solo… escribir?

—¡Sí! —exclama el chico—. Solo escribe y vacía tu cabeza. No te obsesiones por editar hasta que estés totalmente vacía. Vuelca todas tus ideas, y luego preocúpate por que tengan sentido.

¡Eso es! ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Uno de mis problemas es que me obsesiono con editar y juzgo mis escritos desde la primera línea. Tal vez Junio tenga razón, tal vez solo debo relajarme y escribir lo que tengo en mi cabeza.

—¡Gracias, Junio! —digo dando un saltito de emoción. Mis interiores cosquillean de ansiedad y siento que debo tomar mi computador de inmediato—. Podría besarte ahora mismo.

Junio se inclina un poco para estar a mi altura y cierra los ojos mientras me ofrece su mejilla. —Estoy listo para mi recompensa, princesa.

Sonrío con maldad y comienzo a buscar el cepillo de pelo con la mirada. —Sabes que es un decir, ¿no?

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