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La escritora que no podía escribir: 3

Actualizado: 22 de nov de 2019




Capítulo 3: Personificando objetos lujuriosos

Un silencio sepulcral reina en el comedor cuando el humo de mi cigarrillo invade el lugar. Mi madre es la primera en notarme, y tras recorrerme con la mirada y obviamente desaprobar mi vestimenta, me hace un gesto con la mano para que deje de fumar dentro de la casa. Me encojo de hombros y dejo el cigarro sobre una mesita.

—Buenos días, —digo, tomando asiento junto a mi hermana.

—Buen día, —responde Junio.

Madre y mi hermana, Magdalena, pasan de mi y juntan sus manos para bendecir los alimentos. Nosotras crecimos en la fe católica. Puedo recitar los diez mandamientos tal y como fueron escritos, cantar cada cántico dedicado a alabar a Dios y rezarles a los cielos diez oraciones distintas. Sin embargo, me siento incapaz de creer en él, en el todo poderoso. Si existe, si es bueno y bondadoso, y si mi familia se construyó sobre sus valores, ¿entonces por qué somos tan infelices? ¿Por qué mi madre me mira con desprecio, y mi padre nunca está en casa? Poso mi mirada sobre Magdalena y veo mi reflejo. Ella posee los mismos ojos cantarines, el mismo pelo oscuro —aunque más largo— y los mismos delgados labios que yo. Fuimos hechas a imagen y semejanza; y, aun así, aunque somos gemelas, no podemos ser más distintas.

—Excelentes yucas, señora Eva, —comenta Junio, quien se sienta frente a mí. Me sirvo unos cuantos trozos de yuca y dos rectángulos de queso frito. En cuanto me enderezo en mi puesto, miro a mi madre. Ella parece contrariada por tener que permitir que, Junio, un simple empleado para la boda, desayune con nosotras—. ¿A cuál de sus hijas debo felicitar?

Una tos repentina me invade y el bocado de comida que tengo en la boca se me atora en la garganta. Con rapidez tomo un sorbo de agua para ayudarme, y tan pronto como me siento mejor, debo aguantarme una carcajada. Junio está claramente parodiando al señor Collins, de Orgullo y Prejuicio.

—No a María, en definitiva —responde madre. Yo pongo los ojos en blanco: ella aprovecha cualquier oportunidad posible para echarme por debajo.

Tomo otro trago de agua para sentirme mejor, y cuestiono: —¿Y bien? ¿Dónde está el prometido?

El misterioso prometido de Magdalena, al cual no le conozco ni el nombre, nunca me fue presentado. Por supuesto, en la mente de mi madre eso no es necesario, pues mi único papel en esa boda es ser un accesorio ante los vecinos.

—No llega hasta mañana, —responde Magdalena, seca.

—¿Y eso por qué, Maga? —Mi hermana me mira con los ojos achinados, pero si algo le molestó, se lo guarda—. Digo, sí se puede saber.

—¿No es obvio? Porque hará su propia despedida de soltero, con sus amigos. —Maga voltea los ojos, como si fuera la cosa más clara del mundo, y sigue añadiendo rectangulitos de queso a su plato—. Y, por cierto, espero no me avergüences en la mía. Todas las chicas importantes estarán ahí.

Yo me aclaro la garganta y tras masticar y tragar mi comida, dejo el tenedor en el plato. —¿Cómo que la tuya? A mí nadie me dijo nada de eso, —reclamo, confundida. Maga se encoge de hombros y sigue comiendo como si nada—. ¡Ey, responde! ¿Tu despedida es hoy?

Un ruido estremecedor me vibra en los oídos y todos movemos la vista hacia mi madre. Sus puños se aprietan contra la madera, sus mejillas han tomado un sonrojo natural y sus labios se cierran en una fina, recta línea. El corazón me da un vuelco y mi mente repasa lo último que dije, tratando de averiguar qué dije mal. Sin embargo, sus ojos enfurecidos no están dirigidos hacia mi, sino hacia mi hermana.

—¡Magdalena Paulino! —exclama ella, casi rechinando los dientes—. ¡¿Cómo siquiera se te ocurre servirte toda esa comida?! ¡Si sigues comiendo como cerda en eso te convertirás! ¡¿Quieres arruinar tu boda cuando tan solo falta una semana?!

Todos nos quedamos duros en nuestras sillas, y Maga, que estaba masticando, traga tan seco que puedo observar el bocado bajar trabajosamente por su garganta. Con la mano un tanto temblorosa, mi hermana se limpia la boca y tras disculparse, desaparece del comedor. Siempre ha sido así. Ambas, opuestas pero iguales, crecimos en un hogar donde te comandan qué vestir, cómo comportarte, qué tanto comer y qué pensar.

—Y tú, María —pronuncia madre, inconforme porque aún no me ha reprendido—. Deja de hacer tantas preguntas. Siempre estás en el aire y por eso nunca sabes nada. Te lo advierto, María, te lo advierto, si avergüenzas a tu hermana hoy… ¡Te vas a arrepentir!

—Disculpa, madre. Es que yo pensaba-

—Pues sigue pensando.

Madre se levanta de golpe de su silla, haciendo un ruido horrible. Molesta, lanza su servilleta de tela sobre el plato y se larga del comedor. Escucho sus tacos resonar por toda la casa. Clac, clac, clac. Siento el estómago revuelto, y si alguna vez sentí hambre, ya es historia. Empujo el plato lejos de mí y me dispongo a ponerme de pie.

—María… —dice Junio, y recuerdo que él tuvo que presenciar tremendo drama. Le dirijo una miradita y su rostro posee una expresión complicada, con las cejas fruncidas y los ojos tristes.

—Lo siento, —mascullo—. Iré a mi habitación.



No hay luces estroboscópicas, ni hombres semidesnudos, y, por algún motivo, mi madre está aquí. ¿Pero qué más puede una esperar de una “despedida de soltera” que celebran un lunes? Nada sorprendente, en definitiva. Miro la copa de vino en mis manos con algo de desazón: no es tan fuerte como desearía. No lo suficiente para ignorar las miradas malintencionadas de las amigas de Magdalena. Y es que claro, ellas con sus extensiones de pelo y vestidos traídos desde Nueva York deben sentirse asqueadas de respirar el mismo aire que yo, que tengo el cabello mal cortado y compré mi conjunto en una tienda de La Ciudad*.

—¿Estás seguro de que no tienes Brugal? —le pregunto al muchacho de la barra. Él niega y yo me remuevo sobre la incómoda silla. Madre rentó un pequeño bar del pueblo, sin pista de baile, y ha elegido ella misma la lista de reproducción. ¿Cómo puede ser tan dedicada? —. ¿Y un encendedor?

Saco un cigarrillo de mi cartera, mientras peino el lugar con la mirada. Mi hermana y todas sus amigas se reúnen en un apartado de sillones, y mi mi madre y otras señoras conversan desde un lugar estratégico donde puede observarnos a ambas.

—Lo siento, pero no tengo ninguno —me responde el barman. Casi que me siento decepcionada de que no intente ligar conmigo u ofrecerme tragos gratis. Eso, aunque molesto, al menos le daría algo de chispa a mi noche.

Suspiro, muerta de aburrimiento.

—¿Acaso alguien dijo encendedor?

Alzo la mirada, esperanzada, y descubro a Junio tomando asiento junto a mí. Él y el barman deben ser los únicos hombres en el lugar. Con una sonrisa brillante me pongo el cigarrillo en la boca y el castaño deja su cámara sobre la barra para darme una mano.

Doy una calada y expulso el humo con cuidado de no hacerlo en la cara del muchacho. —¿No te van a castigar por estar aquí?

Junio ríe. —Ya salí de recreo.

—Ah, y usas tu recreo para acercarte a la niña que te gusta, —bromeo—. ¿Acaso no eres dulce, pequeño Junio?

—Aprovecharé cualquier ocasión que Miss Havisham me permita acércame a ti, Estella.

Río un poco y fumo un poco más. Miss Havisham y Estella son personajes de Grandes Esperanzas, de Charles Dickens, un libro donde un chico común se enamora de una joven rica y creída y trata de superarse para poder obtener su aprobación.

—Veo que has estado leyendo a los clásicos.

Junio se rasca una mejilla y no responde nada, y no le doy importancia. En cambio, se asegura de que su cámara de video esté en un lugar seguro y yo me tomo media copa de vino de un solo trago. El sabor frutal me hace arrugar la nariz.

—Tengo una idea, —comenta Junio—. Juguemos un juego.

—¿Un juego? —digo yo, desganada.

—Sí, te ayudará a escribir. Es para poner la creatividad a fluir.

Ah, pero eso sí llama la atención. Interesada, dejo la copa sobre la barra y el cigarrillo a su lado. Estoy dispuesta a ofrecerle toda mi atención con tal de empezar a escribir de nuevo, y eso, señores, no todo el mundo lo obtiene.

—A ver, ¿en qué consiste?

—Primero, piensa en un objeto.

—Un objeto… ¿Inanimado?

—Pues claro, genio.

Achino los ojos y trato de pensar en un objeto. Debe ser uno bueno, original. Algo que nadie más elegiría… ¿un gato? No, eso tiene vida. ¿Una figurilla coleccionable de Capitana Marvel? No, muy específico.

—¡Un trofeo! —anuncio, orgullosa de mi elección.

—No, María, —se queja Junio, pasándose una mano por la cara—. No me digas el objeto, y tampoco te compliques tanto. Cualquier vaina sirve.

—Coño, —murmuro. Cualquier vaina, como… ¿lapicero?—. Bien, lo tengo.

—Bien, ahora fingiremos que estamos en una cita y-.

—Espérate, —lo corto, alzando una mano—. Si esto es un truco para darme labia, no estoy de humor.

Junio voltea los ojos y se aguanta una risa. Así, con el cabello medio recogido y las luces blancas iluminando su rostro desde los lugares indicados, parece papichulo de telenovela. Sin embargo, yo no estoy de humor para regatear con Junio, no después del día de perros que tuve. No tengo idea cómo voy a sobrevivir el resto de la semana.

—Que no, María, es una actividad de verdad. Deja de interrumpirme. —Volteo la boca, medio insegura, pero lo dejo proseguir—. Como decía, fingiremos que estamos en una cita y que nos estamos conociendo. Yo seré, pues, yo, y tú serás el objeto que elegiste. Debes responder a mis preguntas como si fueras ese objeto, ¿vale? Piensa en la parte humana de él. Yo debo tratar de adivinar qué objeto eres en base a tus respuestas.

—¿Y esto cómo me ayuda a escribir?

—Si puedes personificar a un objeto, podrás hacer personajes geniales.

—Hm… está bien. Empieza.

Junio se lleva una mano a la barbilla. —Este… ¿qué haces en tu tiempo libre?

—Pues me gusta mucho escribir.

—Pero… —El chico me mira confuso, probablemente porque eso suena a algo que yo misma, María, daría—. Tú estás, cómo, muerta, ¿no? —cuestiona él, asegurándose de que en verdad elegí a un objeto.

—¿No estamos todos muertos por dentro?

A Junio se le escapa una risilla. —Puede ser, —responde—. ¿Prefieres el calor o el frío?

Eso lo debo pensar un momento, pero tras analizar la inútil vida de un lapicero, una respuesta viene a mí.

—El calor, porque me recuerda al tacto de un cuerpo.

—Con que cuerpos. —El chico asiento y se roba un trago de mi copa de vino, antes de fruncir los labios. Al fin alguien que está de acuerdo conmigo en que ese vino es demasiado dulce—. Entonces, ¿qué buscas en una pareja?

Hago una mueca ante la pregunta incómoda, ¿a cuántas citas ha ido este chico, que no sabe que eso no se pregunta?

—Alguien que me utilice —respondo, con un ronroneo fingido, para luego reírme de mi propio chiste.

Junio, sin embargo, frunce el ceño. —María, se supone que personifiques un objeto, pero todas tus respuestas suenan a ti.

Ese comentario me deja pasmada. ¿Disculpa? La sangre se me calienta y me debato entre cortarle la lengua o arrancarle los ojos. ¿Cómo se atreve a hacer un comentario tan desubicado? Yo que creía que él era mi único aliado en este nido de buitres.

—¿Alguien que me utilice? ¿Eso crees que diría yo?

—¿Acaso dije algo malo? —pregunta él y no noto ningún sarcasmo en su voz. Aun así, eso no lo hace menos imbécil—. Es decir, María. Eso es lo que hacen los hombres que te tienen de amiga con derecho, utilizarte. A ti, a tu cuerpo. Y eso te gusta, ¿no?

Me pongo de pie, colérica y harta de escuchar su forma de racionalizar.

—¡No, no me utilizan, Junio! No me utilizan porque ambos sabemos lo que queremos, —escupo, y mis manos se mueven inquietas, tratando de arrancarle el cuello. En cambio, tomo la copa de vino y se la lanzo en la cara—. ¡No quieras pretender que me conoces porque no lo haces! ¡Me das asco!

Los ojos de Junio se mueven entre mi cara y la copa vacía en mis manos; la expresión de idiota que posee me indica que no tiene idea de qué hizo mal, y para este punto ya todas las amigas de Magdalena murmuran sobre mí. Siento la mirada helada de madre en mi espalda, y harta de todos ellos y de sus comentarios hirientes, le pego una patada a la barra.

Todos me miran como si estuviera loca, pero yo tomo mi cigarrillo y mi cartera y me largo del maldito bar.

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