La escritora que no podía escribir: 4

Actualizado: 22 de nov de 2019






Capítulo 4: Cinco sentidos

Miro el paisaje a mi alrededor y el silencio me hace sentir reconfortada. Es cierto que la grama me da picazón y que odio los insectos zumbándome en el oído, pero a este punto me he dado cuenta de que nada es peor que estar con mi familia. Un martes como hoy yo estaría en la oficina, haciendo un trabajo que asesina cruelmente mi creatividad. Sin embargo, entre matarla de aburrimiento o matarla a gritos, preferiría la primera opción. Aquel cubículo nunca se había escuchado tan apetitoso como hoy.

Cuando mi computador se está quedando sin batería me atrevo a levantar la mirada. Desde la pequeña colina donde estoy, sentada con mi espalda apoyada en un árbol de mangos, puedo ver mi casa a la distancia. Es grande e imponente, de colores acremados. Todos allí revolotean y corren porque hoy llega el misterioso prometido de Maga, y por suerte la única asignación que Madre me dio fue desaparecer de su vista. A los pies de la colina aparece una mancha color café, así que me pongo mis lentes para ver mejor. La mancha toma forma en un muchacho de pelo rizado y sonrisa ancha; mi mente tiene una discusión rápida sobre si irme o quedarme.

—Hola, María —me dice él, tomando asiento a mi lado, justo cuando decido que debo hacer las pases con lo más parecido que tengo a un aliado.

Yo no respondo, solo asiento con la cabeza. Aunque quiera reconciliarme, debo mantener mi orgullo en alto.

—Te traigo ofrendas de paz. —Junio me ofrece la taza negra que tiene en las manos y yo la acepto con cuidado. El aroma a café fresco me llena los pulmones y casi de inmediato puedo sentir la serenidad invadirme—. Dame eso, —–me dice, y yo lo dejo tomar mi cigarro.

—Un café no será suficiente —digo yo, mirando el líquido claro. A mí me gusta el café con leche, ¿qué tanta leche? No uso medidas, el color del café me dice cuándo parar de mezclar.

—¿Dos cucharadas de azúcar? La cantidad de leche… hasta que el color sea #dbd0af o parecido —Yo levanto las cejas y le doy un sorbo al café. El dulzor del líquido me levanta los ánimos y de repente me siento con más energías—. ¿O no?

—¿Acabas de nombrar un código de color? ¿Cómo sabes cómo me gusta el café?

Él se encoge de hombros. —Tengo buena memoria.

—Como sea —mascullo, tomando más—. Un café perfecto no será suficiente.

—Lo sé, por eso hoy te ayudaré a escribir.

—¿Quién te dijo que necesito tu ayuda?

Le enfrento la mirada y al notar que sonríe, me molesto. A este chico no hay quién lo haga irritarse, creo yo. ¿Cómo puede ser tan pasivo?

—Te gusta escribir fantasía, ¿cierto? Mira, te traje este artículo de periódico. —Tomo el recorte de papel grisáceo y leo el titular, que reza, “Hombre dice ser un caballero templario que viene del pasado” por Lisa Sánchez.

Doy otro trago de café, y apoyo la taza sobre mis piernas. —Mi computadora se está descargando.

—No la vamos a necesitar, —dice Junio. Me arrebata la taza y la apoya sobre la grama, entonces me pone el cigarro en la boca y cierra mi laptop. Me pasa unas hojas de papel y un lápiz y antes de saberlo ya estamos trabajando—. Lee el artículo y decidiremos cuáles serán tus personajes. Anda, empieza.

Lo miro con mala cara, pero le obedezco. Soy capaz de abandonar hasta mi orgullo —hasta cierto punto—, con tal de escribir algo. En un principio no soy capaz de concentrarme en la historia, pues la mirada de Junio en mi rostro me provoca un ligero cosquilleo, pero poco después me encuentro absorta en las letras. Trata sobre un hombre, el cual se niega a quitarse un cosplay de templario, que afirma haber venido del pasado. El hombre se muestra confundido con objetos modernos, como vehículos y teléfonos celulares; también, las autoridades no han sido capaces de localizar a sus familiares.

—En definitiva, este hombre debe ser el protagonista —murmuro.

—Pero eso es muy típico, —critica Junio. Levanto la cabeza, con todas las ganas de cortarle los ojos, y doy un respingo al notar que nuestras caras están muy cerca. El sonríe con los labios cerrados y tras sonarse la garganta, sigue: —Podrías contar la historia desde el punto de vista de otra persona, como la mujer que escribió el artículo.

—¿Lucy Sánchez? No es mala idea, debo admitir.

—Ajá, pero debemos cambiarle ese nombre.

—Hm… —Paso la mirada a Junio y me parece que se ve muy guapo. Lleva el cabello suelto y el viento se lo mueve con suavidad; por primera vez me doy cuenta en lo lindo que es la combinación de su piel morena y su pelo chocolate. ¡Pero estoy enojada! Así que miro a mi alrededor, tratando de crear un nombre para la periodista. El día está bastante claro hoy… ¿Luz? Pero eso suena como Lucía. ¿Iluminada? No, suena a nombre de abuela. ¿Sol?—. ¡Sol!

—Bien, Sol. Luego pensamos en el apellido —dice Junio, revolviéndome el cabello—. Ya tenemos dos personajes que pueden interactuar, el templario, y Sol.

—El templario se llamará Jon.

—Ay, no me digas que es por Jon Snow, por favor, —suplica el chico—. Él no tiene nada que ver con los caballeros templarios.

—Cállate, no sabes nada, Junio.

Junio ríe y su carcajada hace eco en mis oídos. —Como digas. —Él toma el lápiz de mi mano y se acerca para escribir algo sobre una hoja. Crea cinco columnas, tituladas “vista, audición, tacto, sabor, olor.”—. En cada columna escribirás cinco palabras al azar que correspondan al sentido. No lo pienses mucho, por favor.

—Está bien, —respondo, tomando el lápiz de vuelta—. Vista sería grama, casa, libros, impresora y control remoto. Audición sería ruido, insectos, televisión, música, voz masculina.

—¿Voz masculina? Que específica —ríe Junio y yo volteo los ojos, sin evitar reír también.

—Tacto sería sábana, bebé, pared y… —Miro al chico unos segundos—. Y cabello y piel. Sabor sería beso, mango, aguacate, agua y soda. Olor sería tierra, perfume, libro viejo, flores, marcador. —Escribo las últimas palabras y vuelvo a mirar a Junio—. Listo, ¿con esto qué hago?

Él asiente, mirando las listas de palabras. —Ahora debes escribir una historia corta donde incluyas todas estas palabras.

—Espera, ¿qué? No. Es muy pronto.

—Te daré treinta minutos, mejor empieza.

Junio toma su celular y lo observo ajustar un temporizador. ¡Mierda! Lo miro mal una última vez. No tengo idea de qué escribir, así que empiezo a tirar palabras al azar. Estoy segura de que lo que estoy escribiendo es malísimo, pero darme la libertad de tan solo poner palabras juntas, sin preocuparme por si está bien o mal, por si tiene sentido… es liberador. Me sumerjo en mi escritura y cuando suena la alarma, Junio debe obligarme a parar. Hay que respetar las reglas, me dice. Repaso lo que he escrito y resulta en Sol, una madre soltera y periodista a tiempo completo, quien ha estado teniendo un romance con Jorge, el supuesto caballero templario que viene del pasado. A pesar de que ella cree que el hombre ha de estar loco, y sus creencias y convicciones son totalmente opuestas, Sol no puede ignorar la atracción entre ellos. Miro a la hoja de papel con una sonrisa y me siento orgullosa porque logré incluir todas las palabras del listado.

—Déjame ver. —Junio trata de tomar el papel, pero yo soy más rápida y lo guardo dentro de mi laptop.

—No, nunca, —digo, poniendo mi computador sobre la grama. Me doy la libertad de recostar la cabeza sobre el regazo de Junio y cierro los ojos para que el sol no me lastime—. Quemaré esa historia y enterraré las cenizas en lo más profundo del infierno.

—Exagerada —responde Junio, moviéndose un poco. Aunque no lo puedo ver, supongo que está acomodándose—. Con que lo entierres en el patio es suficiente.

Una ligera risa burbujea en mi garganta.

Nos quedamos en silencio una vez más. La brisa fresca de la tarde, el sol que me calienta el rostro y la cómoda posición provocan que comience a sentirme adormilada.

—María —susurra la voz de Junio, posando una mano en mi cabeza.

Yo hago un sonido con mi garganta, para indicarle que estoy despierta.

—Tengamos una cita.

Mis labios tiran en una sonrisita. —No.

—¿Por qué no?

—Ya conoces la respuesta.

—No espero nada de ti —dice él—. Solo que vayamos. No tienes que pensar en qué ocurrirá después.

—Es que yo sé qué va a ocurrir después —me quejo, abriendo los ojos. El rostro de Junio entra en mi campo de visión, y contrario a lo que pensaba, luce bastante relajado—. Y ninguno de los posibles resultados te gustará.

—Ajá, Doctora Strange. —Él aprieta los labios y hace una pausa. En sus ojos se refleja duda, y me pregunto qué podría estar tanteando—. Sé que te gusto.

Lo miro unos segundos, sin decir nada. No puedo negar que Junio me atrae; es guapo, amable y tiene gustos parecidos a los míos. Aún así… —Ya te dije que yo no tengo relaciones serias, Junio.

—¿Por qué?

¿Por qué? Porque mi padre, el hombre más cercano a mí, es un maldito bastardo. Aparte de eso, me he dado cuenta de que a los hombres solo les interesa una cosa: mi cuerpo. Si les doy lo que quieren sin pedir nada más a cambio, no saldré lastimada y ambos disfrutaremos un buen rato. Es la regla básica para sobrevivir: no confíes, solo folla.

—Porque las relaciones son problemáticas.

—Tienes razón —confirma él, suspirando. No me mira a mí, sino al cielo—. Tampoco te estoy pidiendo matrimonio.

—No insistas.

—Eres injusta.

Pongo los ojos en blanco. —Te haré una pregunta y si tu respuesta me gusta, iré contigo a la cita. ¿Qué te parece? —Junio baja la mirada con una sonrisa renovada y de dientes relucientes. Casi me siento mal por él, pues el único objetivo de este reto es quitármelo de encima. Es la pregunta que le hago a los hombres cuando me comienzo a ilusionar. Sus respuestas siempre matan mis esperanzas—. ¿Qué es lo que más te gusta de mí? Solo una cosa.

Mis compañeros de cama suelen responder con rapidez. Algunos eligen mis pechos, otros tratan de ser poéticos y dicen que mi sonrisa. Pero al final, solo les interesa mi cuerpo.

—Es una pregunta difícil, debo pensarlo.

¿Pensarlo? ¿Pensar qué?—. No, nada de pensar —le apresuro—. Di lo primero que te llegue a la cabeza.

—Este… cuando bebes algo suele hacer un sonido raro, —dice Junio, sorprendiéndome—. Es que al sorber te ves tan feliz, disfrutando la bebida. El sonido es molesto, pero tú te ves tierna. —Se pasa una mano por el cabello y evita mi mirada. Por encima de sus pecas una ligera capaz de rubor cubre sus mejillas—. Lo siento, debí haber dicho algo más romántico.

Una sonrisa escapa mis labios y no puedo creer lo que estoy a punto de decir. —¿Dónde será la tan esperada cita?



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