La escritora que no podía escribir: 5

Actualizado: ene 2


Capítulo 5: Todo tiene su hora

—¿Dónde quieres ir en nuestra-

—No hables tanto en la mesa, Junio —le interrumpo yo, lanzándole una mirada asesina. Madre y Maga nos miran sospechosamente y con razón, si Junio no se ha callado desde esta mañana con lo de la cita del carajo.

La tensión en la mesa es tan palpable como en los días anteriores, y los ojitos de mi hermana brillan inquietos. Me pregunto qué clase de hombre será su prometido, e internamente espero que sea alguien bueno. No me llevo bien con mi hermana, pero quiero lo mejor para ella, y que sea capaz de escapar las garras de Madre y realizarse como persona. Después de todo, yo solo tengo que soportarla en las reuniones familiares, pero Maga… Maga se lleva el combo anual. Junio se suena la garganta, y yo lo miro con burla. Madre lo ha hecho vestirse semi formal y es bastante extraño. Su pelo está recogido en un moño ajustado y se ha puesto una camisa de mi padre.

Escuchamos el sonido de un vehículo aparcándose afuera y Madre se tensa.

—Tú —le dice a Junio—. Saca tu videocámara y captura el reencuentro de los novios.

—Sí, señora.

—María —procede ella, poniéndose de pie y planchando la falda de su vestido con ayuda de sus manos—, tú compórtate. Y si dices algo, te las verás conmigo.

—¿Algo de qué? —cuestiono, sin entender a qué se refiere.

Madre me dirige una última mirada de advertencia y le indica a Maga que se levante de la mesa para cerciorarse de que luce impecable. Confundida como nunca, me digo que tal vez solo quiere que hable lo menos posible. Eso no me sorprendería para nada. Y así, con sonrisas falsas e inquietas, esperamos al misterioso prometido. Tan pronto como el hombre pone un pie en la sala, el olor a colonia invade el lugar. En un principio me parece curioso reconocer el olor un tanto ácido y exagerado, pero cuando veo al dueño del aroma, todo cobra sentido. Como es su costumbre, él entra airoso y bullicioso, y cuando nos ve, se detiene y abre los brazos en un gesto cariñoso. Yo me quedo quieta, inmóvil. Mi cerebro es incapaz de procesar lo que mis ojos ven; no termino de entender porqué mi hermana se sonroja ante la vista de mi exnovio o porqué mi madre parece tan feliz de verlo.

—¡Edward! —exclama madre, encantada. Para mi sorpresa se deja abrazar de él y lo mira con ternura—. Tanto tiempo sin verte, ¿cómo te ha ido en tu viaje de negocio? ¿Has comido bien? Te noto algo delgado.

Delgado mi trasero.

—Me ha ido excelente, Eva —responde él con bastante confianza—. Pero ahora que estoy aquí, mucho mejor.

—¡Ah! Qué muchacho más agradable. —Miro a Junio, que está grabando toda la escena. Sin dejar de filmar, el chico me devuelve la mirada y se encoge de hombros, tan confuso como yo. Me trago todos los coñazos que deseo gritar y sonrío—. Ven, Magdalena, no seas tímida. Salúdalo.

Maga dirige su mirada al suelo y con una sonrisita tímida que nunca le había visto, se acerca a él. Alegre como siempre, Edward la toma entre brazos y le da un beso en la mejilla, a lo que mi hermana ríe con nerviosismo. Madre, en vez de molestarse como cada vez que me acerco mucho a Junio, los mira de forma aprobatoria. Entonces, Edward suelta a Maga y se da cuenta de mi existencia. Nuestros ojos se cruzan y mi corazón se encoge. Él nunca fue demasiado guapo, pero su estilo al vestir y su sonrisa carismática le dan un aire único que emboba a cualquiera. Pensé que no lo vería nunca más, pero aquí está de nuevo, haciéndome poner en duda todos mis ideales. Su cabello está peinado hacia atrás, impecable, y su barbilla es incluso más cuadrada que la de Junio. ¿Ya he dicho que me encantan las barbillas?

—Tú debes ser la hermana de mi Magdalena, imposible no notarlo —comenta él, y la expresión “mi Magdalena” y el hecho de que finja no conocerme rompen mi burbuja—. De verdad son idénticas —agrega, mirando entre las dos.

Ah, Edward. Todo un actor y un imbécil. Ya recuerdo porqué dejé de tener novios.

—Estoy segura de que has tenido el tiempo de comprobarlo —digo, venenosa.

Madre me lanza una mirada de cállate-o-te-callo y ya entiendo a qué se refería con que no mencione nada. ¡Ella sabe! Sabe que estuvimos juntos y aún así lo prometió a Maga.

—No son tan parecidas como piensas —dice ella—. Cuando tengas un par de días acá comenzarás a notar que hay una gran diferencia entre ambas.

—¿Por qué no nos sentamos a almorzar? —dice Maga, quien aparentemente es inocente a todo lo que está ocurriendo.

Edward asiente con la cabeza y entonces se acerca a Junio. Me pregunto si también fingirá que no lo conoce, o si solo es a mí.

—¡Junio, mi hermano! —exclama Edward cuando el muchacho baja su videocámara.

—Edward, cuanto tiempo —responde Junio, dudoso.

Ambos se dan un apretón de mano y unas palmadas en la espalda, como acostumbran los hombres, y todos menos Junio procedemos a tomar asiento de nuevo. Ana, una muchacha poco mayor que yo y que trabaja en la cocina, comienza a poner la mesa.

—¿De dónde conoces a Junio? —cuestiona Maga, mirando apasionadamente a Ana. O, mejor dicho, a los platillos que Ana trae.

—Tomamos juntos algunas de las materias básicas en la universidad, ¿cierto, Junio?

—Ah, qué agradable coincidencia —murmura Madre. Apostaría toda mi colección de Jane Austen a que ella no se esperaba esto.

Ana termina de servir el típico menú dominicano para las visitas apreciadas: moro de gandules, cerdo horneado, ensalada rusa y verde también, y pastelón de papa. Un clásico. Cuando la mesa está lista, todos sonreímos y Junio toma algunas fotos.

—¿Por qué no te nos unes a la mesa, Junio?

—Ah, tranquilo, bro. Teóricamente estoy trabajando ahora mismo.

—No seas modesto, Junio —insiste Madre, con una sonrisa hipócrita—. Siéntate a comer.

Junio me mira en busca de auxilio, y yo no sé qué decirle. Lo que sea que esté planeando Madre, solo ella lo sabe.

—No se preocupe, yo-

—Que te sientes, muchacho —ordena Madre—. No desobedezcas a tus mayores.

Edward ríe y yo carraspeo. Esta es la situación más incómoda de toda mi vida, y la furia que siento por dentro me calienta las mejillas. No tengo idea de cómo terminamos así, pero ya entiendo porqué siempre hubo tanto misterio alrededor de él. Ella, mamá, sabía que si me decía quién es el prometido de Maga, yo nunca vendría a esta maldita boda. Y es que no me cabe cómo a ella se le pasó por la cabeza armar esta ridícula telenovela.

Junio toma asiento a mi lado, quedando así Edward y Maga frente a nosotros y Madre en la cabecera de la mesa. De nuevo cruzo miradas con mi aliado y estamos tan confundidos que ninguno puede decirle nada al otro.

—¿Cómo te va con la empresa de tu padre? —Suspiro profundo antes de comenzar a servirme la comida, y trato de tener toda la paciencia posible—. El padre de Edward es dueño de una creciente empresa de productos electrónicos, y pronto será el próximo CEO.

Asiento con la cabeza, fingiendo que no sé eso desde antes. Como dije, me llevo mal con Maga, peo le deseo todo lo mejor. Y hasta que descubra qué está pasando aquí y porqué engañan a mi hermana de esta forma, no puedo hacer un numerito.

—Sí —confirma mi hermana, y es fácil notar que sus ojos reflejan orgullo—. Fue así como lo conocí. Yo trabajé como pasante de contadora en su empresa.

—Ah, así que eres contadora —intervino Junio.

—Así es —confirma Edward—. Pero ahora que nos casaremos no debes trabajar si no quieres, amor. No es necesario.

Mastico mi moro con furia cuando Edward le guarda un mechón de cabello a Maga. ¿Por qué me molesto, siquiera? Es la situación, es la maldita situación.

—Me… me sentiría rara si no te ayudo de alguna forma.

—¿No eres una dulzura?

Me sueno la garganta, pero Edward se toma unos segundos extras tocando las mejillas de mi hermana. Ella sonríe con pena y decide servirse algo de comer, a lo que nuestra madre le recuerda que desayunó tarde y que no debería tener mucha hambre aún. Maga concuerda y se sirve el más ínfimo pedacito de pastelón y algo de ensalada verde.

—María asistió a la misma universidad que tú y Junio —comenta Maga—. Que extraño que nunca la viste.

—Si la vi no recuerdo —responde el maldito.

Aprieto el tenedor con fuertes intenciones de lanzárselo. Si algo he aprendido de jugar videojuegos, es que siempre se debe apuntar a los ojos.

—Lo mismo digo —respondo entre dientes.

—Debe ser porque estábamos en distintas carreras —interviene Junio, tratando de relajar la tensión.

—¿Sí? ¿Qué estudiaste, María?

—Escritura creativa —murmuro.

—Yo estudié Diseño Gráfico. —Junio pone una mano en mi hombro, como para calmarme—. Ambos estábamos en el departamento de artes.

—Ya veo, que interesante, ahora todo tiene sentido.

—¿Qué tiene sentido, Edward? —dice Maga.

—Sí, Edward, ¿qué tiene sentido? —secunda Madre.

Tomo un sorbo de mi agua, muy segura de que no me va a gustar lo que va a decir a continuación. Edward parece tener esas ganas intensas de joderle la paciencia a una, y si sigue buscando al diablo lo va a encontrar. Cuando me haga quillar de verdad ni diosito lo va a salvar.

Edward mastica lo que tiene en la boca muy, muy lento, sin quitarme la mirada de encima. En definitiva, a este hombre le encanta el drama y el bochinche. —Sí, es que cuando estábamos en la universidad… —Se interrumpe para beber un trago de agua—. Junio estaba loco por una chica. Supongo que esa chica es María, ¿no? Y eso explica el que seas justamente tú el fotógrafo de mi boda.

—Este… —masculla Junio. El chico me mira y se llena la boca con un largo trago de su bebida, sabiendo muy bien que hemos entrado a terreno peligroso.

—Eso no es de tu incumbencia —espeto yo.

—¡María! —reprende Madre—. No sé nada de la universidad, pero María y Junio no tienen nada. —Dicta ella—. Es más, por favor disculpa su falta de educación. Asistir a la boda de dos individuos tan maravillosos debe tenerla de mal humor, como ella aparte de solterona es una escritora fracasada.

Junio se ahoga con su agua y lo asalta un ataque de tos; Maga abre los ojos como globos, pero no se atreve a decir nada. Yo, por mi parte, siento la cara roja de enojo y vergüenza. Nunca me había sentido tan humillada e impotente. Mis puños se aprietan hasta que las uñas se me marcan en la piel, y no puedo reaccionar. No me atrevo a mirar a Madre, porque quiero escupirle mil demonios. Y, sin embargo, no puedo faltarle al respeto. No me atrevo a ser tan cruel como ella.

Edward me mira fijamente. Su rostro se muestra serio, pero los ojos le bailan con alegría. Cuando Maga hunde la cabeza en su plato, dispuesta a ignorar la situación, Edward aprovecha y mueve sus labios hacia a mí. A pesar de que su garganta no emite ningún sonido, puedo entender a la perfección lo que quiere decir. “Algunas cosas nunca cambian.” Un nudo se forma en mi garganta y me pregunto porqué me he rodeado de tantas personas tóxicas. ¿Qué tanto daño necesitan hacerme para sentirse satisfechos? Justo cuando había logrado reparar los pedacitos de confianza que me quedaban…

—Maga —susurro, en un hilillo de voz. Me niego a llorar en frente de ellos—. ¿No dirás nada?

Maga se remueve inquieta en su silla, y sin alzar la mirada dice: —No me llames Maga. Ya no somos niñas.

—Bien dicho, Magdalena —concuerda nuestra madre.

Miro a mi plato con angustia. No sé que hacer, ni cómo comportarme. Pensé que al menos delante de otras personas Madre contendría sus comentarios, pero no. No tiene ni una pizca de respeto o empatía por mí.

—Disculpen, pero me siento algo mal del estómago. —Todos miramos a Junio, atentos a su interrupción del drama familiar—. Debo ir a la farmacia un momento. María, ¿te importaría guiarme? No conozco mucho el pueblo.

—No hay necesidad, muchacho —dice Madre—. Ana te puede preparar un remedio casero.

Junio alza las cejas, y usando un tono de voz bajo y amenazante, dice: —No, gracias. —Maga y yo lo miramos impresionadas. Nunca habíamos conocido a alguien que fuera capaz de llevarle la contraria a nuestra madre, ni siquiera en lo más mínimo. El único capaz de ello es papá, pero él nunca está en casa. Junio, entonces, pone su mano encima de la mía y yo siento un cosquilleo.

Me siento tonta porque permití que Edward me distrajera de uno de mis pasatiempos preferidos: observar hombres guapos. En la oficina, cuando hago diligencias o sitios que suelo frecuentar… en todos ellos tengo ubicado a un hombre del cual deleitarme con la mirada. No quiero nada con ellos más que mirarlos, y de muchos desconozco hasta el nombre. Por supuesto, Junio es el muchacho guapo que corresponde a este viaje. Sus ojitos me sonríen, pero no con burla. Con compasión, con calidez y apreciación. Bajo la mirada, incapaz de sostener la suya un segundo más. Nunca podré obtener todo el cariño que contienen esos ojos porque no soy merecedora. Y, sobre todo, nunca podría condenar a alguien tan bueno como Junio a estar con una mujer como yo.

—Escapemos juntos —susurra, solo para mí.



—Creí que eras un chico de motores.

Junio me sonríe y me pasa una bolsa blanca antes de montarse en el Toyota Camry del 2000. Repaso lo que hay dentro y encuentro un litro de Brugal, jamón, queso y galletas, un litro de jugo de manzana y una cajetilla de cigarrillos.

—Lees mucho en Wattpad —dice él, encendiendo el vehículo.

—¿Jugo de manzana?

El chico se encoge de hombros—. Yo no bebo.

—Jugo de manzana… —repito para mí misma. De repente, una manchita de culpa se pega a mi pecho—. Pareciera que me conoces bien, pero yo no te conozco a ti.

—Qué dices, me conoces de hace tres días. —El Camry arranca y yo aprieto los labios. ¿De hace tres días?

—¿Qué digo? ¿Qué dices ? —cuestiono, cruzándome de brazos—. Nos conocemos desde la universidad.

—Sí, pero no es como que éramos amigos.

—Junio…

—Solo hacíamos tareas juntos, nada más.

—¿Entonces por qué tú sí recuerdas todas las cosas que me gustan, Junio?

El muchacho pone la misma expresión que hizo cuando le pregunté sobre mi café. Toma una respiración profunda, y sin quitar los ojos del camino, sonríe. Incluso Junio tiene cosas que no quiere decirme, pero… aunque no lo diga, él y yo lo sabemos.

—Tengo buena memoria.

—Edward dijo que estabas enamorado de alguien en la universidad —pregunto, lentamente—. ¿La conozco?

Junio niega—. No.

—¿Y qué pasó con ella?

—Nada pasó —responde él, con rapidez—. Ella tenía novio.

Asiento con la cabeza y no digo nada más, porque no quiero escuchar la verdad detrás de sus palabras. Eso significaría más de lo que puedo tolerar ahora mismo, y no quiero lastimar a Junio. Prefiero pensar que le parezco bonita, o interesante. Que su gusto por mí no es más que eso: un gusto. Me acomodo en el asiento para mirar por la ventana; árboles y montañas decoran el paisaje mientras nos alejamos del pueblo.

—María.

Hago un sonido con la garganta para indicarle que lo escucho, pero sigo mirando por la ventana.

—No eres una escritora fracasada.

—No tienes que tratar de hacerme sentir mejor —le digo, tapándome el rostro con el cabello—. Incluso yo sé la verdad.

—No estoy mintiendo —repite él, y su insistencia me molesta—. Cada persona va a su propio paso, no te desesperes. Estoy seguro de que algún día escribirás un libro maravilloso.

—Es fácil decirlo cuando tú no estás bloqueado y además eres bueno en todo.

Junio hace un sonido extraño, como de agobio.

—Eso sí es una mentira. —Hace una pausa y supongo que está organizando las palabras en su cabeza—. Es cierto que se me dan fácil algunas artes, pero eso solo significa que debo poner poco esfuerzo en las cosas. Tú, por tu parte, día tras día te sientas frente al computador y tratas de escribir. Aunque no logres hacer una sola oración, al día siguiente vuelves a la carga. Nunca te rindes, y por eso sé que cuando logres escribir un libro será el mejor de nuestra generación.

Me tapo más la cara con el cabello, porque no quiero que vea mis ojos aguados. Siento el corazón encogido, destrozado. Lo he intentado tanto, tan duro; escribir es lo que más deseo. Escribir una historia corta, al menos. Algo. Amo tanto los libros y las historias que llevan consigo, amo nadar en un mar de letras y ser arrastrada a un mundo distinto. En la ficción siempre hay una solución, y las personas parecen poder encontrar su final feliz. Yo quiero… yo quiero crear personajes que posean todo lo que yo nunca obtuve. Amor, confianza, una familia unida. Quiero que otros puedan encontrar todo eso a través de mis escritos. Y, sin embargo, aquí está Junio, ofreciéndome algo parecido, pero yo no puedo aceptarlo. No puedo aceptarlo porque nunca me perdonaría arrastrarlo a mi miserable vida.

Me pregunto si por tan solo una vez puedo ser egoísta y sentirme esperanzada porque al menos él, Junio, confía en mí.

—¿De verdad piensas eso? —cuestiono y mi voz sale en un hilillo.

Junio no responde de inmediato, sino que busca algo en su bolsillo. Por un segundo él aparta la mirada del camino y me sonríe; la calidez de su expresión me hace sentir tímida y tomo el papel que me ofrece con rapidez, negándome a que vea mi rostro lloroso. —Ya empezaste tu camino, María.

Abro la pieza de papel doblado y reconozco la mini historia que escribí en la mañana. Me pregunto cuando él la tomó, pero no importa. La aprieto contra mi pecho como si fuera mi mayor tesoro. No, es mi mayor tesoro.

—Pero ¿sabes? Al menos un día tienes permitido no escribir y ser débil —dice Junio, revolviéndome el pelo con una de sus manos antes de regresarla al guía—. Será nuestro secreto.

Apoyo mi rostro del asiento, dándole la espalda a Junio. Si es tan solo por hoy, supongo que no importa. Con cuidado pongo la hoja de papel en la puerta del carro y me dejo consolar por las vibraciones del camino y las nubes del cielo. Pensamientos de escritores fracasados y mujeres solteras huyen de mi mente cuando Junio enciende la radio y la música suave y desconocida para mí me envuelve. En ese momento, entonces, comienzo a pensar en nubes de algodón y ojos cálidos como el verano.



—… ría. María. —Me remuevo inquieta en el asiento, negándome a despertar—. María, ya llegamos.

Me rindo al sentir una mano agitándome el hombro, y resignada, me despido de mis fanáticos enloquecidos. Abro los ojos con cuidado y el rostro de Junio cubre mi campo de visión. No hay rastros de su moño, pues el cabello le cae desordenado sobre la cara. Mi vista cae sobre su bronceado torso desnudo. ¿Torso desnudo? Ah, pero tiene calzones. Vuelvo a alzar la vista a su cara, inclinada sobre la mía. Y doy un respingo, ¡¿torso desnudo?! ¡¿calzones?!

Me enderezo de golpe y como Junio está inclinado sobre mí, nuestras frentes chocan. Un agudo calambre se expande por toda mi cabeza, provocando que suelte un gritito de dolor.

—Coño, María, ¿qué te pasa?

—¿A mí? —reclamo, empujándolo por el pecho. Sin poder evitarlo mis ojos caen de nuevo en su torso; no está ejercitado, pero sí lo suficientemente marcado para hacerme suspirar. Dios mío, gracias por haber creado a estas hermosas criaturas llamadas hombres.

—Mis ojos están aquí —dice el chico, señalándose la cara.

—¿Qué haces así? —le reprendo, mirando por la ventana para descubrir dónde estamos. Árboles que se irguen hasta el cielo nos rodean y en algún punto el suelo pasa a tener más piedras que tierra. Un poco más allá, a un par de pasos, un pequeño río fluye con tranquilidad.

—¿Qué? ¿Temes que te haga algo?

No le hago caso a Junio y en unos segundos ya estoy fuera del auto. ¡Río! ¡Agua! Y lo mejor de todo…

—¡Brugal! —exclamo.

Corro hacia la orilla del río y me quito los ridículos zapatos planos que me han hecho poner. Rápida como un relámpago, me tiro en la corriente. El agua fría me trepa por las piernas, caderas, brazos y se acomoda en mi pecho. Me hundo hasta que el agua me tapa la cabeza y vuelvo a emerger cuando se me acaba el oxígeno. El cabello se pega a mi rostro, pero yo me siento bastante renovada. No hay nada que disfrute más que un buen baño con agua helada; y por supuesto, ¿qué mejor lugar para conseguir agua helada que un río? A la distancia Junio cierra la puerta del Camry y se acerca con la bolsa blanca y una guitarra. Sonrío. Que chico más renacentista.

—¿Entras? —pregunto, parándome en totalidad y poniendo los brazos en jarra. El agua del río apenas me llega hasta el ombligo.

Junio desliza la mirada por los bordes de mi vestido rojo, ahora pegado a mi cuerpo, y se suena la garganta—. No, estoy bien aquí. —Se sienta sobre una roca y deja la bolsa y la guitarra a un lado.

—¿Tienes miedo de que te haga algo? —río, imitándolo.

—Eres injusta.

Vuelvo a reír y Junio ríe conmigo. Nos miramos y sé que no podemos estar enojados el uno con el otro, por ningún motivo. Yo necesito demasiado sus chistes bobos y él es muy relajado como para guardar rencor. Estamos condenados a perdonarnos.

—Lamento lo que te dije el otro día, en la despedida de soltera —dice el chico. Saca la botella de Brugal de la bolsa y maldice por lo bajo—. Olvidé comprar vasos.

—No te preocupes —río—, yo le entro a pico e’ botella.

—Como digas.

Junio abre la botella y me la pasa. Doy un trago y el ron me quema la garganta, haciendo pequeños remolinos en mi pecho cuando se junta con el frío que envuelve mi cuerpo.

—Ya estás perdonado. —Me siento en el borde del río, dejando solo mis pies dentro del agua—. ¿Es esta nuestra cita?

—Por supuesto que no —se queja el chico, pasándose una mano por el cabello. Ah, Junio. Eres divino. Tan precioso, tan puro. ¿Por qué tenías que estar tan fuera de mi alcance? No quiero corromperte—. Esta es nuestra escapada, en definitiva, no es una cita.

—Eso lo veremos —respondo, y Junio se acerca para quitar unos mechones de cabello de mi rostro; los guarda detrás de mi oreja y yo noto que, cuando el sol le da de frente, sus ojos parecen más miel que chocolate—. Eres tan bueno.

—Debes parar de ponerme en un altar, yo tengo más defectos de los que podría contar con los dedos de las manos.

—Es que… —Me llevo un dedo a la boca y lo muerdo con nerviosismo, pero el chico me toma la mano y la deja sobre mi pierna—. Ya viste lo tóxico que es mi entorno, no quiero arrastrarte a todo esto.

—Deja de decidir por mí. —Junio me lanza una mirada aguda y rebusca su jugo en la bolsa—. Y también deja de pensar tanto.

Tomo otro trago y asiento. Tal vez él tiene razón, tal vez estoy pensando demasiado y tomándome las cosas demasiado en serio. Pero… es que, si no detengo esto antes de que empiece, ¿cuándo lo haré?

—¿Sabes usar eso? —digo, señalando la guitarra.

—Claro —confirma él, destapando su jugo de manzana. Trato de ocultar una sonrisilla. Junio puede ser tierno cuando quiere serlo—. Hoy vine a presumir.

—Ulalá señor francés.

—Ah, disculpa. Vine a bultear.

Me río y bebo más. El sabor a alcohol llena mi paladar y acepto el queso, jamón y galletas que el chico me ofrece. Es una linda tarde, después de todo. Tengo ron, merienda, un río y un chamaco que está más bueno que el pan. ¿Qué más puede pedir una mujer cómo yo? Mordisqueo una de mis galletitas saladas, y observo a Junio sin reparos. Luce bastante bien bebiendo su juguito de manzana, además de que su cabello despeinado y sus ojos, a veces chocolate, otras veces miel, van bastante a juego con el paisaje a nuestro alrededor. Cierro los ojos y me dejo envolver en la relajante brisa que me eriza la piel.

Quisiera que este momento fuera eterno; sin madres, ni hermanas, ni exnovios, ni escritos, ni trabajos, ni preocupaciones. Solo yo, el ron y río. Ah, y Junio, pero eso es solo un extra.

Tú me dices que tu corazón ha sufrido tanto que… —Abro los ojos de inmediato al escuchar aquella canción que ya conozco—. No le queda la ilusión para amar otra vez. Que has llorado sin consuelo, que no encuentras la razón, pero yo te digo lo viejo pasó, cariño. Lo que viene es mucho mejor.

Alzo las cejas, impresionada. Junio no solo es diseñador gráfico, pero también es fotógrafo, toca la guitarra, escribe y canta bonito. ¿No es, este chico, un hombre del renacimiento? Me pongo de pie y bailo al ritmo de Todo tiene su hora de Juan Luis Guerra. Una canción que no suelo escuchar, pero que ahora ha cobrado un significado especial.

Tú no sabes que la luna no se queda sola, se ahoga en un mar de olas, y le dice a la amapola que espera su cariñito como la güira espera tambora, que todo tiene su hora, debajo del sol naciente espera tu amor bendito de nada vale ser impaciente.

Todo tiene su hora.




Canción: https://www.youtube.com/watch?v=07314LhFag4 .

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